sábado, 3 de septiembre de 2011

Perfil fronterizo

Una vez instalados en la rutina laboral, olvidados ya los sudores y delirios veraniegos, desterraremos también al chiringuito, y con él la liviandad –cuando no la zafiedad- de sus lecturas.

Y para proporcionar alguna enjundia a esto de leer pienso en algún volumen de nombre sonoro y de autor incontestable y, sin embargo, el primer recuerdo es el de una ciudad, de uno de sus escritores y de una novela corta, que no alcanza las cien páginas y que seguro no olvidará quien por ella pase.

Trieste es una ciudad italiana de tamaño mediano (unos 200.000 habitantes), que se encuentra al nordeste del país, en la costa adriática, haciendo frontera con Eslovenia. No es una ciudad especialmente conocida o turística; de hecho, ha vivido mucho tiempo a la sombra de Venecia, incluso antes de formar parte del Estado italiano al finalizar la primera guerra mundial.

Pues bien, no sé por qué conjunción cósmica, allí vivieron por algún tiempo, entre otros, Stendhal, Rilke o el propio Joyce, y allí han nacido escritores de la talla de Italo Svevo, de Claudio Magris (quien ya ha aparecido en el blog en un par de ocasiones) o Giani Stuparich, un intelectual de la primera mitad del siglo XX que todavía sería desconocido en España si no lo llega a redescubrir González Sáinz –loado sea-, que también apostó por recalar en la frontera balcánica.

Ya digo que al castellano solo se ha traducido una de sus obras, La isla, uno de esos relatos que se paladea línea a línea y que se descubre por casualidad, en mi caso, creo recordar, por un artículo de Vila-Matas, quien, por cierto, ya me había descubierto otros paraísos, como el de Lobo Antúnes.

Poco más que decir, que lo lean y que lo disfruten. Yo solo me pregunto si, más allá de las rutilantes novedades editoriales, todavía me esperan unos cuantos descubrimientos, sorpresivos, silenciosos  e inesperados, como este. Así lo espero.



Autor: G. Stuparich
Título: La isla
Impresión: 8,9



Animado por los elogios de su paisano Magris, de su traductor González Sáinz o de las generosas alabanzas vertidas por Vila-Matas, me enfrento a este relato corto con la prevención del niño que conoce lo efímero del momento en el que el helado continúa en su mano, antes de que la vivencia pase a ser recuerdo. Es éste mi primer acercamiento al escritor triestino, pero ya había leído que su punto fuerte se encuentra en el relato corto, más que en los argumentos desarrollados y desmenuzados hasta el innecesario detalle. La isla, escrita en plena segunda guerra mundial es un cuento desnudo y aparentemente sencillo, que prefiere la austeridad y la crudeza del solo instrumental a la engolada sonoridad orquestal. Un anciano que sufre una enfermedad terminal le pide a su hijo que lo acompañe a su isla natal para despedirse de lo que su vida ha dejado en la memoria. Se trata de un argumento muy transitado, pues la presencia del padre evoca tantas figuras como formas sugieren las nubes. Stuparich hace que su protagonista se enfrente a la muerte desde los restos de vida que todavía lo sostienen, enmarcado en el vitalismo propiciado por un hermosísimo paisaje isleño, precario y anguloso, pedregoso y enérgico. El relato se abre camino siempre en tercera persona, pero no está contado por un narrador alejado y omnisciente, sino por la huella que, de manera alternativa, deja cada paso hacia la muerte en el padre y en el hijo. La prosa es siempre poética y magnífica, despojada de cualquier atisbo de impostura, con algunos momentos descriptivos de esos que se quedan palpitando en el aire antes de alcanzar al lector como un golpe seco, como un fogonazo revelador. Su reducida extensión invita a una lectura detenida, salpicada de pausas, de relecturas, de líneas subrayadas y vueltas a subrayar. 

«Y todo eso se lo debía a su padre. Como un dios le había parecido entonces, poderoso, con el semblante iluminado, la voz sonora, los aires de conquistador: enhiesto, sencillo, jovial. Bajo su protección había aprendido a moverse y allí, donde antes se había imaginado únicamente desconocidos y pavorosos abismos, había descubierto un terreno firme y el regocijo de caminar por él con desenvoltura. (…) Y ahora aquel dios apoyaba la espalda y la nuca en un tabique de madera, para dejarse acunar, en su cansancio, por el tranquilo movimiento del barco.»

 ¡Y pensar que ha tenido que transcurrir más de medio siglo hasta poder descubrir el relato en castellano! - (Febrero 2011)













No hay comentarios:

Publicar un comentario