sábado, 9 de julio de 2011

La plenitud de su nada

Uno está habituado a leer artículos sin sustancia, cuando no directamente idioteces, en la prensa diaria. Pero de vez en cuando aparecen algunos de los que atesoran el saber y la razón de toda una generación, de los que conservan la memoria de lo que merece la pena, de los que han escrito algunas de las mejores páginas de la literatura española del pasado siglo sin armar ruido, para no molestar a los que nos concentrábamos en la trilogía de Larsson o en nimiedades de parecido valor. Esto me ocurrió hace casi tres semanas en el diario El País, el 19 de junio (aquí el enlace), con un magnífico artículo del genial Goytisolo –en este caso de Juan-, El espejismo generacional, en el que nos hablaba justamente de eso, de la convivencia entre generaciones y, sobre todo, de una de las pocas ventajas que otorga el escabel de la edad. Copio a continuación únicamente el último párrafo:

«La distancia del mundo que concede la vejez permite ver las cosas de otra manera. Se puede ser un cascarrabias, como lo fueron un puñado de autores insignes, pero alcanzar también una lucidez fruto del reconocimiento de los propios errores y del abandono de todo espíritu de clan y afán de competencia. El creador, enfrentado a la cercanía de su desaparición física, no rivaliza ya con nadie; ve las cosas y su vida a distancia; elude la trampa del espejismo generacional y del "localismo temporal" del que habla Azaña. Sabe que la historia coloca a cada cual en el lugar que le corresponde: al innovador rebelde en el suyo, y a quienes confunden creatividad con éxito de ventas o visibilidad mediática en la plenitud de su nada.»

La mención que aquí se hace de Azaña alude a un párrafo del gran crítico y escritor alcalaíno, ahora olvidado, como buena parte de lo que merece la pena (lean si no sus diarios o su clarividente velada en Benicarló), de la misma forma en la que también fue sepultada bajo un cúmulo de vergonzosa inmundicia la faceta científica del Doctor Negrín:

«La sangre moza se imagina que el mundo nace de su calor; la sangre amortecida, que con ella descaece la vida. Cada generación se persuade que las desdichas de su edad han corrido de un orto a un ocaso. Cuando echa de menos el brío juvenil, imagínase que concluye y resume en sí una vuelta redonda del tiempo histórico. De tales preocupaciones y falacia el espíritu vigoroso está obligado a emanciparse. Como del localismo geográfico, así está obligada la razón a liberarse del localismo temporal, que corta la duración en círculos intangentes, trazados sobre la edad».

Y ya que estamos con la cosa de las edades, si alguien sabe de eso, del reflejo literario de su rastro, de sus amenazadoras sombras que como una catarata todo lo invaden, si alguien nos ha contado eso con serenidad, pero sin atenuar ni uno solo de los ruidos que acompañan a la decrepitud, ese es Philip Roth. Pues bien, recién termino una de sus obras más pesimistas, pero también de las mejores y más características.



Autor: P. Roth
Título: La mancha humana
Impresión: 8,8



La novela es una de las protagonizadas por el alter ego de Roth, por el también escritor Nathan Zuckerman, y es la última de las tres publicaciones –tal vez la más sombría- de las que forman su trilogía americana. En este caso, el hilo del que empieza a tirar el autor para contarnos lo que ocurre en una de las caras del prisma americano es el morboso escándalo del presidente Clinton con una becaria. La impostura de todo un país (tema central del relato) lo traspasa Roth a Coleman Silk, un chaval inteligente, superdotado para el deporte y los estudios, brillante profesor universitario después y por fin decano en una pequeña facultad a la que su tesón elevará muy por encima de sus posibilidades. Cuando un comentario trivial del protagonista es sacado de contexto con el fin de acusarlo de racismo, entrará en una espiral descendente en la que solo se detiene para entablar una relación poco convencional con una mujer a la que dobla en edad. Porque toda su vida, la de sus vecinos y la de todo un país se basa en la mentira y en la gazmoñería más obscena, en esa que nos identifica a través de la inevitable e infalible mancha humana:

«Dejamos una mancha, un rastro, dejamos nuestra huella. Impureza, crueldad, abuso, error, excremento, semen, no hay otra manera de estar aquí. No tiene nada que ver con la desobediencia, no tiene nada que ver con la indulgencia, la salvación o la redención. Está en todo el mundo, nos habita, es inherente, definitoria. (…) por ese motivo toda purificación es una broma, y una broma bárbara, por cierto».

Pero si algo hay que destacar del volumen es la genialidad con que Roth trata el multiperspectivismo al trasladarnos la historia, pues Zuckerman no es más que un notario a quien también le han contado un cuento. Además, algunos de los pasajes, como el baile entre Coleman y Zuckerman, o la fijación con los grajos de una de las protagonistas, son de los mejores cuadros que he leído últimamente. Por lo demás, la vejez, el tratamiento de la cultura, la parodia interracial  o las relaciones crepusculares, temas estos que abundan en buena parte de su obra, también se repiten aquí, aunque algo ensombrecidos. Por cierto, más que prescindible, anecdótica y desenfocada la película del mismo nombre que rodara unos años después Robert Benton. – (Julio 2011)

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