sábado, 29 de octubre de 2011

La mirada de Don Rafael

Qué manera de retratarse, de airear sus vergüenzas, de banalizar y torpedear algunos de los logros más hermosos de la cultura occidental del último siglo, de denigrar al electorado –porque eso y solo eso somos, electorado, masa informe de carroña servida en salsa de votos-, o, en fin, de dar la espalda e ignorar a los escasos y raquíticos brotes verdes que, a pesar del pedregal, pugnan por refrescarr y revitalizar nuestras silenciadas calles.

Hace ya años que lo atisbó con macabra nitidez el siempre lúcido Sánchez Ferlosio: «Vendrán más años malos y nos harán más ciegos / vendrán más años ciegos y nos harán más malos (…)».

¿Y sobre el paupérrimo entramado discursivo hilvanado acerca de la declaración de intenciones de ETA? Nada que añadir; me remito otra vez al texto de Don Rafael que reproduzco en la segunda cita de la reseña de hoy.

Con él les dejo, con el hijo pródigo de Sánchez Mazas, quien fuera constructor –me refiero al padre- de buena parte de la gestualización falangista con la que se atragantó hasta el vómito más de media España durante casi cuatro décadas.





Autor: R. Sánchez Ferlosio
Título: Vendrán más años malos y nos harán más ciegos
Impresión: 8,1


Más de medio siglo después de publicarse El Jarama, Sánchez Ferlosio nos regala –pues de un verdadero regalo hablamos, un libro misceláneo y exquisito, trufado de pequeños poemas, aforismos, microfábulas, sentencias que nos traspasan como dardos, apuntes a vuela pluma y, en fin, todo un arsenal de llamadas de atención al lector que lo pone en alerta sobre las trampas de los lugares transitados en exceso, de los campos trillados, del sentido común, de las ideologías (a las que antepone y combate con ideas), de la verdad, de la justicia terrenal y divina, de las traicioneras minas que se ocultan en el ruido del lenguaje, etc. Es un volumen fundamentalmente escéptico, alejado de tendencias, de corrientes y de modas, que muestra una confianza más que limitada en el futuro del hombre como hecho social, como entidad disuelta en el gregarismo disoluto. El libro está compuesto de apuntes dispersos escritos durante casi tres décadas, desde los años setenta hasta los noventa. El poema con el que, sin dejar respirar siquiera al lector, nos introduce en su pandemonio particular, es más que revelador:

«Vendrán más años malos y nos harán más ciegos
vendrán más años ciegos y nos harán más malos
vendrán más años tristes y nos harán más fríos
y nos harán más secos, y nos harán más torvos».

Y ahora una perlita sobre la justicia:

«[Justicieros:] Los hay que si la ciencia descubriese el medio, prolongarían mil años la vida de los reos, a fin de que llegasen a cumplir sus mil años de condena, pues ¿no lo hizo ya Dios cuando fundó la eternidad para que los réprobos pudiesen padecer eternamente las penas del infierno?»

Particularmente me han arañado especialmente los aforismos que relacionaban la moral común con el lenguaje que la asienta y refresca cotidianamente:

«No fueron los que inventaron la mentira, pues la mentira nunca fue inventada, sino que nació por reflejo necesario de la invención de la verdad, sino los que inventaron la verdad, quienes hicieron falaz a la palabra. La palabra, que había nacido solo para ser ficción, ilustración imaginaria con la que los hombres podían repetirse en simulacros sus acciones sentados junto al fuego, se hizo madre de engaños cuando se la erigió en decidora de verdades.»

En resumen, aunque como suele ocurrir en un libro de estas características, presenta evidentes e inevitables altibajos (más por el interés que susciten al lector algunas de las cuestiones zaheridas que por su calidad), pero en general se trata de un volumen para disfrutar despacio, releer, subrayar, sonreír, torcer el gesto, etcétera, esto es, para repetir todos esos tics ya casi olvidados con los que agradecemos una buena lectura. – (Octubre 2011)



Ps:
Disculpen si la puntuación de las citas no es exacta, errata atribuible a que el volumen lo he leído en versión sonora, pues junto a algún otro pequeño desconchón, recuerden, también soy ciego.

No hay comentarios:

Publicar un comentario