Ya es costumbre en este blog despotricar de vez en cuando de los premios, sobre todo de uno de los tríos que más ha contribuido a difundir volúmenes que, sólo cuando equivocan el tino, contienen algún valor literario. Me refiero al Nadal, al Planeta y al Alfaguara, que puntualmente entrega cada año el Grupo Santillana, creo recordar que casi por estas fechas, para tenerlo listo en las rutilantes ferias primaverales del libro.
En esta ocasión vuelvo al tema de los premios porque acabo de leer Abril rojo, de Santiago Roncagliolo, pues, según había visto en algún sitio, el Alfaguara empezaba a remontar el vuelo tras elegir al autor peruano en 2006. Una pena haber olvidado que ya había leído a Leante, galardonado en 2007, tal vez uno de los premios más flojos que recuerdo.
La novela de Roncagliolo no está mal, es decir, que se pasa un rato agradable y que consigue seducir al lector con una trama construida con más oficio de lo que parecería indicar la edad que tenía el autor al recibir el premio. Todo eso es verdad, pero también es cierto que hablamos de “ficción popular” (la presuntuosa expresión no es mía), relacionada sólo de manera muy tangencial con la “ficción literaria”. Y, en definitiva, más allá de ruidos y hojarascas, esa es la única crítica seria que se les puede hacer a muchos premios literarios, haber olvidado que además de premios, también se les presupone algún parentesco, aunque sea lejano, con la literatura.
Miro la lista de las novelas que han obtenido el Alfaguara desde que la editorial pasó a manos del Grupo santillana en los años noventa y me cercioro de que me podría encontrar en el pelotón de sus más fieles seguidores, pues he dado buena cuenta de cinco de los relatos premiados (Tomás Eloy Martínez, Laura Restrepo, Santiago Roncagliolo, Luis Leante y Andrés Neuman). Y claro, es que los mercados y sus maniobras de fijación no sólo afectan al gasto público, a la progresiva privatización del sistema de pensiones o a la flexibilización (bonito símil) de las relaciones laborales, sino que se nos cuelan hasta en la sopa (de letras).
Como muestra de lo dicho, sin más rodeos, incluyo a continuación la impresión que en mí dejaron Leante (del que ya traje un volumen en otra ocasión, por cierto más recomendable) y Roncagliolo.
Autor: L. Leante
Título: Dime si yo te querré
Impresión: 5,2
La novela obtuvo el Premio Alfaguara y es que parece que la moda de los premios que cierto prestigio tuvieron alguna vez (me remonto cuatro décadas) deriva ahora hacia lo anodino, lo liviano e insustancial, hacia la irrelevante y prescindible sucesión de secuencias cinematográficas que bajo la acción más o menos trepidante esconden espacios vacíos interrumpidos sólo por cloacas alimentadas de tópicos y recursos fatuos. Se trata de premiar a novelas inocuas que puedan atraer y gustar a cualquier lector y, claro, afortunadamente eso es imposible. Más o menos esto es lo que ocurre con esta “Mira si yo te querré”, en la que una médica que ya ha cruzado la frontera de los cuarenta encuentra por casualidad una fotografía de un antiguo novio al que creía muerto, lo que le hará viajar al Sahara, encontrando allí casi de todo, a excepción de lo que iba buscando. La novela podría encasillarse en el género de aventuras, con un toque romántico (o anti), enmarcado en el escenario histórico de la descolonización del Sahara por los españoles. Como en otras de sus obras, para marcar un ritmo que acerque el argumento al género negro, el autor construye la trama a base de elípticos saltos temporales, continuos flashbacks que terminan por hacerse rutinarios y cansinos. El volumen puede leerse siempre que no importen los tópicos y se huya de cualquier elemento reflexivo, por lo que lo que nos queda es una novelita amable, en la que, por ejemplo, los campamentos saharauis se reducen a una turística, indolora e insípida instantánea plana de buenas gentes enmarcadas en idílicos atardeceres con palmera de fondo. Puede salvarse el desenlace argumental, ingenioso y poco previsible. En fin, gustará a los que disfruten con la aventura insustancial, paliducha y con poca sal. – (Septiembre 2010).Autor: S. Roncagliolo
Título: Abril rojo
Impresión: 6,4
El Premio Alfaguara debe caracterizarse –digo yo- por galardonar la eficiencia, la pulcritud y la trama adictiva limpia, bien elaborada, pero que mientras se construye no puede evitar mirar de reojo al potencial lector, una especie de Planeta más aseado y vestido con mejor gusto. Como me ha ocurrido con otras novelas premiadas con la misma chequera, detrás de cada página siempre hay un eco lejano pero persistente que nos previene frente a los trucos clásicos de la literatura de consumo, aunque, como en este volumen, estén bien dosificados y disfrazados. Durante la Semana Santa del año 2000, en la ciudad peruana de Ayacucho se producen algunos asesinatos en serie, acompañados de elementos rituales macabros, cercanos por una parte a los mitos paganos que sustentan las fiestas que se conmemoran y, por otra, al salvajismo telúrico que preside la guerra contra Sendero Luminoso. Nos encontramos así con una novela negra que no rehúye la violencia, pero que sustituye los entornos urbanos clásicos por el mísero escenario desértico del Perú andino, en una época en la que todavía no se han cerrado las heridas de la guerra contra los terrucos. Se trata de una novela bien construida, con un protagonista atractivo y bien elegido, un fiscal aferrado a los códigos legales y al recuerdo enfermizo de su madre, todo un anti héroe, al que se le da vida a base de remendarle algunos de los tics psicológicos más exportados del thriller norteamericano. Ya digo que el resultado es meritorio, pues la conjunción de tantos elementos extraños en absoluto chirría, sin que el lector perciba en ningún momento las costuras que proporcionan consistencia y relieve a la trama argumental. No obstante, debe quedar claro que se trata de eso, de literatura comercial, pulcra y muy eficiente, eso sí, muy por encima de lo que solemos encontrar en el género policial. – (Febrero 2011)
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