Esta semana asistíamos –unos esperanzados, otros con el euro preparado, algunos con el orgullo patrio desbordado y unos cuantos (los menos) simplemente anonadados- a la gira asiática del presidente español en la que voceaba a quien quisiera escucharle las virtudes de nuestro país mientras pedía unas pocas monedas para dotar de mayor solidez y solvencia a nuestro sistema financiero, terminando con la lacra que supone la carcoma social de las anacrónicas cajas de ahorros.
Más anonadado todavía me quedo cuando leo que un fondo de inversión chino ofrece 9000 millones de euros para colaborar en la limpieza de las malas hierbas que parasitan a los mercados. Y claro, no puedo evitar preguntarme si las balas que limpiaron de gritos la Plaza de Tiananmen se financiaban con estos o parecidos fondos. ¿Demagogia? Pregúntenle, por ejemplo, a Liu Xiabo. Y si no lo tienen a mano lean el librito que hoy propongo (recién terminado) y ya me dirán.
Autor: J. M. Coetzee
Título: Esperando a los bárbaros
Impresión: 8,9La frontera entre el panfleto reivindicativo bienintencionado (siempre útil y cada vez más necesario) y la obra literaria no siempre es nítida. Tampoco es evidente la línea divisoria entre la denuncia de la injusticia local y el grito que se universaliza, aquél que es capaz de acoger y representar todos los dolores. Éste y sólo éste es el mérito de la obra de Coetzee: saber ahondar en los entresijos de una pequeña ciudad fronteriza del imperio, de cualquier imperio, tomar prestado a uno de sus ciudadanos, a un anciano magistrado hastiado y solo y, únicamente con ese material, escribir un hermoso relato que nos serviría de comodín para poder acercarnos a la huella violenta que ha impregnado la mayor parte de los capítulos que van construyendo lo que pomposamente llamamos la historia del progreso y del desarrollo humano.
«Puede que en mi excavación sólo haya escarbado la superficie. Puede que a tres metros bajo tierra se encuentren las ruinas de otro fuero, arrasado por los bárbaros, habitado por los huesos de un pueblo que creyó que estaría a salvo entre altas murallas. Puede que cuando piso el suelo del Juzgado, si eso es lo que es, tenga bajo mis pies la cabeza de un magistrado como yo, otro sirviente canoso de un Imperio que, enfrentado finalmente al bárbaro, sucumbió en el terreno de su jurisdicción... Pero es el reconocimiento de lo aleatorio de mi malestar, de su dependencia de un niño que un día gimotea bajo mi ventana y al otro está muerto, lo que despierta en mí la vergüenza más profunda, la indiferencia más grande ante la destrucción. En cierto modo, sé demasiado; y una vez que uno se ve infectado de este saber no parece haber recuperación posible. Nunca debí haber cogido el farol para ver lo que estaba pasando en la barraca junto al granero. Por otro lado, no me era posible dejar el farol después de haberlo cogido. El nudo se enreda en sí mismo; no puedo deshacerlo.»
Tal vez no alcance la profundidad ni la riqueza cromática de Desgracia, pero se trata de uno de los más hermosos alegatos a favor de que nos detengamos un instante, que dejemos de hacer ruido por un momento y que miremos con algún detenimiento el paisaje que moldeamos diariamente. El panfleto se habría regodeado en la noción de frontera, en la necesaria elaboración de un enemigo externo, en el juego histórico intercambiable entre civilización y barbarie. Coetzee nos muestra todo eso, pero lo hace sin estridencias argumentales ni comparaciones analíticas. La mirada de un anciano anónimo es suficiente, y esa es su genialidad. Poco más que decir, salvo confirmar que Coetzee es, sin duda, uno de los premios Nobel más sólidos de las últimas décadas. – (Abril 2011)
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