Ahora que estoy releyendo Campo cerrado, la primera de las entregas de El laberinto mágico, de Max Aub, recuerdo una de sus afirmaciones ante una duda sobre el posicionamiento o el etiquetado de su literatura:
“El planteamiento de los problemas de realidad y realismo, de irrealidad e irrealismo, me ha tenido siempre sin cuidado, me importan la libertad y la justicia”.
Dejaré a Aub y a su impresionante fresco sobre la guerra civil, sobre sus antecedentes y sobre las imágenes de la derrota, sobre los despojos desahuciados y rotos, reunidos en Alicante, en espera de cargueros que los aventaran por campos de trabajo y por áridas tierras prometidas.
¿Qué pensaría ahora Aub, en una semana en la que los medios se atragantan con tanta “B” de borrego? Si abrimos cualquier periódico, lo más noticiable es, primero la “B”oda real inglesa, rancia, hortera, extemporánea y, para muchos, también provocadora. Le sigue en el tiempo (la representación de nuestra casa real asiste a uno detrás del otro) el acontecimiento católico de la temporada, la “B”eatificación de un papa que supo aniquilar sin un parpadeo cualquier disidencia en su Iglesia, cualquier palabra que no fuera la suya. ¿Acaso no merece honores y altares? Por último, empezamos a estar hasta ahí de los políticos que apuntalan su campaña electoral en las amenazas a los jueces que deben sentenciar a “B”ildu, sí o sí, cuando ni siquiera se molestan en barrer sus listas de imputados corruptos, presuntos y no presuntos.
La semana pasada mencionaba a Chirbes, al hilo de la lectura de Crematorio, novela más que recomendable. Hace ahora un año traía al blog otra publicación del autor valenciano. Era mi primer acercamiento a Chirbes y, ciertamente, ha merecido la pena repetir. Además, el Crematorio de hoy no sólo se relaciona con la podredumbre circundante, sino que nos remite a una suerte de pesimismo vital que deja en el aire ecos del noventa y ocho.
Autor: R. Chirbes
Título: Crematorio
Impresión: 7,7
Hace tiempo que Chirbes se nos mostró como uno de los narradores más sólidos de la lengua castellana actual. Su obra se ha asentado sobre diferentes fotogramas de la historia española del último siglo y, claro, en esa historia no podía faltar la España del pelotazo, del dinero fácil y rápido, de un territorio asfaltado al que estamos robando los últimos poros con los que transpirar. Matías Bertomeu acaba de morir y alrededor de esa muerte el autor se recrea en media docena de personajes que, de una u otra forma, se han relacionado con él: empezando por Rubén, su hermano mayor, constructor de los buenos, de esos que no dejarían un palmo de tierra del levante español sin enladrillar, hasta la hija renegada de Rubén o su plastificada esposa, medio siglo más joven, pasando por uno de los socios del constructor o por una banda organizada de mafiosos rusos. La narración se desarrolla a través de fragmentos a modo de monólogo interior de cada uno de ellos, de flujos de conciencia que a veces se disparan como si se tratara de cortas ráfagas duras y directas y otras se materializan en sinuosas digresiones sin objetivo claro, proporcionándoles así poco a poco forma y relieve, deteniéndose en cada arista, en cada contradicción, en cada sombra y en cada contraluz; hasta hacerlos completamente humanos, huyendo de los trazos gruesos, de las simplificaciones esquemáticas y de las condenas previas. Porque en la obra de Chirbes –como leía en el blog de Enrique Ortiz- no se condena a nadie porque todos estamos condenados. El futuro es el presente y éste se cae a pedazos.«Claro que la realidad se cuela por todas partes, a veces de manera violenta, no te escapas de ella, pero ¿qué es la realidad? Decir realidad es una forma de no decir nada, es hablar de conformismo, desviar tu propia responsabilidad en el curso de las cosas. El hollín de las iglesias quemadas o bombardeadas durante las guerras es un principio contundente de realidad».
Y si algo caracteriza y hace singular la narración es la facilidad de Chirbes para contar desde primeras, segundas o terceras personas, saltando de una a otra con naturalidad, sin falsas costuras ni trucos de prestidigitador. Ese juego de perspectivas dota a la narración de un dinamismo que hace olvidar al lector que durante cuatrocientas páginas no pasa nada más allá de unos cuantos recuerdos, anhelos o desvaríos. En fin, un título muy recomendable. – (Abril 2011)
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