jueves, 10 de marzo de 2011

Carta de ajuste (y II)

La semana pasada colgué en el blog un poema de Antonio Gamoneda con la innecesaria excusa de que no me era posible añadir una entrada durante el fin de semana, días que suelo aprovechar para actualizar el blog y que, según dice un amigo con ácida ironía, no representan más que espacios sin otra emoción que la ausencia, el ir y venir, el tiempo inútil y vacío de las repletas agendas. ¿Que cambie de amigos? Esto es lo que hay, la viña heredada del Señor (del quinto izquierda).

Desvaríos aparte, tampoco el próximo fin de semana estaré por aquí, por lo que, sin ninguna razón de peso que me avale, también hoy atrasaré el reloj de las reseñas hasta el sábado siguiente, anunciando, eso sí, que traeré la obra que mejor impresión me ha dejado desde hace un par de años, lo que en absoluto sorprenderá cuando vean el volumen al que me refiero.

Volviendo al cortijo de los cuentos, hace algún tiempo copié en el blog El viento distante, de J. E. Pacheco, uno de los relatos que más me impactó cuando lo leí por primera vez. Y si de impactar se trata, traigo hoy otro cuento de los que impresionan, de esos que se aferran a la memoria, La migala, del mexicano Juan José Arreola, escasamente –y de manera injusta- difundido por estos lares.

El cuento no es más que una de las expresiones posibles del “suicidio por amor”, pero su representación simbólica, la metamorfosis (Kafka, claro) del impulso suicida en monstruoso animal emparenta la historia con el relato de Pacheco al que me refería antes y le otorga una potencia expresiva notable.

Ya digo que el relato impresiona y sin embargo no es éste un rasgo habitual de los territorios transitados por Arreola, más caracterizados por los continuos y mareantes desplazamientos de significantes hasta componer espacios y situaciones tan absurdos (a la vez que imaginativos y evocadores) como los que encontramos, por ejemplo, en El guardagujas, que no traigo aquí por su extensión, si bien se trata de un magnífico relato igualmente inquietante, pero sin la plasticidad truculenta de La migala que, por cierto, se publicó en el volumen titulado Confabulario, editado hace más de medio siglo, allá por los años cincuenta.

La migala
Juan José Arreola

La migala discurre libremente por la casa, pero mi capacidad de horror no disminuye.

El día en que Beatriz y yo entramos en aquella barraca inmunda de la feria callejera, me di cuenta de que la repulsiva alimaña era lo más atroz que podía depararme el destino. Peor que el desprecio y la conmiseración brillando de pronto en una clara mirada.

Unos días más tarde volví para comprar la migala, y el sorprendido saltimbanqui me dio algunos informes acerca de sus costumbres y su alimentación extraña. Entonces comprendí que tenía en las manos, de una vez por todas, la amenaza total, la máxima dosis de terror que mi espíritu podía soportar. Recuerdo mi paso tembloroso, vacilante, cuando de regreso a la casa sentía el peso leve y denso de la araña, ese peso del cual podía descontar, con seguridad, el de la caja de madera en que la llevaba, como si fueran dos pesos totalmente diferentes: el de la madera inocente y el del impuro y ponzoñoso animal que tiraba de mí como un lastre definitivo. Dentro de aquella caja iba el infierno personal que instalaría en mi casa para destruir, para anular al otro, el descomunal infierno de los hombres.

La noche memorable en que solté a la migala en mi departamento y la vi correr como un cangrejo y ocultarse bajo un mueble, ha sido el principio de una vida indescriptible. Desde entonces, cada uno de los instantes de que dispongo ha sido recorrido por los pasos de la araña, que llena la casa con su presencia invisible.

Todas las noches tiemblo en espera de la picadura mortal. Muchas veces despierto con el cuerpo helado, tenso, inmóvil, porque el sueño ha creado para mí, con precisión, el paso cosquilleante de la araña sobre mi piel, su peso indefinible, su consistencia de entraña. Sin embargo, siempre amanece. Estoy vivo y mi alma inútilmente se apresta y se perfecciona.

Hay días en que pienso que la migala ha desaparecido, que se ha extraviado o que ha muerto. Pero no hago nada para comprobarlo. Dejo siempre que el azar me vuelva a poner frente a ella, al salir del baño, o mientras me desvisto para echarme en la cama. A veces el silencio de la noche me trae el eco de sus pasos, que he aprendido a oír, aunque sé que son imperceptibles.

Muchos días encuentro intacto el alimento que he dejado la víspera. Cuando desaparece, no sé si lo ha devorado la migala o algún otro inocente huésped de la casa. He llegado a pensar también que acaso estoy siendo víctima de una superchería y que me hallo a merced de una falsa migala. Tal vez el saltimbanqui me ha engañado, haciéndome pagar un alto precio por un inofensivo y repugnante escarabajo.

Pero en realidad esto no tiene importancia, porque yo he consagrado a la migala con la certeza de mi muerte aplazada. En las horas más agudas del insomnio, cuando me pierdo en conjeturas y nada me tranquiliza, suele visitarme la migala. Se pasea embrolladamente por el cuarto y trata de subir con torpeza a las paredes. Se detiene, levanta su cabeza y mueve los palpos. Parece husmear, agitada, un invisible compañero.

Entonces, estremecido en mi soledad, acorralado por el pequeño monstruo, recuerdo que en otro tiempo yo soñaba en Beatriz y en su compañía imposible.






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