sábado, 29 de enero de 2011

Continuidad de los espejos

Escribo (más bien transcribo) esta entrada el jueves, aceptando la trampa que Google pone a disposición del bloguero para retrasar dos días su publicación. Un fin de semana en el pueblo dificultará la escritura en vivo, lo cual, en una época en la que sólo cuenta (sólo suma) el presente más efímero, pero también el más irresistible, no carece de interés.

Esta fantasía que nos permite manejar el tiempo a voluntad con un solo clic debe encontrarse más próxima a la física relativista que a la newtoniana y, continuando con esa asociación desestructurada e inútil de ideas e imágenes, me viene a la memoria –tras pasar por la continuidad –y contigüidad- de dimensiones y magnitudes físicas- uno de mis cuentos de cabecera y, seguro, también de otros muchos lectores aficionados al género. Es uno de esos cuentos geniales que a los escribidores mediocres (pero conscientes) nos impone un perpetuo silencio en lo que a intentos literarios atañe. ¿Cómo armar un cuento que se sostenga mínimamente después de haber leído a Chejov, Borges, Cheever, Kafka, Nabokov o Cortázar? Habremos de resignarnos a educar las capacidades lectoras, que no es poco, dejando a los que saben hacerlo que nos regalen cuentos como éste. ¡Cuánto tiempo y papel habríamos ahorrado si todos lo tuviéramos así de claro, editoriales incluidas! En cualquier caso, confundir a estas alturas literatura y negocio editorial sería demasiado ingenuo.

Hoy no traigo ni reseña ni fe de lectura. Traigo algo mejor, un cuento. Se trata tal vez del relato más conocido que Cortázar publicó en la colección titulada Final del Juego, en 1956. Y es, simplemente, una maravilla.


CONTINUIDAD DE LOS PARQUES
(Final del juego, 1956)

HABÍA EMPEZADO A leer la novela unos días antes. La abandonó por negocios urgentes, volvió a abrirla cuando regresaba en tren a la finca; se dejaba interesar lentamente por la trama, por el dibujo de los personajes. Esa tarde, después de escribir una carta a su apoderado y discutir con el mayordomo una cuestión de aparcerías, volvió al libro en la tranquilidad del estudio que miraba hacia el parque de los robles. Arrellanado en su sillón favorito, de espaldas a la puerta que lo hubiera molestado como una irritante posibilidad de intrusiones, dejó que su mano izquierda acariciara una y otra vez el terciopelo verde y se puso a leer los últimos capítulos. Su memoria retenía sin esfuerzo los nombres y las imágenes de los protagonistas; la ilusión novelesca lo ganó casi en seguida. Gozaba del placer casi perverso de irse desgajando línea a línea de lo que lo rodeaba, y sentir a la vez que su cabeza descansaba cómodamente en el terciopelo del alto respaldo, que los cigarrillos seguían al alcance de la mano, que más allá de los ventanales danzaba el aire del atardecer bajo los robles. Palabra a palabra, absorbido por la sórdida disyuntiva de los héroes, dejándose ir hacia las imágenes que se concertaban y adquirían color y movimiento, fue testigo del último encuentro en la cabaña del monte. Primero entraba la mujer, recelosa; ahora llegaba el amante, lastimada la cara por el chicotazo de una rama. Admirablemente restallaba ella la sangre con sus besos, pero él rechazaba las caricias, no había venido para repetir las ceremonias de una pasión secreta, protegida por un mundo de hojas secas y senderos furtivos. El puñal se entibiaba contra su pecho, y debajo latía la libertad agazapada. Un diálogo anhelante corría por las páginas como un arroyo de serpientes, y se sentía que todo estaba decidido desde siempre. Hasta esas caricias que enredaban el cuerpo del amante como queriendo retenerlo y disuadirlo, dibujaban abominablemente la figura de otro cuerpo que era necesario destruir. Nada había sido olvidado: coartadas, azares, posibles errores. A partir de esa hora cada instante tenía su empleo minuciosamente atribuido. El doble repaso despiadado se interrumpía apenas para que una mano acariciara una mejilla. Empezaba a anochecer.

Sin mirarse ya, atados rígidamente a la tarea que los esperaba, se separaron en la puerta de la cabaña. Ella debía seguir por la senda que iba al norte. Desde la senda opuesta él se volvió un instante para verla correr con el pelo suelto. Corrió a su vez, parapetándose en los árboles y los setos, hasta distinguir en la bruma malva del crepúsculo la alameda que llevaba a la casa. Los perros no debían ladrar, y no ladraron. El mayordomo no estaría a esa hora, y no estaba. Subió los tres peldaños del porche y entró. Desde la sangre galopando en sus oídos le llegaban las palabras de la mujer: primero una sala azul, después una galería, una escalera alfombrada. En lo alto, dos puertas. Nadie en la primera habitación, nadie en la segunda. La puerta del salón, y entonces el puñal en la mano, la luz de los ventanales, el alto respaldo de un sillón de terciopelo verde, la cabeza del hombre en el sillón leyendo una novela.








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