No cabe duda de la eficiencia del marketing norteamericano. ¿Cuántas obras maestras nos han vendido año sí y año también desde la renovación del realismo sucio? Franzen es ahora el novelista del siglo, aunque ya lo fue hace diez años con su monumental Las correcciones, obra decimonónica y refractaria que supo exprimir como pocas el filón de “la gran novela americana”, eludiendo con cuidado y esmero (también con elegancia y buen gusto), como si de destructivas minas se tratara, los posibles devaneos experimentales que habían hecho fracasar a otros intentos más o menos totalizadores.
Todavía no he leído su nuevo novelón (me refiero al tamaño, que parece que ahora sí importa) y, aunque supongo que lo haré, las prisas no me atenazan. Sin embargo, diez años después, el reclamo publicitario también me ha picado, y con metódico fervor me he sumergido en las oscuras aguas de Las correcciones. He de decir que sus primeras cincuenta páginas me han parecido magníficas, diluyendo poco a poco los prejuicios que me habían hecho dilatar su lectura. Pero ahora, más o menos en la mitad del volumen, la fascinación empieza a decaer, si bien, para no tener que tragarme apresurados juicios, esperaré al final para que el veredicto se sustente, al menos, en toda la acidez que Franzen sea capaz de destilar.
Me sigo quedando con la literatura que asume algún riesgo, pues de no ser así prefiero la seguridad de los narradores rusos del XIX, que nunca te fallan. Porque Franzen escribe como se hacía hace casi siglo y medio, aunque su narrador sea menos omnisciente y sus escenarios se tiñan de cierto expresionismo heredado de la tradición sucia que tantas excelentes imágenes nos dejara en los cuentos de Carver o de Cheever.
Ya digo que no he terminado Las correcciones, por lo que hoy me quedaré con otro autor americano de parecidas pretensiones, pero que sí ha sabido absorber –o eso me parece- buena parte de las técnicas de vanguardia del pasado siglo. Con él les dejo y con una de las obras más representativas de su personal estilo de transmitir (sin la necesidad de fotografiar, esto es, de reproducir, como hace Franzen) su percepción de la realidad americana.
Autor: D. DeLillo
Título: Submundo
Impresión: 8,3
DeLillo nos muestra un enorme mosaico de retratos que, a modo de gran collage, ponen al descubierto buena parte de las luces y las sombras de la vida norteamericana de la segunda mitad del siglo XX. La excusa argumental con la que arranca el volumen es la mitómana persecución de la huidiza pelota de un partido de béisbol histórico que enfrentó en 1951 a los Giants y a los Dodgers y que irá pasando de mano en mano como un apocado Grial de nuestro tiempo. Esa mitomanía, la pelota como símbolo de los nuevos dioses devaluados, es una metáfora acertada para englobar al conjunto de retratos que hacen crecer al volumen. El collage se forma a través de numerosas instantáneas que inmortalizan diferentes momentos de unos pocos personajes durante esas cinco décadas. El hilo argumental es débil y, sin duda, lo peor del volumen lo constituyen los pasajes que pretenden darle alguna unicidad. Porque la historia de una nación es fragmentaria y se hace sumando cotidianeidades, más que agrupando acontecimientos históricos. Esta fragmentaria y encabalgada percepción del relato tan pegada al suelo que ya había desarrollado hace casi un siglo Dos Passos (o Cela en España con La Colmena) es la materia prima con la que el autor pretende construir “la gran novela americana”. Y es aquí donde posiblemente patina DeLillo, pues en una obra menos pretenciosa (son casi mil páginas, de las que podía haber prescindido al menos de una tercera parte) el resultado habría sido más liviano y menos repetitivo, sin perder por ello consistencia. Los mayores aciertos se obtienen en el cara a cara, en los diálogos y en la escenografía que da cobijo a individuos anónimos, aunque también resultan muy afortunadas, ácidas, paródicas y pertinentes las recreaciones que se hacen de unos pocos personajes reales bien conocidos, especialmente de la paranoica estrechez de J. Edgar Hoover y de la narración de la crisis de los misiles soviéticos en cuba durante 1962 hecha por el famoso cómico contracultural de la época Lenny Bruce. Los temas sugeridos son las muy manoseadas obsesiones norteamericanas (el miedo al enemigo externo encarnado en el demonio ruso, la confección de mitos de usar y tirar, el crecimiento de la cultura y de la industria del desecho, la violencia de las grandes ciudades, la convivencia forzada de razas y religiones, la respuesta contracultural, las distintas manifestaciones del impulso sexual, onírico, sórdido y culpable a un tiempo, etc.), pero tratados siempre desde lo cotidiano, desde la vivencia diaria, desde la crudeza de la calle. Tal vez DeLillo no haya conseguido fraguar la gran novela americana que andaba buscando, ni falta que hace; pero muchas de las escenas esbozadas –como la persecución de una niña por parte de dos monjas en un enorme basurero, el diálogo en vuelo de dos pilotos de bombardero, el gran mural grafitero que se va construyendo con ángeles que representan a cada uno de los niños de la calle muertos o alguno de los diálogos impostados y paródicos de Lenny Bruce- son memorables. – (Agosto 2010)
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