Creo que era el norteamericano Burroughs, aquel que tenía la certidumbre de que -entre otras cosas- el lenguaje y sus reglas sintácticas eran una de las formas más flagrantes de sumisión, quien mantenía que la literatura era la manifestación artística más anquilosada y rígida, en absoluto proclive a tendencias experimentales y, en general, contraria a cualquier movimiento, lo que supondría que, en la actualidad, se escriba como lo hacía Tolstoi o Flaubert.
¡Ojalá fuera así!, pero la realidad es muy otra. Es verdad que la literatura no ha evolucionado, que es esencialmente conservadora, pero también es cierto que tampoco ha mejorado, es decir, que tanto sedentarismo no ha servido ni siquiera para depurarse.
Pensemos en la música, en el teatro o en las artes plásticas. Si comparamos lo que se hace ahora con lo que podía verse u oírse hace ciento cincuenta años, nos daremos cuenta de que, al menos, es tanta la diferencia como la semejanza. Sin embargo, el mayor atrevimiento literario se produjo con las vanguardias de principios del pasado siglo. De hecho, buena parte de la literatura actual, incluso de la que merece la pena, parece anterior a esas vanguardias, heredera directa del realismo o del naturalismo (cuando no del romanticismo más estereotipado) decimonónico. Me refiero fundamentalmente a la narrativa, pues la manifestación poética, menos sujeta a la dictadura editorial (aquí no hay best Sellers), es otra cosa.
Por no ir más lejos, puede ponerse como ejemplo a Vargas Llosa, a quien tanto alabamos ahora. ¿No se trata esencialmente de un narrador clásico? Y conste que traigo a colación a un Nobel que merece la pena, porque también podemos referirnos a otros premios, como el reciente y glorioso Nadal, en el que la editorial Destino nos instruye sobre lo que entiende por literatura. ¿No es ésta, la fuerza gravitatoria del agujero negro editorial, la que dificulta otros impulsos, otras iniciativas?
Traigo hoy al blog a otro escritor que sabe lo que se trae entre manos, que domina la narrativa, que escribe con naturalidad (antes más que ahora), pero que se caracteriza por un estilo que hace un siglo ya habría sido clásico.
Autor: A. Muñoz Molina
Título: La noche de los tiempos
Impresión: 7,9
La novela es un compendio de la obra anterior del escritor jienense, casi mil páginas de Muñoz Molina en estado puro. A finales de 1936 se nos presenta una instantánea de Ignacio Abel perdido y algo desorientado en la bulliciosa estación de Pennsylvania. Su aspecto cansado y demacrado, desaliñado, de mirada y ademanes sumisos, en nada hace recordar al arquitecto de éxito que poco antes decidió abandonar su país que se desangra no en una guerra civil al uso, sino en multitud de inútiles batallas intestinas que pueblan todas las mañanas con docenas de fusilados los muros de los suburbios. Atrás queda su acomodada vida burguesa en el barrio de Salamanca, su mujer y sus dos hijos, su joven amante extranjera y, sobre todo, unos pocos puntales ideológicos –ahora contradictorios- con que identificarse diariamente. Ya en Estados Unidos Ignacio Abel recrea la vida que ha dejado: una España prebélica que va perdiendo el rumbo, la confianza en su propio futuro y en la decencia política; una vida familiar en la que el tedio y la animadversión por los valores tradicional católicos de la familia de su esposa chocan con su educación socialista, firmemente sustentada en la creencia en la capacidad humana de progresar indefinidamente; o una aventura no premeditada con una joven americana que le enseñó formas de ver la vida a las que no pudo acceder en su juventud. Muñoz Molina sigue basando su narrativa en las claves de la literatura clásica, entregándonos un sólido “novelón” casi decimonónico, a veces histórico, a veces reflexivo, por momentos bélico y en ocasiones romántico, que no defraudará a sus seguidores. Sin embargo, a diferencia de otras novelas anteriores es también un alegato pedagógico con miras y fines relativistas que pretende redescubrir aquella época a un lector supuestamente ingenuo, que según el autor basa su noción de la historia en los colorines de unas cuantas banderas simplistas:«Vas a decirme que los otros son mucho peores. No me cabe la menor duda. También he visto lo que hacen ellos. Ellos se sublevaron y ellos tienen la culpa de que empezara la matanza. Ellos merecen perder pero nosotros hemos cometido tantas barbaridades y tantas estupideces que no nos merecemos ganar.»
Este enfoque algo pretencioso que busca ajustar cuentas con la historia, unido a cierta tendencia al encuadre cinematográfico y a la innecesaria reiteración de imágenes redundantes (lo que de otra forma podía haber aligerado la obra), pues bien, todo eso hace que se lea con alguna prevención, sin la necesaria entrega incondicional que requeriría un texto como éste, el cual, como de pasada, también juega a poner en su sitio a algunos personajes conocidos de la época, encumbrados por un maniqueísmo ideológico que es, en definitiva, el que aquí se pretende combatir. – (Octubre 2010)
Hola Agus, soy el inmigrante francés. He estado ojeando tu blog y quiero preguntarte algo, ¿tú sabrías leer un pequeño libro en francés? son sólo 30 páginas y sé que te gustará. De todos modos te lo traeré, y de paso nos tomamos unas cañas!!!!!
ResponderEliminarSi supieras los problemas que tengo en mi relación con el castellano no propondrías ese tipo de retos. Pero en fin, ya sabes que por unas cañas me vendo rápido a la patria francesa, aunque sea sólo por la cantidad de huelgas generales que habéis organizado. Aquí solo una y acongojados.
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