Ya somos el olvido que seremos.
El polvo elemental que nos ignora
y que fue el rojo Adán y que es ahora
todos los hombres y los que seremos.
Ya somos en la tumba las dos fechas
del principio y el término. La caja,
la obscena corrupción y la mortaja,
los triunfos de la muerte y las endechas.
No soy el insensato que se aferra
al mágico sonido de su nombre;
pienso con esperanza en aquel hombre
que no sabrá quien fui sobre la tierra.
Bajo el indiferente azul del cielo,
esta meditación es un consuelo.
Se trata de un poema algo abrupto atribuido a Borges, y digo atribuido porque María Kodama, la mujer que atesora, que dosifica y reinterpreta con celo su memoria (y probablemente algo más) no lo había reconocido, al menos hasta hace unos años.
Y sí, también será polvo y olvido la crisis que nos ignora, esta, la siguiente y la que le suceda. Pero ¿y sus cicatrices? ¿y cuando la piel de los griegos no sea más que un amasijo de eso, de cicatrices? Porque además de deuda, de déficit, de políticos corruptos o de amenazas a la estabilidad berlinesa, Grecia es también piel y gente que se empeña en conservarla día a día, a pesar de las mordazas económicas del norte, obsesionadas en segar hasta los brotes más raquíticos e inofensivos. Quién hubiera dicho que incluso el amigo americano vendría a decirnos que nos estamos extralimitando con tanto afán de ahogo, dándonos permiso para relajar ese programa de asfixia controlada al que nos vamos sometiendo con distanciada indiferencia.
Pero no es de Borges, ni de su poesía, ni de los abotargados griegos, ni de los europeos obcecados en convertir en luminoso dígito bursátil cualquier rastro de piel furtiva de quien quería hablar hoy, sino de Héctor Abad Faciolince, autor colombiano con algunas obras muy celebradas por la crítica, entre otras, El olvido que seremos, que toma su nombre del soneto borgiano encontrado en un bolsillo de su padre, a quien pone bajo los focos para alargar un poco más la memoria de otro asesinato impune, entre otras cosas, por defender el derecho a un cierto lustre en la piel lacerada de un país al que hemos mirado con indulgencia mientras se le iban cercenando nervios y tendones por parte de unas cuantas manos que lavaban después los restos de escoria en el jabonoso y esterilizado bidet de Wall Strret.
Atizado por la curiosidad de las recomendaciones, y no teniendo a mano ni este volumen ni Angosta, otra de sus novelas laureadas, inicié la lectura de Fragmentos de amor furtivo, atraído por un equívoco, enigmático y también errado texto de contraportada. En fin, para eso están, incauto de mí.
Autor: H. Abad Faciolince
Título: Fragmentos de amor furtivo
Impresión: 6,5
Me acerco al autor colombiano por primera vez tras las elogiosas reseñas de sus últimas publicaciones, especialmente de Angosta o de El olvido que seremos. Fragmentos de amor furtivo fue escrita a finales de los noventa y en ella, como si de un divertimento, de un juego o de una apuesta se tratase Abad Faciolince nos relata una historia de amor y de deseo hilvanada a base de cuentos, a mitad de camino entre Las mil y una noches y El decamerón, con el marco de fondo de los asesinatos impunes y la violencia gratuita de Medellín, una de las ciudades más sangrientas del mundo según el propio autor declara. Con estas pinceladas de contraportada el contenido se antoja sugerente, pero según nos vamos adentrando en el volumen empezamos a encontrar cuadros eróticos transitados, tópicos y deshilachados, que pasan por el lector sin dejar huella, porque nada aportan a la abundante literatura del género. Según se esfuerza en apuntalar el argumento, la relación entre los dos amantes está trenzada de tensión sexual con miedo a decaer, con miedo a que si la energía de los cuerpos desfallece también finalice lo que hay detrás, por lo que ella, Susana, cada noche desgrana alguna de sus experiencias anteriores: con un ciego, un mafioso, un monje, un deportista o un político. No cabe duda de que Abad Faciolince es un buen escritor, pues la novela está narrada con fluidez, con corrección y en ocasiones con verdadera hermosura. Es su propia estructura, la esencia de la obra, la que la lastra y la que limita su potencial narrativo. De hecho, algunos de los mejores pasajes se encuentran en los interludios entre tanta contienda carnal, aunque unos pocos episodios narrados por la protagonista remontan la atonía general, como su relación con un filósofo, y adquieren un relieve que merecería un referente de mejor factura, con un trasfondo que se extiende más allá del sudor de los amantes. Tampoco se explota el atractivo filón con el que se publicita la novela, esto es, el lacerante contraste entre una ciudad en guerra y el encierro de los protagonistas. En fin, un volumen agridulce en cuanto a su temática y al poso que deja en el lector, por lo que habrá que repetir con este autor, pero esta vez mejorando el tino. En cualquier caso, aunque lectura tal vez liviana, con evidentes fisuras, es sin duda mucho más sólida que la mayor parte de los entretenimientos de autor que yo haya leído. – (Septiembre 2011)
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