Acudamos al tópico y quedémonos en él. En verano se lee para ayudar a pasar el calor, como ocurre con la jarra de sangría o con el abanico de todo a cien. Claro, que si esto fuese así mejor no preguntarse por lo que se lee en invierno y por las razones de tales lecturas.
«Pues sí señor, qué pasa, yo leo para entretenerme, de la misma forma que oigo música de fondo, veo una serie americana en la tele u ojeo una revista en la antesala del dentista. ¿No tengo derecho a relajarme después de aguantar al idiota de mi jefe un montón de horas todos los días?»
Claro que sí. Ni es pecado ni es delito leer a Follet, como tampoco está tipificado tratar de desentrañar los secretos de los herederos templarios, de destripar las profecías de videntes miopes o de acercarse al número áureo mediante toscos e hilarantes entramados geométricos relacionados con la planta del templo de Jerusalén. De hecho, hablando de cálculos toscos (y esto tal vez sí que debería de estar tipificado), no sé si ustedes han leído en alguna ocasión uno de esos manuales que predicen el comportamiento de los mercados financieros, de cualquiera de ellos, en función de unos cuantos clichés gráficos, que lo mismo podían haber sido estampitas del santoral. Se trata de manuales serios, autodenominados de análisis técnico, que encontramos en la sección económica de cualquier librería y, según me cuentan, algunos de ellos se venden por millares, publicitados con vitola cientifista por los nuevos gurús que sientan cátedra en las emisoras cavernarias, esas que quieren devolvernos a la edad media, eso sí, ligando nuestro futuro a la productividad, es decir, a trabajar más horas por el mismo salario, que eso del IPC es una antigualla decimonónica.
Bien, este desvarío venía a cuento del verano y de la liviandad de sus lecturas. Estos días estaba leyendo La mancha humana, el último de los volúmenes de la trilogía americana de Philip Roth, uno de esos autores en peligro de extinción que entienden la literatura como se concibió el arte durante buena parte del pasado siglo, desde una trinchera crítica según la cual la ética y la estética son dos caras de la misma moneda que nacen en los intersticios de la cultura, en sus conflictos, en sus grietas, en sus heridas, en las fronteras, en las encrucijadas, en los crepúsculos o en la cárcel. Y a partir de ahí, como quien no quiere la cosa, son capaces de crear arte, y no menor. Esa es una diferencia sustancial con relación a buena parte del arte posmoderno, de ese que parece haberse parido para ser consumido en el chiringuito playero, entre jarras de sangría y tintos de verano.
Hablando de chiringuitos, olvidaba que ya es la hora de visitarlo, y ahí quizá Roth (ni Philip ni Joseph) sean la apuesta más adecuada. Me amoldo a la liviana posmodernidad y elijo un par de libros de evasión, esperando solo que al menos no se peleen con el lenguaje.
Autor: S. Savage
Título: Firmin
Impresión: 5,3
La novela fue publicada en 2006 en una pequeña editorial norteamericana, convirtiéndose rápidamente en uno de los superventas del año. Se publicitó como una fábula actual abierta y sugerente y, la verdad, salvo unas cuantas páginas de alguna inspiración, la novela no pasa de ser un cuento previsible con aromas de manida moralina. Firmin es una rata lectora que vive primero en la librería bostoniana de un bibliófilo de los de antes, solitario y perdedor, caricatura de los héroes de Hemingway. Tras algunas peripecias se traslada a un piso vecino, habitado esta vez por un escritor, igual de perdedor pero todavía más fracasado. El retrato de Firmin no pasa de ser una traslación más bien esquemática, blandita y poco consistente de La bella y la bestia, más sensiblera que sensible y, sobre todo, tan previsible como cualquier best seller que se precie. Pueden salvarse las primeras páginas, cuando Firmin nos cuenta su nacimiento en una cuna hecha de bolitas de papel procedente de páginas arrancadas a Finnegans Gate. Este inicio hace pensar que, al menos, el volumen será todo un guiño a la gran literatura, pero Savage pronto se olvida de novelas y novelistas para pasar a narrarnos las peripecias –más bien insulsas- de la incomprendida rata. En definitiva, el librito puede leerse, pues se trata de una novelita amable, sin más, pero ha de quedar claro que lo que tenemos entre las manos es una lectura de evasión, de las que se olvidan con facilidad en el momento de coger el siguiente libro. En todo caso, como ocurre con las películas de sobremesa, es suficiente leer las veinte primeras y las veinte últimas páginas. – (Mayo 2011)
Autor: M. Hausofer
Título: El muro
Impresión: 5,6
Una mujer de mediana edad que ha enviudado recientemente acepta la invitación de unos amigos para pasar el fin de semana en su casa de campo. Al llegar allí, ellos deciden bajar al pueblo y, a la mañana siguiente, la invitada inicia también el descenso alarmada por la prolongada ausencia de sus anfitriones. Poco después de empezar el camino se encuentra con un muro transparente, aparentemente irrompible, que le impide el paso y descubre que tras él la vida animal y humana se ha extinguido sin violencia. Enclaustrada en su islote vital, con la única compañía de un perro, una vaca y algunos gatos, comienza así un relato de supervivencia en soledad de una mujer urbana, sedentaria y con escasos conocimientos sobre la vida en el campo. El volumen se publicó en los años sesenta, en plena guerra fría, lo que influye en el planteamiento argumental y en el transfondo del texto en tanto que fábula, es decir, en cuanto a la desconfianza en el hombre, la ridiculez de buena parte de las construcciones sociales y la sensación de liberación y de reconfortante soledad, que poco a poco va sustituyendo al desconcierto, al pavor y al desasosiego iniciales. La novela se construye con sencillez, a modo de diario, con frases cortas que proyectan en la sintaxis el pragmatismo de la supervivencia en una naturaleza que empieza siendo enemiga y termina convirtiéndose en el mejor aliado cotidiano que nos defiende de las inútiles construcciones humanas. Junto a algunas inconsistencias argumentales, puede añadirse en el debe que la trama no es en absoluto original, y que no se explotan filones argumentales que podrían haber proporcionado más enjundia al relato. En definitiva, se trata de uno de esos volúmenes que no han sabido asimilar con dignidad el paso del tiempo. – (Noviembre 2010)
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