No sé si a ustedes les pasa, pero yo estoy escandalizado. Me refiero a la cantidad de idioteces que hemos oído durante esta semana sobre la idoneidad de la energía nuclear en boca de los políticos. Algunos de ellos, los más prudentes (y también cobardes), sabiéndose en precampaña electoral sortean el tema refiriéndose a él como “cuestión técnica”, como si el poder político fuese ajeno a decisiones sobre asuntos técnicos, o como si la decisión de que aproximadamente una quinta parte de la energía que consumimos se origine en plantas nucleares podamos atribuirla al ingenierillo de turno.
Es verdad que muchos de ellos, de los políticos, son profundamente incultos. Es incluso probable que no tengan ni idea de los procesos físicos que liberan más energía de la que absorben en un reactor nuclear, o que al ver escrita la palabra fisión sonrían con indulgencia creyendo que se trata de un error mecanográfico.
Todo eso puede ser cierto, pero que nos tomen el pelo eludiendo la cuestión por ser un problema técnico… ¿Será lo de Gadafi también un problema técnico? Seguro que sí, pues, sin duda, la única dimensión que les interesa es la económica, es decir, el miedo al estornudo de sus “mercados”.
Toda esta insolente zafiedad nos remite, claro, al problema de nuestro déficit educativo, cuestión ésta que no debe ser un asunto técnico, pues casi todos los políticos la ensucian y manosean sin vergüenza ni rubor, sin que les importe un pimiento y sin tener ni idea, por ejemplo, de quién fue Krause o Giner de los Ríos. Por supuesto, me viene hoy a la memoria Josefina Aldecoa, cuya muerte ha pasado inadvertida para casi todos, como no podía ser de otra manera. Claro, que tal vez no les importe, ni tampoco sepan quién fue, ni ella ni el Colegio Estilo al que consagró buena parte de su labor pedagógica.
¡Vale, está bien, basta de perorata! Volvamos a la literatura. La semana pasada anuncié en el blog la lectura de todo un clásico, de uno de los grandes maestros del siglo XX. Y como ni el autor ni el volumen necesitan presentación, pego sin más la impresión que en mí ha dejado su lectura.
Autor: W. Faulkner
Título: El ruido y la furia
Impresión: 9,7
El volumen se publicó hace ahora algo más de ochenta años, precediendo a los grandes títulos que Faulkner publicó en la década de los treinta. Su estructura es, en principio, sencilla. Se trata de cuatro días narrados respectivamente por tres hermanos de la familia Compson (Benjy el idiota, Quentin el suicida y Jason el amargado, más una última sección en la que se introduce un narrador externo, aunque pegado a Dilsey Gibson, una anciana criada negra que ha vivido la corrupción y el desmoronamiento de la familia. Porque el texto nos cuenta fundamentalmente eso, la descomposición de una familia del sur estadounidense durante las tres primeras décadas del pasado siglo; tal vez la alegoría de la pérdida de los viejos valores, injustos pero con los que es fácil identificarse, sustituidos por el materialismo vacío del ufano y descreído norte. Sin embargo, lo que convierte el volumen en obra maestra es su tratamiento. La primera sección, contada por el “idiota” Benjy es magnífica, pues refleja todo un mundo de impresiones sensoriales sin las ataduras de la linealidad temporal ni del razonamiento causal. La segunda parte, escrita por otro hermano atormentado por sus pecaminosas inclinaciones incestuosas (enamorado de su hermana, la única a la que se le niega la posibilidad de narrar, pero alrededor de la que gira buena parte del texto), es todo un ejemplo de huida retorcida, culpable y corrupta. En la tercera sección el enfoque es radicalmente contrario; pasamos de un mundo de sensaciones e impresiones a la narración pragmática y árida del tercer hermano, el amargado Jason, quien, desde la perspectiva más torticera, trata de salvar lo que todavía queda en pie. Por último, la cuarta entrega nos devuelve el orden y la certeza del narrador omnisciente, que proporciona algún descanso al maltratado lector.Es posible que la novela sea incompleta (esa impresión tenía el propio autor) y que Faulkner fuese inmisericorde con el lector, a quien no concedió ni un milímetro de espacio cómplice. Sin embargo, con todo, hablamos tal vez de un experimento, pero de un experimento genial, de esos que algo abundaron durante aquellos años excesivos y que fueron escaseando después, cada día un poco más. Repito, nos encontramos simplemente con un volumen genial. – (Marzo 2011)
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