Que la lectura es consumo, es decir, consumible sin más valor que su precio, es un hecho obvio; que los premios literarios están para eso, para ensordecer con páginas miméticas que se persiguen unas a otras en una carrera estéril de banalidades e idioteces varias, no hay quien lo ponga en duda; y que su mejor epifanía son los premios otoñales, precursores de la Navidad más obscena, tampoco creo que a estas alturas sea discutible.
Después del pistoletazo de salida de la precuela del Nobel vienen sus secuelas, el Booker o el más patrio y doméstico –y también sustancioso- Planeta. Leía hace poco que la nueva dirección del Booker buscaba galardones menos áridos, más navegables, apacibles y –eso lo digo yo- más cómodos para el lector. Son volúmenes en los que el autor y la editorial nos entregan un producto terminado, preparados para fascinar en su pisoteado mundo de cuitas, peripecias, sonrisas y lágrimas por las que como lectores pasamos sin siquiera despeinarnos, consumidores pasivos y anulados, a los que se nos hurta cualquier posibilidad (cosa que agradecemos con fervor) de interpretar, de reconstruir y, mucho menos, de reescribir.
Me ha gustado el Planeta de este año, porque ha desnudado sus intereses sin pudorosos velos ni excusas literarias. Literatura y lectura poco tienen que ver, y si el consumidor prefiere hundirse en el libro como Voyeur masturbador ¿por qué no reconocerlo, animarlo, premiarlo y ensalzarlo?
Ya digo que también el Booker comienza a tenerlo claro. Ahora se queda con Barnes (del que hace poco traía una magnífica recopilación de cuentos), autor consagrado y solvente, positivista y amable, posmoderno y cercano, cálido y decimonónico. No es que se equivoquen en el galardón, se trata, simplemente, de no arriesgar un penique, de santificar lo que ya fue beatificado hace décadas. ¿Qué pensarían Joyce, Proust, Wolf, Faulkner, Musil o Nabokov si levantaran la cabeza?
Hoy vengo, claro, con dos lecturas premiadas, una con el Planeta (creo que de lo menos prescindible de los últimos años) y otra del ajetreado Barnes. ¡Qué diferente y hermoso hubiera sido premiar su maravilloso loro flaubertiano!
Autor: J. Barnes
Título: Arthur & George
Impresión: 7,8
A caballo entre los siglos XIX y XX, George Edalji es acusado y condenado injustamente a siete años de trabajos forzados por haber mutilado a varios caballos. El suceso se produce en Great Wirley, un pequeño pueblo de la Inglaterra más profunda, cerca de Birmingham. Enterado de la injusticia, Arthur Conan Doyle hace que se reabra el proceso y que se modifique la sentencia. Este hecho, en esencia verídico, es utilizado por el autor para crear una trama de contrastes, en la que casi todo el esfuerzo narrativo se dedica a moldear unos personajes absolutamente verosímiles y, por ende, con tantas luces y sombras como perspectivas puedan enfocarlos. Arthur es el caballero inglés por excelencia, preocupado por las injusticias con las que se construye su país, pero es también vanidoso, irascible y amante del esoterismo, lo que contrasta con la racionalidad deductiva del método de Holmes. George es mestizo, descendiente de un clérigo parsi que lo educa con rígida rectitud, haciendo de él una persona esforzada, exigente y no carente de inteligencia (abogado diligente), pero algo huraño y con capacidades sociales más que limitadas. El mayor logro de la recreación reside en la limpieza y la honestidad con las que Barnes trata el encuentro de ambas personalidades, en el que se huye de simplificaciones y de atajos. La gratitud de George es sincera, pero veteada de recelos y de obstinada parquedad. La Ayuda de Arthur es también incondicional, pero ¿se trata sólo de un gesto altruista? Por otra parte, la novela es también un homenaje a Doyle y a los relatos de Holmes, destacando especialmente en este punto una velada memorable con Doyle y el jefe de policía, con resultados poco previsibles. Tampoco olvida el autor la encrucijada de la época recreada, por una parte anclada en los usos de una sociedad tradicional y ampulosa y, por otra, mirando con recelo a una modernidad que con la electricidad, el teléfono o el automóvil amenaza con romper algunas de las formas y costumbres más arraigadas. – (Enero 2011)
Autor: J. J. Millás
Título: El mundo
Impresión: 6,6
Como en el diván del psicoanalista, en esta novela Millás se propone reconstruir -en un proceso introspectivo que no resultará indoloro- unas pocas imágenes obsesivas procedentes de su inhóspita niñez que, como saltarinas visiones expresionistas, metafóricas a veces y metonímicas otras, le han acompañado de manera intermitente y algo imprevisible a lo largo de su vida, a través de diferentes significantes, pero con significados obsesivamente idénticos. Se trata de la representación de la vida en su versión más cruda y menos amable, expresada a través de símiles como el bisturí eléctrico, que corta y cauteriza (que destruye y reconstruye) de forma casi simultánea. Y todo ello, enmarcado en el escenario de un suburbio madrileño de principios de los años sesenta, caótico, frío y permanentemente húmedo en el autobiográfico recuerdo deformador. Alguna de tales imágenes resulta extremadamente conseguida, aunque el tono general de la obra, no logra desprenderse de cierta grisácea y minimalista opacidad que, quizás de manera premeditada, resulta plana y a veces algo tediosa, contagiada tal vez por la mediocridad del premio literario conseguido. En todo caso, Millás vuelve a reivindicar interpretaciones diferentes de las vivencias cotidianas, tan personales como la singularidad de las propias percepciones. - (Febrero 2008)
No hay comentarios:
Publicar un comentario