sábado, 21 de mayo de 2011

Apuntes para la reflexión

Supongo que no soy el único, pero a tenor del discurso electoral imperante, da la impresión de que para los partidos políticos la jornada de hoy es la única en la que a los electores se nos supone la capacidad de reflexionar, aunque solo sea para perpetuar sus privilegios de casta. Hoy y mañana somos ciudadanos; el resto del año nos conformaremos con pertenecer a la categoría de consumidores, o de parados, o de mileuristas, o de voceros de la roja, o de palmeros de las hazañas nocturnas del director gerente del FMI, como si no tuviéramos bastante con jalear sus correrías diurnas con la Merkel y otros viciosillos de ese jaez.

«¿Y qué querrán ahora esos descamisaos que acampan en la Puerta del Sol? ¿Acaso desconocen lo que costó en España conseguir el derecho al voto?» Algo así le oía refunfuñar a un amigo el otro día, aunque él lo argumentaba mejor, hablando de nihilismo transversal y de idioteces parecidas. Y es que, debe ser cierto, nos hemos acostumbrado a reflexionar (ellos llaman reflexionar a elegir entre Málaga y Malagón) solo una vez cada cuatro años y eso se nota, porque al contrario que la estulticia, la capacidad de reflexión se entrena.

Para olvidarme de tanta cutrez asistí el otro día a la entrega de los premios Tiflos de literatura, uno de los pocos galardones que mantienen cierta independencia ante el mundillo editorial. Los premios los auspicia la ONCE, entidad que, a tono con la posmodernidad rampante, reestructura su organigrama directivo y desguaza la unidad de gestión cultural después de cincuenta años de vida, repartiendo sus restos mortales entre los buitres más cercanos. A eso le llaman racionalizar recursos con criterios de eficiencia. Y es que la señora Eficiencia debe gestionar admirablemente sus cuatro cuartos, pero ¡qué pacata, rancia, estrecha, inculta y paleta se nos está volviendo!
 
Nunca he sabido muy bien en qué se traduce la posmodernidad en el arte, pero creo que empiezo a entenderlo. Lo que antes era consistente ahora es volátil e insustancial, el collage se transforma en pastiche, la crítica en divertimento y la literatura en onanismo que se vacía en metalenguajes que se olvidan de escribir. Por eso no es de extrañar que troceen y desmiembren la cultura, para hacerla más doméstica, manejable y encajarla en compartimentos ornamentales, como si se tratara de un trofeo de consolación del campeonato del barrio de petanca.

En fin, desacostumbrado a la reflexión solo se me ocurre animar a los descamisaos y apoyar un lenguaje que no busque el enfrentamiento contra el discurso mayoritario, sino que lo desprecie, lo ignore y que indague acerca de lenguajes paralelos, sinuosos, ineficientes, estéticos, fragmentarios, anómicos, refractarios, inconsistentes y líquidos, vivibles y bebibles.

¡Se me olvidaba! En el jurado de los Tiflos estaba el único censurado en este blog, si bien tal vez vaya siendo hora de que lo acompañe algún otro descerebrado con púlpito de quita y pon. De momento, para no desprestigiar a un jurado bastante aceptable, pego a continuación la impresión que me dejaron un par de novelas escritas por dos de sus mejores exponentes. A uno de ellos, a Luis Mateo Díez, ya me referí aquí hace algún tiempo, hablando de su magnífica y cuarteada Celama.




Autor: L. M. Díez
Título: La mirada del alma
Impresión: 7,3



Relato sincero y con las pretensiones justas, pero que en su modestia encierra medio siglo de vacío personal que, poco a poco, a modo de perezoso lagrimeo, va desgranando un anciano desde un psiquiátrico en una perdida tarde otoñal. Historia mínima, intimista, obsesiva y circular que se atasca en el fango de lo que no llegó a ser siquiera la caricatura de una vida al no haber podido desprenderse del pecado original, del cascarón de la soledad, envuelta de algo parecido a una niebla húmeda y pegajosa que cala los huesos. Narración de un oscuro desamor enfermizo y provinciano en la Castilla más austera e inhóspita de mediados del siglo XX. El autor vuelve a demostrar aquí su vocación poética. En esta novela corta trata de indagar –desde la melancolía más irritante y enfermiza- sobre el amor y sus frustraciones, sobre la circularidad temporal, sobre la vejez o la enfermedad; y todo ello a través de hermosas imágenes crepusculares que para el lector se traducen en un tranquilo pero pertinaz y desapacible desasosiego. - (Octubre 2006)



Autor: J. M. Caballero Bonald
Título: Ágata ojo de gato
Impresión: 7,2



Historia legendaria y mítica en la que la indeterminación temporal y los camuflajes espaciales hacen que la ambientación sea todavía más etérea e inasible. Porque son el espacio y el tiempo, escurridizos y difusos, los verdaderos protagonistas de esta novela que homenajea los parajes de las marismas del bajo Guadalquivir, poco aptas para la vida convencional, por lo que no es raro que ocurran plagas imposibles, infecciones cenagosas y engañosos espejismos, en un guiño a la literatura latinoamericana que gusta de estirar la realidad hasta acercarla a imágenes de ficción surrealistas. El autor es fundamentalmente un poeta, centrando su visión lírica en el entorno, sobre el que superpone un argumento que pretende ser mítico a modo de saga. Sin embargo, si el lenguaje y la construcción del espacio son magníficos, la trama es plana y carece de interés narrativo. El relato se inicia presentando al lector a un anacrónico normando solitario que ha conseguido llegar hasta las marismas. Tras comprar una joven aldeana descubre un tesoro que le hará enloquecer. Pasa entonces el protagonismo a la mujer, a Manuela y a su descendencia, que tratarán de domeñar el arisco entorno y consolidar una integración social precaria. La novela se escribió a principios de los años setenta y forma parte de una tendencia que volvió a estéticas modernistas (se advierte un claro deje dadaísta) que rechaza las formas del realismo social de la década anterior. En el caso de este relato, el principal problema es que trama y estética no llegan a formar en ningún momento un todo único, por lo que no es posible ocultar las carencias argumentales. Me sigo quedando con la obra poética del autor, mucho más compacta y solvente, y que sin los lastres de tramas y argumentos, consigue remontar el vuelo con mayor facilidad. – (Abril 2010)

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