Hay algunos autores que, sólo con su nombre, aseguran a la editorial cifras de ventas mareantes. La mayoría de ellos –pongamos como ejemplo a Follet o a Ruiz Zafón- son de usar y tirar o, directamente, de tirar y punto.
Se trata en general de historias folletinescas tramposas y zafias, de cartón piedra y plástico, maniqueas y simplonas, sensibleras y para las que literatura y consumo son, naturalmente, sinónimos. Sin embargo, algunos de estos escritores que aseguran el negocio editorial –Muñoz Molina, Vargas Llosa o Umberto Eco- son, por razones diferentes, otra cosa.
Umberto Eco es, probablemente, uno de los autores folletinescos por excelencia. En su última novela no sólo acude al folletín de manera premeditada, sino que incluso lo reivindica y exalta, homenajeando a Dumas, uno de sus cocineros más insignes.
La narrativa de Eco representa lo mejor de la literatura de evasión, del libro entendido como divertimento, como pasatiempo, sin que ello suponga perder el tiempo o tirar el dinero (algo habría que decir en este punto de la malograda ley Sinde).
La diferencia entre la buena literatura de consumo y la basura folletinesca estriba, creo yo, en la concepción que se tiene del lector; en un caso se le insulta de manera premeditada y en el otro no. Pues bien, traigo hoy el mejor ejemplo de esta segunda opción, es decir, de honestidad, honradez y, sobre todo, de transparencia en la relación entre escritor y lector.
Autor: U. Eco
Título: El cementerio de Praga
Impresión: 8,1
Es éste un best seller, un folletín, un libro provocador y quizás también oportunista. Es todo eso sí, pero también mucho más. Tres décadas después de la publicación de “El nombre de la rosa” y tras un par de novelas que pasaron casi desapercibidas, Umberto Eco vuelve a sus orígenes y nos entrega un enorme fresco folletinesco en el que la Europa de la segunda mitad del XIX (que en lo fundamental no difiere tanto de la nuestra) se desnuda y enseña sin pudor todas sus vergüenzas, lo más sucio de la cocina política y de la manufactura ideológica. Simone Simonini, el protagonista, es un anciano estafador que ha hecho fortuna falsificando documentos, primero para oscuros intereses privados y después para distintos Estados y organizaciones de primera línea, entre otras, la Iglesia Católica. Simonini vende su “arte” al mejor postor y la creación de pruebas con las que fabricar de manera artificiosa enemigos externos que aglutinen a los pueblos es una estratagema común. Y claro, los judíos son, históricamente, una de las mejores personificaciones de ese enemigo al que hay que ir alargando la cuerda periódicamente. El caso Dreifus es el affaire más sonado, pero ni mucho menos el único. Como siempre, la obra es erudita, fiel a los hechos históricos, medida milimétricamente en juegos de espejos que confunden al lector y que tanto gustan al autor. En Fin, que sin llegar a la maestría de “El nombre de la rosa”, es éste un volumen –y no sólo un divertimento- más que recomendable, del que deberían aprender tantos libelos de usar y tirar con los que se cubren las mesas expositoras de supermercados y librerías. He aquí sólo un ejemplo del antisemitismo con el que un agente ruso quiere exorcizar los descontentos de buena parte de la población de su país:«Yo no quiero destruir a los judíos, osaría decir que los judíos son mis mejores aliados. A mí me interesa la estabilidad moral del pueblo ruso y no deseo (y no lo desean las personas que pretendo complacer) que este pueblo dirija sus insatisfacciones hacia el zar. Así pues, necesita un enemigo. Es inútil ir a buscarle un enemigo, qué sé yo, entre los mongoles o los tártaros, como hicieron los autócratas de antaño. El enemigo para ser reconocible y temible debe estar en casa, o en el umbral de casa. De ahí los judíos. La divina providencia nos los ha dado, usémoslos, por Dios, y oremos para que siempre haya un judío que temer y odiar. Es necesario un enemigo para darle al pueblo una esperanza. Alguien ha dicho que el patriotismo es el último refugio de los canallas: los que no tienen principios morales se suelen envolver en una bandera, y los bastardos se remiten siempre a la pureza de su raza. La identidad nacional es el último recurso para los desheredados. Ahora bien, el sentimiento de la identidad se funda en el odio, en el odio hacia los que no son idénticos. Hay que cultivar el odio como pasión civil. El enemigo es el amigo de los pueblos. Hace falta alguien a quien odiar para sentirse justificados en la propia miseria. Siempre. El odio es la verdadera pasión primordial. Es el amor el que es una situación anómala. Por eso mataron a Cristo: hablaba contra natura. No se ama a nadie toda la vida, de esta esperanza imposible nacen el adulterio, el matricidio, la traición del amigo… En cambio, se puede odiar a alguien toda la vida. Con tal de que lo tengamos a mano, para alimentar nuestro odio. El odio calienta el corazón.»
La novela es también un espejo crítico –sazonado con irónicas vueltas de tuerca- en el que pueden mirarse ideologías y pueblos de la vieja Europa, sin que el espejo deje a nadie especialmente bien parado. Por eso, los que han criticado la obra por beligerante (fundamentalmente algunos círculos judíos y cristianos) beben directamente de la intransigencia de la que Eco se mofa sin ningún reparo. – (Enero 2011)
No hay comentarios:
Publicar un comentario