jueves, 3 de marzo de 2011

Carta de ajuste

Este fin de semana no me será posible atender el habitual compromiso con el blog. De las alternativas que se me ocurren (dejar una reseña con antelación, transcribir otro cuento o, simplemente, aparcarlo hasta la semana que viene) ninguna me seduce. ¿Quizás algo más original?

Pues sí, como una carta de ajuste televisiva, muy hermosa, eso sí, se me ocurre colgar algún poema y, si es posible, de autores que no hayan transitado la narrativa, para romper todavía más con la temática bloguera.

No soy ni experto ni muy habitual del género poético, pero algunos autores, seguramente los más difundidos, sí ejercen magnetismo, al que me dejo atraer de vez en vez. Y uno de ellos es, claro, el ovetense (aunque leonés por adopción) Antonio Gamoneda y, especialmente, su hermosísimo “Libro del frío”, del que extraigo y pego a continuación uno de los poemas más sugerentes.



Amé todas las pérdidas.

Aún retumba el ruiseñor en el jardín invisible.

Recuerdo el frío del amanecer, los círculos de los insectos sobre las tazas inmóviles, la posibilidad de un abismo lleno de luz bajo las ventanas abiertas para la ventilación de la enfermedad, el olor triste de la sosa cáustica.

Pájaros. Atraviesan lluvias y países en el error de los imanes y los vientos, pájaros que volaban entre la ira y la luz. Vuelven incomprensibles bajo leyes de vértigo y olvido.

No tengo miedo ni esperanza. Desde un hotel exterior al destino, veo una playa negra y, lejanos, los grandes párpados de una ciudad cuyo dolor no me concierne.

Vengo del metileno y el amor; tuve frío bajo los tubos de la muerte. Ahora contemplo el mar. No tengo miedo ni esperanza.

Eres sabio y cobarde, estás herido en las mujeres húmedas, tu pensamiento es sólo recuerdo de la ira.

Ves la rosas temibles.
Ah caminante, ah confusión de párpados.
Hay una hierba cuyo nombre no se sabe; así ha sido mi vida.

Vuelvo a casa atravesando el invierno: olvido y luz sobre las ropas
húmedas. Los espejos están vacíos y en los platos ciega la soledad.
Ah la pureza de los cuchillos abandonados.

Amé todas las pérdidas.

Aún retumba el ruiseñor en el jardín invisible.
























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