sábado, 9 de abril de 2011

Atajo de acémilas

La semana pasada rompí la costumbre de garabatear una página más del blog. Razones hubo, alguna dulce y alguna otra amarga en exceso. Eso hace que vuelva a él con ganas, como el que vuelve a casa, lo que en mi caso también supone, claro, un poco de perorata panfletaria.

Y es que si creíamos que ya se habían reído bastante de nosotros estábamos –como casi siempre- equivocados de medio a medio. El otro día, en una comparecencia planificada, el flamante Ministro de Trabajo desalentó nuestras esperanzas de actualización salarial en función de los caprichos inflacionarios. La responsabilidad con el resto de ciudadanos supone necesariamente que los trabajadores debamos aceptar (y lo dice sin vergüenza, como si se tratase de una verdad objetiva) que durante lustros se encarezca el consumo, pero no el salario. Y se quedó tan pancho. Menos mal que el ínclito procede del semillero sindical. En fin, esto es lo que toca, mercados y más mercados que, de tan sobrados, sientan cátedra incluso por boca del pregonero sindical.

Mientras me recuperaba de tanta estupidez, a la Presidenta de la Comunidad de Madrid se le ocurre que ella no va a ser menos, que para eso es la que manda. Y como para mandar no hay que saber, ni conocer, ni respetar, la señora Aguirre piensa que la mejor manera de cumplir con el cargo es volver a zaherir el respeto de los madrileños y tratarnos simplemente como a idiotas. Después de empeñarse durante unos cuantos años en desmantelar la educación pública, ahora se arrepiente y quiere salvar de la quema a ochenta chavales de la región… Los demás, supongo, o no existen o son carne de cañón; mano de obra barata, inculta y maleable, de esa a la que amenaza el ministro. Ahora nos piden que en mayo elijamos a nuestros representantes entre este enjambre de acémilas.

El otro día quise recordar aquí la labor pedagógica (además de la literaria) de Josefina Aldecoa. ¿Y para qué tanto empeño, tanta energía, tantas ganas, si basta una semana de despacho de cuatro de estos indeseables para frustrar y barrer todo ese trabajo?

Mejor nos irá si nos refugiamos en el rincón literario más recóndito y sombrío, entrando en el terreno de los cuentos. Recién termino una novela de Martínez de Pisón que, como dicen los marketinianos, no satisfizo por completo mis expectativas. Se trata de Dientes de leche, que dejaré reposar para sedimentar impresiones. Sin embargo, hace algún tiempo leí del mismo autor una recopilación de un puñado de sus mejores cuentos, y esta vez sí, la calidad de alguno de ellos merece, o eso creo, que nos acerquemos al volumen sin ninguna prevención.

Autor: Martínez de Pisón, I.
Título: Aeropuerto de Funchal
Impresión: 7,1

En este volumen el autor aragonés nos regala una antología de ocho cuentos por él seleccionados, conmemorando así los veinticinco años transcurridos desde la primera publicación de un libro de relatos salidos de su pluma. Según él mismo explica, su evolución se ha caracterizado por la transmutación de formas y argumentos iniciales inspirados por Poe hasta temáticas más apegadas al anónimo y diario transcurrir, cercanas al cuento chejoviano. No sé si Poe y Chejov representan los polos universales entre los que se mueve el cuento (¿dónde queda entonces, por ejemplo, el mundo borgiano?), pero aceptando la simplificación, Martínez de Pisón está mucho más cómodo en el cara a cara de lo cercano y cotidiano, en la trastienda del día a día, en el desenlace truncado y alejado de efectismos o de inesperadas vueltas de tuerca, en la erradicación de lo extraordinario, etc. En esta órbita se enmarcan la mayoría de los relatos de esta antología. Sorprende la soltura y la transparente sinceridad de su desarrollo, por ejemplo, en los magníficos “Los Nocturnos”, “Boda en el hotel Colón” o en el cuento que da título a la selección. Sin embargo, aunque más chirriante y peor terminado, personalmente prefiero la fuerza mal pulida de “Siempre hay un perro al acecho”, en el que al fatalismo de la tragedia inevitable le añade unas gotas de tremendismo sobrenatural, forzando situaciones sólo en la medida justa. En definitiva, una sorprendente y más que correcta selección de relatos, en la que resalta la capacidad del autor para moldear situaciones y personajes cercanos, con los que podríamos cruzarnos en cualquier semáforo. Además, al haberse escrito durante un período de tiempo relativamente dilatado, pues se trata de toda una antología, encontramos perspectivas y temáticas diferentes, lo que contribuye a enriquecer la obra, permitiendo al lector hacerse una idea general de la vertiente cuentista de Martínez de Pisón. No defraudará a los amantes del relato corto, sobre todo porque no estamos sobrados por estos lares de autores que trabajen el cuento con algún lucimiento. – (Febrero 2010)

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