Casi por casualidad me topé no hace mucho con el último volumen de divulgación científica publicado por el prolífico Carl Sagan, a mediados de los años noventa. No había leído nada del científico norteamericano, pero recordaba la magnífica serie televisiva –también de divulgación- Cosmos, que en España pudimos ver a principios de los años ochenta, si mi memoria no confunde churras con merinas.
El agradable tacto de la memoria aguijonea la curiosidad y, animado por la contraportada, inicio la lectura de El mundo y sus demonios. No se trata de una obra de divulgación científica al uso, en la que se nos explique a los legos los intríngulis de la mecánica cuántica, las implicaciones de la relatividad especial, la geometría multidimensional o las relaciones entre la materia oscura y el universo en expansión. No, a lo largo de quinientas páginas Sagan pretende, casi exclusivamente, deslindar con nitidez el proceso del conocimiento científico del pseudo científico, el más peligroso según él, pues pretende vendernos cháchara a precio de ciencia. El auge del creacionismo, la meditación transcendental, las interpretaciones esotéricas o las frecuentes visitas de extraterrestres a nuestro planeta son algunas de las falacias que Sagan desmonta una y otra vez, sin temor a cansarse o a aburrir al lector, cosa que consigue en algunos capítulos, los cuales pueden leerse en sentido diagonal.
Al terminar el libro me pregunto si son necesarias esas quinientas páginas para recalcarnos toda una serie de cuestiones que deberían ser obvias para cualquiera que tenga una formación mínima. Reitero que buena parte del libro me ha parecido repetitiva, innecesaria y, por tanto, aburrida. Pero tal vez Sagan tenga sus razones para bombardearnos con ese mantra machacón. Nos invaden por doquier las nuevas iglesias, procedentes en muchos casos de la milenaria sabiduría oriental: el poder de la telepatía, de la tele transportación, de las múltiples formas de meditar de manera transcendental (algo así como fundirse con el cosmos, signifique eso lo que signifique), del acertadísimo horóscopo chino (conocí a un catedrático de matemáticas ferviente seguidor de ese animalario compuesto de ratas, cerdos, serpientes y demás familia), de las implicaciones filosóficas de la reencarnación, de los juegos de cartas y de sus falacias adivinatorias, etc. Y para darle un barniz de seriedad llegamos a oír que la tradición religiosa oriental es a la física moderna (mecánica cuántica y física relativista) lo que la religión occidental es a la física newtoniana, previsible, causal y lineal. ¿Nunca han oído, por ejemplo, las explicaciones de los beneficios inherentes a esas pulseritas plastificadas en las que se incrusta un dibujo geométrico?
Pues a Sagan todo esto no le hace ninguna gracia, porque introduce formas de pensar potencialmente peligrosas que creíamos desterradas. ¿Cuántos enfermos de sida han abandonado los retrovirales para aferrarse a la sabiduría de los chamanes? De Ronald Reagan se decía que consultaba a su astrólogo de cabecera cuando tenía que tomar decisiones de importancia. No sé si será o no cierto, pero los dramáticos resultados nos proporcionan algunos indicios que reforzarían la verosimilitud del mito urbano. No estaría de más que en los institutos se recomendaran estas lecturas a los adolescentes, con el único y explícito objetivo de ayudarles a impermeabilizar su mente de tanta idiotez. ¿No teníamos bastante con los mitos bíblicos, coránicos, talmúdicos o cabalísticos de toda la vida?
Estas nuevas religiones también rechazan algunos de los mayores avances del último siglo: Así, empiezan a resultar preocupantes algunas afirmaciones que se abren camino sin pudor, como el explícito repudio de la “química” a favor de un presunto pasado idílico, en el que hombres, bichos y plantas vivían en paradisíaca armonía sin la contaminación científica. Ahora parece ser que Fleming o Koch fueron unos impostores. No se trata, obviamente, de admitir cualquier solución química que nos venga de la industria farmacéutica o alimenticia, pero achacar a la química lo que incumbe al código penal es algo así como atribuir a las matemáticas la quiebra de un banco. Es incluso posible que algunos de estos difamadores de la química no sepan lo que es la tabla periódica, o que al oír hablar de las “tierras raras” se pongan en guardia ante la amenaza de una confabulación cósmica que pretenda destruir las bases de los chakras tántricos.
No es que la visión de Sagan sea incuestionable. Por ejemplo, se refiere al proceso científico como un hecho objetivo que ha ido evolucionando de manera tortuosa, pero más o menos lineal, a pesar de algunos traspiés que no harían más que probar la transparencia del proceso. Eso presupondría la neutralidad de la ciencia, lo cual se me antoja algo ingenuo, pues para el autor sólo son reprobables algunas de las derivas tecnológicas del avance científico, como son las ingentes cantidades de recursos dedicadas al desarrollo de las bombas térmicas de fusión en los años sesenta y setenta (la temible bomba H)o al escudo nuclear estadounidense en las décadas posteriores.
Pienso en algún volumen de ficción que acompañe esta perorata sin desentonar y recuerdo una novelita de c. f. con algún interés. Se trata de Cosmo, del también científico Gregory Benford, quien, por cierto, tiene un relato corto, La pulsación, inspirado en el cuento de Cortázar Continuidad de los parques, que trasladé aquí, al blog, hace dos semanas.
Autor: G. Benford
Título: Cosmo
Impresión: 5,7
En esta novela independiente, no perteneciente a su famoso ciclo del centro galáctico, Benford sigue trabajando con argumentos recogidos directamente de la investigación científica, de la que es buen conocedor y fabulador. En esta ocasión, una investigadora empírica de física cuántica descubre, tras un error en un experimento con uranio en un acelerador de partículas, un extraño objeto con características físicas desconocidas que será capaz de modificar nuestra visión sobre el universo y, por tanto, también sobre la vida y sobre el origen y las paradojas que rodean a la propia humanidad. Benford deja de lado aquí otros temas más cercanos a la ciencia ficción heavy clásica para mostrarnos un futurible paradójico científicamente posible, basado en teorías físicas en boga durante los años noventa del pasado siglo. Pero además, dado que en esta ocasión la trama se desarrolla en nuestra época, también aprovecha para recrear con sagacidad el entramado micro social del mundo científico, con sus luces, sombras, recelos, envidias y trabas; y todo ello narrado con mayor calidad y lucidez de lo que es habitual en el género, aunque las implicaciones filosóficas puedan ser algo presuntuosas. Gustará, por supuesto, a los amantes de la c.f. y, especialmente, a los seguidores de las últimas teorías científicas relacionadas con la física y la astronomía.- (Mayo 2005)
Admiro tu ingenuidad infantil
ResponderEliminar