sábado, 4 de junio de 2011

Mitos descalabrados

Por poco olfato que se tenga, casi todos los lectores mostramos algún reparo ante los títulos sostenidos por las grandes editoriales que encontramos en los expositores de novedades. Pero hasta ahora había un cierto consenso en exceptuar a Anagrama, pues el señor Herralde basó su negocio en una apuesta por la calidad literaria, por tópico que suene esto y, efectivamente, con sus errores y altibajos, en general no defraudaba. A uno le podía gustar o no lo que leía, pero al menos teníamos cierta garantía de que la bazofia estaba excluida del sello editorial, independientemente de la colección con que tratásemos.

Ya hace algún tiempo que nos enteramos de la venta de la editorial al grupo italiano Feltrinelli. El señor Herralde ha querido tranquilizar a los lectores, prometiendo que Anagrama no perdería su identidad, ese espacio de relativa seriedad que había conquistado.

Pues bien, ahora leo en la prensa que va a incluir a nuevos –y no tan nuevos- autores italianos. Uno de ellos es Niccoló Ammaniti, que ya era conocido en España desde hace algunos años, sobre todo con el éxito de No tengo miedo, que publicó Mondadori en 2003.

De Ammaniti había leído algunas críticas no demasiado elogiosas, pero desde Italia se nos vendía como el sucesor de los grandes narradores del último siglo. Pues eso, que me acerqué a él buscando ecos de alguno de ellos, de Sciascia, de Bufalino, de Buzzati, de Calvino, de Pavese, de Primo Levi, de los triestinos Magris, Svevo o Stuparich, incluso de literatura más a mano como la de Eco o la de Tabucchi.

Pues otra vez me equivoqué. Y no es que Ammaniti sea un mal escritor, es que simplemente es otra cosa. Por relacionarlo con la editorial, es un autor (solo he leído uno de sus volúmenes) que no encaja en lo que uno esperaría de los escritores – Anagrama. En fin, que empiezo a pensar que el negocio de Herralde es solo eso, negocio y punto. Una pena.



Autor: N. Ammaniti
Título: No tengo miedo
Impresión: 5,9



Me acerco por primera vez al autor italiano animado por algunas reseñas alentadoras y, ciertamente, la cosa no es ni mucho menos para tanto. La novela mezcla ingredientes de terror, de aprendizaje, de la tensión propia de la literatura juvenil y, lo que es sin duda su mayor acierto, de las descripciones típicas del neorrealismo italiano más crudo. Michele es un niño de nueve años que pasa otro caluroso verano en una aldea del empobrecido sur. Durante la primera parte del relato Ammaniti se regodea en las rutinas del niño junto a sus padres, junto a su hermana pequeña y especialmente junto a los pocos niños que comparten con él la aldea, y que pasan el tiempo como pueden, jugando a las prendas, haciendo excursiones en bici o azuzándose unos a otros. Pero un día, en una de esas excursiones, Michele descubrirá algo que no solo cambiará el recuerdo de ese verano (la novela está escrita en primera persona y en pasado), sino que dará la vuelta a los pocos cimientos que apuntalan la percepción de su pequeño mundo y de los que lo habitan, especialmente de los adultos, incluidos sus padres. El relato es sencillo y está bien construido, sin que se produzcan demasiadas estridencias en el tono de la narración, como suele ser habitual cuando la voz infantil carga con el peso argumental. También está bien dosificada la inyección de tensión que da sentido a la trama, aunque, ya digo, lo mejor es la ambientación: el calor sofocante en un horizonte de trigales y el lento y tedioso transcurrir de un tiempo recalentado y hostil. Por lo demás, como en casi todos los relatos en los que el narrador se apoya en la voz infantil, la trama se impregna de cierta moralina con ínfulas de parábola redentora, si bien aquí el edulcorado mensaje se diluye en lo que podría ser el aprendizaje del protagonista, el abrupto salto en su trayecto vital, esto es, el violento y frustrante abandono de la niñez. En fin, un relato apropiado para una tarde estival no demasiado memorable. – (Mayo 2011)

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