Últimamente me he acercado a varios volúmenes publicados durante los últimos años, atraído por las carambolas editoriales que los convirtieron en superventas, pues iniciaron su andadura en pequeñas editoriales y con tiradas exiguas. Y, efectivamente, eso de que no todo lo minoritario es garantía de calidad cobra aquí especial certeza. Hablando de garantías (permítaseme la digresión) recuerdo haber leído una entrevista no hace mucho al filósofo francés Alain Finkielkraut, quien decía algo así como que no hay ninguna garantía de que leer nos haga mejores. Él se refería más bien al hecho de escribir, y aludía a los grandes creadores que saludaron al nazismo con fervor, entre los que encontramos algunos de los más grandes novelistas del pasado siglo, como Knut Hamsun o Céline.
En fin, corramos un tupido velo y volvamos a lo nuestro. Me refería a esos volúmenes que se han publicitado por su tortuosa peripecia editorial y que, con peripecia o sin ella, se encuentran más cerca del edulcorado pastiche que de la obra literaria. Uno de ellos, de los que me he tragado recientemente, es Firmin, del escritor tardío Sam Savage, que se vendía como parábola moderna, metaliteraria y abierta…
Cuando en un período de tiempo corto equivoco mi tino literario en más de una ocasión, con el fin de no reiterar el error y de superar algunas de mis extensas lagunas literarias, suelo acudir a los clásicos. Y si de parábolas hablamos, me quedo con la de Ivan Ilich, escrita hace más de un siglo y que, sin embargo, sigue siendo mucho más rica y fresca que las que ahora se venden por millones. Por eso no extraña, por ejemplo, que hace unos meses se conmemorase el centenario de su muerte con más pena que gloria, con solo alguna reedición remozada que se nos coló de tapadillo.
Autor: L. Tolstoi
Título: La muerte de Ivan Ilich
Impresión: 8,6
Se trata de una novela corta –más bien de una nouvelle peculiar-, pues se ubica temporalmente entre las grandes creaciones de Tolstoi y las obras escritas durante las dos últimas décadas de su vida, impregnadas de esa moralina utópica a la vez cristiana y anarcoide, en la que pueden hallarse paralelismos con algunas de las arcadias descritas por los socialistas utópicos premarxistas. Justamente por eso, por haber sido ideada en ese punto de inflexión personal, la narración se ciñe, sobre todo en su primera parte, al trazo realista con el que escribiera Guerra y paz, pero que, poco a poco, se va transformando en un discurso ético interior rociado de amargura, en el que la muerte pasa a ser la única salida digna a tanta podredumbre social. Esta finalidad ética es la que hace que Tolstoi dé la vuelta a la novela clásica tradicional y comience la narración por el desenlace, por la muerte del protagonista, un juez amante de la vida, hecho así mismo, envidiado y adulado que, tras un hecho insignificante, la caída fortuita desde una escalera acaecida en el momento más dulce de su vida, inicia un declive lento pero imparable que le llevará primero a la enfermedad y luego a la muerte. Tolstoi hace de la novela toda una parábola en la que la degeneración y la muerte no son más que el destierro de una sociedad utilitarista de la que formamos parte y de la que somos tan sustituibles como cualquiera de las piezas de un engranaje industrial. De hecho, la percepción de sí mismo que tiene Iván Ilich se va trasmutando, como quien verifica los cambios de su rostro en un espejo, según se va modificando su relación con los demás: con su familia, con sus colegas de la judicatura y con sus amigos, con los que apenas comparte algo más que algún juego de cartas nocturno. Pese a lo que podría parecer, el afán moralizante en el que Tolstoi se empeña en nada perjudica a la novela (o sea, más o menos lo que ocurre con las narraciones más críticas y ácidas de Galdós), sino que proporciona al texto solidez, continuidad e incluso verosimilitud. Como señalara Nabokov, nos encontramos ante una de las mejores obras de la literatura rusa de la época, sobre todo porque al iniciar el relato por el desenlace, Tolstoi renuncia explícitamente a cautivar al lector con aventuras o folletines basados en la tensión argumental, dedicándose solo a desplegar su personal parábola sensorial. – (Mayo 2011)
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