Esta semana nos enterábamos de la muerte de Semprún, de quien se dice que sigue siendo en España un desconocido. Es posible; en mi caso, además de haber oído algunos de los cotilleos que han hecho de él una figura con abundantes sombras, sólo he leído hace más de una década su autobiografía, o dicho con más propiedad, la de Federico Sánchez. De ella no tengo impresión escrita y el recuerdo es más que difuso, sin huella reconocible.
Pero a Semprún siempre lo hemos relacionado con los humanistas europeos que se forjaron en los campos de exterminio nazi; con Primo Levi, con Jean Amery o con Imre Kertész. De él recuerdo especialmente su reflexión sobre su paso por Buchenwald, la rebeldía de la memoria que no es capaz de hallar un compartimento en el que olvidar el olor a carne quemada.
Hablando de carne, de carne quemada o ahogada, hace unos días leía en uno de los boletines de Médicos sin fronteras la petición que se hacía a Europa para que abriesen sus fronteras a los desplazados libios. Parece ser que los de la ONG médica no entendían cómo puede invadirse un país invocando razones humanitarias para cerrar inmediatamente después las puertas a los refugiados de ese mismo país. Y es que el acto de contrición y el propósito de enmienda de la vieja Europa, ese que se desprendió de las matanzas y de los holocaustos, queda ya muy lejos. Ahora, mientras enviamos aviones a reconquistar el petróleo norteafricano, los franceses y los daneses cierran sus puertas cuando las corrientes de aire se hacen molestas. Mientras tanto, el gobierno español mira para otro lado. Y para otro lado miran también los marineritos de la OTAN cuando ven pateras libias hundiéndose. Eficaz advertencia para los sirios y los yemeníes rebeldes, si es que queda alguno, claro.
Ya digo que no puedo traer al blog nada de Semprún, pero me viene a la memoria una magnífica novela de Bohumil Hrabal desarrollada a finales de la segunda guerra mundial. Hrabal es un escritor checo más que interesante, relativamente desconocido por estos lares, a pesar de que una de sus adaptaciones cinematográficas fuera premiada en Hollywood hace más de cuarenta años.
Autor: B. Hrabal
Título: Trenes rigurosamente vigilados
Impresión: 8,2
En esta novela corta, una de las primeras del tardío autor checo, se narra con la minuciosidad discordante típica del collage la rutina de un joven aprendiz de factor ferroviario que trabaja en una perdida estación situada en la línea férrea por la que transitan los trenes alemanes, que en 1945 retornan a su país faltos de brillo y desmoralizados. La pulsión sexual junto a la sombra del suicidio, a las imágenes oníricas de las ventanillas de los trenes que muestran un fugaz perfil de vidas vencidas repetidas pero nunca iguales, a la monótona soledad existencialista, o a la ambivalente percepción de los invasores, son las imágenes que va superponiendo Hrabal, sin demasiado orden, pero con una fuerza evocadora tenaz, como las manecillas de los relojes en la nieve helada (imagen ésta que se repite en la novela y que transmite como pocas su esencia). El autor refleja una mirada de la brutalidad diferente, casi tierna, atenuada y aterciopelada por los nimios hechos cotidianos, capaces de devolver ese reflejo de una forma que podría calificarse de optimista. En definitiva, un autor más que interesante por la sencilla textura de su forma de mirar, que se dio a conocer a través de las adaptaciones cinematográficas de algunas de sus novelas. En este caso, la interesante -aunque algo edulcorada- adaptación al cine le supuso a Menzel el oscar a la mejor película de habla no inglesa a finales de los sesenta. – (Junio 2009)
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