Si la semana pasada traía al blog una obra genial, para que el paladar no se acostumbre, acerco hoy un pastiche, así, sin más, como suena, sin indulgentes sinónimos que lo endulcen o enmascaren.
Me habían dicho que John Boyne, además de escritura de supermercado, también sabía hacer literatura, tal vez algo comercial, pero literatura al fin y al cabo. No había leído nada de él, ni siquiera El niño con el pijama de rayas, así que con alguna curiosidad y cierta prevención (más o menos a partes iguales), escogí su última novela, La casa del propósito especial, que al menos prometía entretenimiento, y si éste se acompañaba de alguna calidad literaria, pues miel sobre hojuelas.
Craso error. Tan mayor y tan ingenuo; y es que no aprenderé nunca, pues cuando se nos dice de un libro que se deja leer, en general y salvo alguna excepción (como me ocurrió hace no mucho con una novelita de entretenimiento pero de lectura más que agradable, La sociedad literaria y el pastel de piel de patata de Guernsey) como norma sistemática hay que salir huyendo, porque hay otras muchas formas igual de improductivas pero más interesantes con las que despilfarrar el tiempo y, sobre todo, muchos libros en los que abocicarse con fruición.
Si no me creen juzguen ustedes mismos, pero quedan advertidos. Por cierto, será la resaca mañanera, pero me viene a la memoria el premio Alfaguara que conocíamos esta semana… Tranquilos, el galardonado no ha sido Boyne.
Autor: J. Boyne
Título: La casa del propósito especial
Impresión: 4,1
Georgi Danilovich Yáchmenev es un joven mujik, un campesino, casi un siervo a principios del siglo XX. Cuando el primo de Nicolás II pasa por su paupérrima aldea rusa, un desgraciado acontecimiento hará que todas las miradas se fijen en el joven Georgi y que, a partir de ese momento, su vida cambie radicalmente. El volumen, narrado a través de la voz del protagonista ya anciano, rememora con premeditado desorden su vida y la de su mujer, ligadas estrechamente a la historia europea. Visto así, el argumento podía tener atractivo, pues los hechos narrados y el fondo histórico que los enmarca tienen enjundia más que suficiente. Sin embargo, ya desde el principio, el autor se decanta por las situaciones retorcidas, inverosímiles y simplonas, por unos personajes huecos, inconsistentes, previsibles y movidos por un realizador que, como en el cine más comercial, busca siempre la dudosa fuerza dramática del melodrama y de la lágrima fácil. Hay que reconocerle a Boyne su eficacísima escritura, alejada de cualquier pretensión literaria, eso sí, pero tal vez esto no importe ni al autor ni al editor. Y es una pena, pues me ha parecido que en todo momento Boyne estaba muy por encima de su narración, esto es, que si hubiera querido, podría habernos regalado (perdón, quiero decir vendido) algo mejor, menos banal y artificioso. En fin, agradará a los que gusten del melodrama televisivo de sobremesa, o quizás ni siquiera a ellos. – (Marzo 2011)
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