Antes de que la canícula estival ablande las meninges y nos encontremos, como quien no quiere la cosa, casi sin darnos cuenta, con otro relato de Larsson (o de alguno de sus epígonos) entre las manos, despido la temporada de cuentos con dos volúmenes del género leídos estas últimas semanas y que me han parecido más que sugerentes; el primero de ellos, el de Nieves Vázquez, por su irreverente y sugestivo tratamiento del género, y el segundo porque se trata de la primera incursión de Ishiguro en el terreno del relato, trasladando a la literatura el sabor y la textura de una composición musical característica, el nocturno.
La relación entre literatura y música siempre me ha parecido especialmente interesante, como también les debió parecer a los miembros del jurado del Premio Príncipe de Asturias 2011, aunque probablemente por distintas razones. Si esta relación es el motivo que origina y proporciona consistencia a la colección que nos presenta Ishiguro, también se aprecia en alguno de los cuentos de Nieves Vázquez, en este caso a través de la figura de Uri Caine, quien le sugiere una composición experimental que oscila entre el collage y una especie de variaciones, alucinadas y provocadoras.
Autor: N. Vázquez Recio
Título: La velocidad literaria
Impresión: 6,7
Con este volumen la autora gaditana, poco conocida aunque en absoluto novata en esto de escribir y publicar, obtuvo el premio Tiflos de cuento en 2011. Lo que Nieves Vázquez nos presenta son diez relatos (por llamarlos de alguna manera) escritos por otros tantos autores ficticios, algunos con formato de ensayo, otros de flujo de conciencia libre, otros de memorias y un epílogo a modo de artículo literario. El único nexo de unión –extremadamente laxo- es un tal Alexander Evgénievich, un personaje difuso que, a efectos prácticos, viene a convocar o a precipitar todas estas historias que tienen en común homenajear a la literatura, a la gran literatura. Y es este su mayor mérito, pues cada cuento nos remite a uno o a varios autores, incluso a compositores, como es el caso de Uri Caine, cuya música más o menos incidental le sugiere un original tema con sus correspondientes variaciones. Los ecos de autores que aquí se dejan oír van desde Cervantes hasta la generación nocilla, pasando por algunos de los grandes del pasado siglo: Kafka, Joyce (muy interesante el cuento que dedica a Ulises), Borges, Barthes, Walter Benjamin o el Pavese autobiográfico. Además –por una vez hay que creer lo que se nos cuenta en la contraportada- Nieves Vázquez estira los límites del cuento en un experimento imaginativo que es de agradecer, jugando y dándole la vuelta a las formas clásicas, amasándolas y retorciéndolas, en un ejercicio del que no siempre sale del todo bien parada, pero realizado con un desparpajo atractivo y refrescante, más que plausible, pues escasean las publicaciones de narrativa (de novela y de cuento) que buscan caminos y experiencias menos transitados, a sabiendas de que los éxitos y los superventas eligen senderos escasamente comprometidos. Y, efectivamente, el resultado es irregular, pues junto a cuentos sugerentes como el monólogo dedicado a Ulises en una parada de autobús, o el del bibliotecario suicida, otros se quedan en eso, en la forma, en el juego experimental, aunque tal como están las cosas, quizá con eso debiera ser suficiente. – (junio 2011)
Autor: K. Ishiguro
Título: Nocturnos
Impresión: 7,9
Ishiguro ya ha demostrado sobradamente que se encuentra entre los mejores novelistas británicos (tal vez sea el más brillante, o al menos –pues son infantiles afirmaciones tan categóricas- el más singular) de la actualidad. Nocturnos es su primer volumen de relatos y ciertamente no ha defraudado, pese a su intención vagamente experimental. El autor incluye cinco historias más o menos independientes, que tienen en común la música como centro argumental que define –a la vez que lastra- a sus protagonistas. Sin embargo, el andamiaje argumental no es especialmente brillante; de hecho, las historias tienen la consistencia justa, con una estructura formal apenas definida en cuanto a su relación con lo que habitualmente esperamos de un cuento. Lo que destaca de la colección es el tono hipnóticamente crepuscular, premeditadamente lento pero cantabile, sin una melodía que se imponga sobre la penumbra circundante. Es decir, que Ishiguro traslada la forma musical del nocturno romántico (del de Field o el de Chopin) a sus relatos y, sin duda, es este rasgo lo mejor y más atractivo del volumen, pues, efectivamente, el lector tiene la sensación de que la trama se diluye en un mundo de evocaciones melancólicas, sostenidas en personajes perdedores que aceptan sus sombríos destinos sin estridencias ni toques dramáticos. Porque uno pierde cuando elige, cuando huele su propia mediocridad, o cuando empieza a notar en los huesos el peso del tiempo, de la edad que nos cae encima sin avisar y –desde luego- sin proporcionar recompensas ni segundas oportunidades. No obstante, aunque en el tono ya digo que Ishiguro acierta en su traslación del nocturno, en la forma los relatos recuerdan más a la sonata, pues los temas se repiten con melodías diferentes pero con una misma sonoridad, volviendo en el cuarto y en el quinto relato a buscar los ecos temáticos (en este caso los personajes) que se vislumbraban en el primer movimiento. Se trata, en definitiva, de un atractivo experimento narrativo que gustará especialmente a los amantes de la música del romanticismo, aunque los cuentos, como los propios nocturnos, concluyen en finales abiertos y poco alentadores, como si simplemente se apagaran, o se gastaran poco a poco y en silencio, casi sin querer molestar. – (Junio 2011)
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