sábado, 5 de febrero de 2011

El detalle es lo que importa

Me disponía a leer la autobiografía de Nabokov “Habla, memoria” y, para ambientar la cosa, se me ocurrió releer Lolita, de la que tenía un recuerdo agridulce, no tanto por el tema tratado, ni por su indudable calidad literaria, sino por esa postura del autor ante su obra, que siempre se me ha antojado algo soberbia, impostada, quizá displicente, casi chulesca; como el niño que alardea sin pudor de una habilidad especialmente desarrollada.

Termino la relectura y, claro, sólo puedo renovar mi admiración, casi mi babeo, ante el más deslumbrante uso del lenguaje que yo conozca. Y eso que el inglés no era su lengua materna. Y por si fuera poco, me entero de que en Estados Unidos están comenzando a redescubrir su faceta de entomólogo, en la que, según parece, tampoco era manco.

Bien, un chico listo, pero no por ello dejo de estar prevenido. ¿Arte fatuo? ¿Despliegue artificioso de medios? Tal vez sea eso, su concepción radical de la literatura, despojada de slogans y de banderas a las que agarrarse, la que nos haga fruncir el ceño. Sí, me gusta y me siento cómodo con Carpentier y sus mensajes, con Zweig, con Mann (Thomas) o con Chejov, incluso con Gorki. ¿Qué hacer entonces con Nabokov? Pues rendirnos a la evidencia y punto.


Autor: V.  Nabokov
Título: Lolita
Impresión: 9,4


De Lolita se han hecho tantas interpretaciones, lecturas y relecturas que poco más puede o debe decirse. Sin embargo, creo verídica la versión del autor, quien desecha y desprecia cualquier lectura que vaya más allá del arte, de la construcción de una de las más hermosas catedrales edificadas jugando con las palabras. Y entonces ¿por qué escoger un tema tan escabroso como la pederastia? La explicación tal vez sea más sencilla de lo que sesudos estudios han revelado. Si la niña pasa a ser nínfula en la cabeza de Humbert, forzando la regla de tres, el pecado (pues de pecado hablamos) deviene literatura, literatura en mayúsculas. Y es que Nabokov es un provocador, un constructor de espacios hermosos, pero efímeros e inútiles. Él mismo se desvincula explícitamente de las lecturas y de los escritores moralizantes, o de las novelas sujetas a un mensaje, a una homilía dominical. A Nabokov le importa el fogonazo único y efímero, el detalle revelador (tanto en el arte como en la ciencia el detalle es lo que importa), un reflejo, una ilusión del neón, un rostro abotargado que despierta, el pasillo de un motel...

«Un poco más allá, en la misma calle, unas luces de neón titilaban dos veces más lentas que mi corazón: la silueta del anuncio de un restaurante, una gran taza de café, se animaba a cada segundo con una vida esmeralda y, cada vez que desaparecía, letras rosadas que decían "Comida excelente" la reemplazaban. Pero la taza aún podía distinguirse como una sombra lenta que los ojos discernían antes de su inmediata resurrección esmeralda. Nos hacíamos radiografías. Esa ciudad furtiva no estaba lejos de "El Cazador Encantado". Lloraba de nuevo, borracho de pasado imposible.»

Esa es su genialidad, a veces antipática y molesta, pero genialidad al fin y al cabo. Lolita no es una novela erótica, ni un relato de amor, ni una “road movie”; ni la recreación de una psicosis; o tal vez sí, quizás sea todo eso, pero también mucho más, porque el argumento y la trama poco ayudan a explicar el resultado final, que no es más -ni menos- que una obra maestra construida a base de hermosísimas impresiones cuidando y mimando el lenguaje hasta límites quizá no alcanzados hasta entonces. Sólo después, una vez explicitada su singularidad genial, podemos hablar de otras cosas, como la intuición del autor para poner en evidencia una cultura, un país –más o menos kitsch– al que había llegado sólo quince años antes. El juego irónico y provocador con el que el autor aguijonea al lector sobre las relaciones clásicas entre ética y estética es lo que todavía hoy hace que su obra resulte tan viva como hace medio siglo. Él mismo identificó a Lolita con la joven (pero no siempre inocente) América, mientras que Humbert representaría a la corrupta y degenerada Europa. En fin, un volumen de lectura obligatoria y de relectura más que aconsejable. - (Febrero 2011)

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