El verano nos ha traído, junto al rejuvenecido catecismo papal, un manual resumido en el que se nos han explicado con sencilla rotundidad unas cuantas lecciones esenciales del funcionamiento macroeconómico básico, ese que ahora quiere introducir en las constituciones europeas los límites del endeudamiento público de la zona euro, como si se tratase de otro derecho fundamental; derechos que, por otra parte, se van difuminando y alejando de los objetivos políticos en favor del renacido credo neoliberal, sin el cual, como nos recordaba el Papa el pasado jueves, la construcción europea se asentaría sobre un terreno arenoso, frente al rocoso y sólido cimiento de una sociedad que fía su futuro a la bandera del mercado más puro y luminoso, visible desde cualquier extremo de la aldea global, incluso desde el apartado rincón de la Mogadiscio somalí, en la que los derechos fundamentales debieron hundirse bajo una catapulta de medias lunas y de cruces que ahora lucen, alegres y cantarinas, en el pecho de los miles de jóvenes que en la capital del reino nos refrescan y animan la tórrida tarde estival. En fin, quedémonos al menos con una parte de la retahíla: Et dimitte nobis débita nostra, sicut et nos dimittímus debitóribus nostris.
¿Y los libros? Pues ciertamente no ha sido un verano muy fructífero, aunque alguna excepción ha habido, como el magnífico Respiración artificial, lectura difícil de etiquetar y que por eso tal vez se encasilla –pues todo ha de estar etiquetado- bajo el rótulo “de culto”, y que fue escrita por Ricardo Piglia hace tres décadas.
Pero como el verano todavía aprieta sigo quedándome con la literatura estival. Traigo hoy dos volúmenes ligeros; uno de ellos, decepcionante, leído recientemente, compensado con otra lectura, también ligera, pero mucho más agradable.
Autor: M. A. Shaffer y A. Barrows
Título: La sociedad literaria y el pastel de piel de patata de Guernsey
Impresión: 6,2
Hay relatos tan transparentes, que te miran tan de frente, que es fácil perdonarles los atajos y las artimañas que apuntalan la trama, pues efectivamente, de atajos y artimañas hablamos, pero que rezuman candor y cálida espontaneidad. Este es el caso de esta novela de título insólito que prueba con éxito el formato epistolar. Juliet se ha hecho famosa en Londres, durante la segunda guerra mundial, a través de una columna periodística semanal en la que trata de extraer una sonrisa de los lectores con el material bélico. Una vez terminada la contienda y de forma casual contacta con una extraña sociedad literaria constituida en Guernsey, una de las islas del Canal de la Mancha. La trama se centra entonces en las cartas cruzadas entre la protagonista y los miembros de la sociedad literaria: amas de casa, pescadores o criadores de cerdo. Van surgiendo así las pequeñas historias de cada uno, relacionadas en general con la ocupación alemana durante la guerra. Episodios heroicos se tamizan con la contigüidad de divertidas escenas, mientras por encima de todos ellos sobrevuela la ausencia de un entrañable personaje desaparecido. Y, por supuesto, no podía faltar una historia de amor. Las autoras tejen una trama minuciosa, cuidada hasta el más mínimo detalle, con gusto y delicadeza, lo que hace del volumen una lectura más que agradable, que probablemente podrá adecuarse a casi cualquier tipo de lector. Por lo demás, ya digo que la historia (hecha de microrelatos entrecruzados), no duda en adentrarse en los terrenos más socorridos, acudiendo por momentos a recursos ciertamente tramposos, si bien, paradójicamente, consiguen resultar simpáticos, ya que en ningún momento disimulan su intención. Obviamente, las referencias literarias procedentes de la insólita sociedad también ayudan a compactar y a dar empaque al conjunto. – (Febrero 2011)
Autor: L. Silva
Título: La estrategia del agua
Impresión: 4,8
Con esta novela negra Silva continúa su ciclo protagonizado por el brigada de la guardia civil Bevilacqua y su inseparable compañera, la sargento Chamorro. Había leído con anterioridad una colección de relatos cortos que se publicaron en prensa hace una década y, aunque algo planos y superficiales (lo que creí motivado por su corta extensión), prometían mayor consistencia en un desarrollo más elaborado. Animado por comentarios de algunos conocidos, siguiendo la tradición de ligereza veraniega, inicio la lectura de esta nueva entrega sin grandes esperanzas, aunque sin prejuicios, pero a las pocas páginas comienzo a sumirme en esa modorra estival que no procede tanto del calor como de lo insustancial, del desarrollo trillado, de los diálogos inverosímiles y de una moralina estoica procedente presuntamente de la experiencia del protagonista, previsible y avejentada, que poco aporta en el afán del autor para dar solidez y realismo a los personajes. Es cierto que Silva se atreve con un argumento en el que, de forma premeditada, desde el principio el lector reconoce al asesino, para así centrar sus esfuerzos en la trama del día a día de una investigación, de los entresijos policiales (en este caso beneméritos) y, como quien no quiere la cosa, en la crítica de un sistema judicial inoperante y anquilosado. Pero el resultado es pobre por desvaído, pues la chispa que quiere introducir en la ironía afilada de las conversaciones, lejos de animar la lectura la acartonan e infantilizan. Una pena. – (Agosto 2011)
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