sábado, 15 de enero de 2011

Vuelta de tuerca

La semana pasada aludía aquí, en el blog, a lo anquilosado de la literatura o, por ser más precisos, de la narrativa, la cual, al no cristalizar ninguna tendencia mínimamente innovadora, sigue refugiándose en la cueva (vendita cueva) decimonónica, tendencia promovida fundamentalmente por el conservadurismo editorial. Pues bien, dos días después leí en El boomeran(g) a Edmundo Paz soldán quien, a propósito del encumbrado Franzen volvía –más o menos- a esta misma idea. Como no podía ser de otra manera, el centro de gravedad de la discusión habría que situarlo en la perspectiva instrumental del hecho literario (entendido como pegote, ente, producción en serie, alien…)

Copio a continuación dos párrafos del artículo:

Jonathan Franzen se ha convertido en el símbolo de "lo literario" en los Estados Unidos. Quizás todo comenzó con un ensayo solemne que publicó en Harper's hacia 1996, en el que defendió como válido el proyecto de escribir novelas en la era de la imagen; o quizás fue cinco años después, cuando publicó Las correcciones y se peleó con el árbitro cultural más potente de la sociedad norteamericana (Oprah). Hubo también varios perfiles que lo mostraban algo insoportable, confesando, por ejemplo, que algunos párrafos los escribía con los ojos vendados o señalando su desdén por Internet y su afición ornitológica: un escritor pretencioso y pedante aun cuando trataba de sonar modesto y de bajo perfil. Para colmo, en la competencia no declarada entre los escritores de su generación, Franzen era el anticuado que quería escribir novelas como se escribían en el siglo XIX, todo lo opuesto a un David Foster Wallace, el genio cool que quería mostrar a través de su prosa el funcionamiento de un cerebro contemporáneo saturado de información.

(…)

En los Estados Unidos, la novela es hoy más un entretenimiento sofisticado que el vehículo de crítica cultural que fue en manos de Roth, Bellow y compañía. El establishment literario neoyorquino sueña con una novela -y un novelista- capaz de reinventar la forma para este nuevo siglo (por eso, quizás, la manera redentora en que se recibió la obra de Roberto Bolaño); como no existe ese escritor, queda la nostalgia por aquello que la novela alguna vez fue. Franzen no abre la novela hacia el futuro; más bien muestra que se puede escribir un gran libro en pleno siglo XXI con todo el arsenal de trucos y estrategias narrativas desarrolladas por la novela europea del XIX. Se puede jugar a ser enorme con Tolstoi y Flaubert de la mano y dejando de lado a Joyce y Faulkner y Kafka.





¿Qué decir de la frase final, sentencia especialmente molesta por su absoluta verosimilitud? En fin, si en la última entrada quise ejemplificar a través de Muñoz Molina el conservadurismo narrativo que Paz Soldán atribuye a Franzen, hoy traigo a Herta Müller, quien –creo- ejemplifica la persecución de formas plásticas más flexibles, abiertas y polisémicas, y que se mueve además en terrenos fronterizos y movedizos en cuanto a su ubicación en los distintos géneros con los que tradicionalmente etiquetamos con fruición. Tal vez por eso, por su empeño en experimentar con nuevas texturas, sigue siendo una escritora poco leída a pesar del Nobel.

 

Autor: H Müller
Título: La piel del zorro
Impresión: 8,0


¿Qué diferencia a la poesía del relato? Tal vez, al menos en parte, sea la pérdida de linealidad causal, aunque ésta sea concebida sólo en términos temporales, de ayeres que producen mañanas. Pues bien, este volumen que la autora rumana publicó en 1992 (cinco años después de abandonar su país y a sólo tres años vista del derrocamiento de Ceaucescu) camina de manera tortuosa pero firme por las tierras fronterizas más movedizas y difusas que limitan los espacios de la novela, el relato y la poesía. La obra consiste en unas cuantas impresiones que podrían calificarse de desnudas, austeras e incluso descarnadas, que nos presentan una ciudad rumana de los años en los que la dictadura mostraba ya síntomas evidentes de degeneración y podredumbre. Si el paisaje que presenta es árido y austero, el lenguaje lo es todavía más: frases cortas con los adjetivos justos y unos pocos adverbios descontextualizados y ambivalentes. Ya digo que se trata de “impresiones” estáticas, sin causas o razones que justifiquen acción alguna. Se tortura porque se tortura, y se interroga porque se interroga, porque es algo natural en ese paisaje naïf, aparentemente ingenuo y carente de perspectivas y de escalas que faciliten su lectura. Se ha dicho de la escritura de la autora que obtuvo el Nobel en 2009 que es poética e hipnótica. Poética sí, al menos a ráfagas, pero más que hipnótica es exasperante e irrespirable, como debió ser la época que evoca y que deconstruye de manera torturada y tenaz. Pero además, la presunta precisión de esa forma de escribir se difumina en un lenguaje polisémico que no necesita de metáforas, porque la transmisión al lector de sus impresiones ya es en sí misma una metáfora. El zorro del título es el dictador, cazador siempre vigilante, y que como extensión “natural” terminará humillando a todo un país, a través de la Securitate y de un complejo sistema de correas de transmisión que ha infectado y desplazado cualquier espacio social respirable. Pero el zorro es también su piel, elemento de distinción de una clase media corrupta y degenerada que se mantiene aferrándose a la delación y a la acartonada sonrisa del sumiso impostor. Lo mismo podría decirse de otros símbolos recurrentes como la rijosa huella de unos dientes en la piel o los inocentes álamos, que sin embargo se trastocan con facilidad y devienen amenazadores cuchillos. En fin, todo un mundo simbólico que endurece e incomoda la lectura, pero que también la hace más sugerente. – (Noviembre 2010)






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