sábado, 27 de noviembre de 2010

Algo personal

Recién termino un volumen que podría enmarcarse en el subgénero de memorias, pues trata de recoger y de reinterpretar las difíciles relaciones que el autor mantuvo con su padre, el pintor Juan Giralt. Se trata de una de esas publicaciones que, más allá de su valor literario, tienen como tozudo y obsesivo objetivo ajustar cuentas, no tanto con el pasado como con aquella parte de la memoria que se almacenó de manera defectuosa, permitiendo que el paso del tiempo y el contacto con el viento y la lluvia distorsionaran y deteriorasen el recuerdo, añadiéndole una pizca de olor a podredumbre.

No es costumbre en este blog trasladar a sus páginas cuestiones personales, en primer lugar porque, además de manifestar un gusto más bien dudoso, no fue concebido para airear intimidades que poco importan a quien ya tenga bastante al comprobar el peso de sus alforjas. Pero en segundo término, arraiga en mí ese pudor varonil que dificulta el sosegado y necesario flujo emocional, ése al que renunciamos para que no se cuartee el espejo público que nos define y proyecta.

Pues bien; sin que sirva de precedente, hoy sí me gustaría introducir aquí una breve alusión personal. Sé que no es el lugar idóneo, por lo que antepongo mis disculpas a quienes habiéndose acercado al blog en busca de alguna referencia libresca, se hayan sorprendido al encontrar una especie de declaración de reconocimiento filial difícil de contextualizar. Entiéndase la entrada de hoy como remedio, como conjuro si se quiere, como bálsamo que alivie las marcas de las ausencias que el paso del tiempo no doblega ni erosiona, ni tampoco vuelve más livianas. Digo todo esto porque, junto a la referencia literaria de hoy, mañana cumplo quince años sin mi padre, como si la acumulación de tanto tiempo no fuera razón de peso suficiente para doblar el lomo y vaciar de contenido la palabra, si bien es cierto que durante estos tres lustros no ha dejado de acompañarme en muchos de mis mejores momentos. El otro día, sin ir más lejos, creí ver su mano en la mía cuando acompañé a sus nietos al madrileño Museo del Ferrocarril, rememorando aquellas viejas estaciones a las que me llevaba de niño mientras se perdía en ciudades en las que no era fácil acomodar la angustia aguijoneada por la presunción de un futuro incierto para sus hijos.

Pero no sé si el recuerdo al que me aferro es limpio. Sí sé que no es fiel, es decir, que responde a una reconstrucción de la memoria interesada, que selecciona y desecha los nudos, las inconsistencias y los silencios minados de una relación que me hubiera gustado adjetivar con epítetos más transparentes y sonoros, pero que no siempre fue así. Es sólo ahora, en esas largas noches de insomnio que se hacen más habitables con su presencia, en esas madrugadas en las que se arremanga y arrima el hombro para ayudar a poner en su sitio mis incertidumbres y zozobras mientras ajusto agradecido mi paso a su caminar pausado, es entonces cuando se acerca y se sienta, cuando confirma y matiza, cuando corrobora y sonríe, cuando aconseja y apoya, cuando comprende y anima.

En fin, no seguiré por aquí porque ya digo que el pudor compartido, el suyo y el mío, no favorecen ni se amoldan sin rubor a la confidencia en un espacio público como éste. Decir sólo que el libro de hoy, espartano y honesto, me ha recordado que, probablemente como casi todo el mundo, tengo cuentas que ajustar, cuentas en las que la gratitud y la añoranza todavía siguen sumando a diario quince años después, engrosando una deuda que no será posible saldar ni con oraciones ni con objetos rituales.

¿Y qué nos queda si apartamos saldos, ritos y oraciones? Tal vez sólo el desnudo eco y la lúcida transparencia de palabras con las que contar, por ejemplo, que yo también me hago mayor; que no por eso tengo más certezas, pero que las pocas que me acompañan se van pareciendo cada vez más a las tuyas. Contar también que ya peino canas, que no me han hecho mejor ni más sabio, pero que sí me ayudan a identificar y a enfrentar con alguna firmeza a la estulticia, al ruido vacuo o a la zafia insolencia de los que se ganan la vida vendiendo rancios asideros de usar y tirar. Contar por último también que, como te empeñaste en transmitirnos, siguen siendo válidos –tal vez ahora más que nunca- esos pocos principios éticos sin los cuales no merecería la pena distinguir el trigo de la paja, el ruido de las nueces o el ladrido de la palabra. Por todo eso y por los años que espero seguir andando a tu lado, contando y escuchando, gracias otra vez.



Autor: M. Giralt Torrente
Título: Tiempo de vida
Impresión: 6,6


Para entender el volumen hay que contextualizar no sólo la obra sino también la herencia del autor. Marcos Giralt es hijo del pintor Juan Giralt y nieto por vía materna de Torrente Ballester, rasgos éstos que, por sí solos, ya suponen un marco referencial ineludible. De hecho, el volumen es justamente eso, un enfrentamiento con su pasado, un ajuste de cuentas casi catártico con su padre, o más bien con la relación que a trancas y barrancas consiguieron ir faciendo y desfaciendo. Por tanto, la primera pretensión explícita del autor es mantenerse apartado de la ficción, reconstruir en la memoria la espinosa senda que le devuelva la figura de su padre una vez fallecido. Se trata ciertamente de un campo bastante transitado en la literatura de ficción y en la biográfica (hecho éste que el autor no sólo reconoce explícitamente, sino al que acude en busca de inspiración) y que Marcos Giralt recorre con empaque, rectitud y honestidad, reabriendo las heridas justas, pero sin regodearse en las insalubres nimiedades que, quienes hayamos mantenido relaciones problemáticas con nuestros padres, sabemos que emporcan y gangrenan la diaria convivencia. La trama argumental es sólo eso (o nada más y nada menos que eso), la reconstrucción del padre en cuanto que tal, y en favor del autor hay que decir que no busca analgésicos atajos ni vistosas estridencias que proporcionen mayor solidez al proyecto. Se ciñe a él con tozudo tesón minimalista, ensombreciendo de manera premeditada al resto de figuras de su entorno, incluida su madre. Ya digo que el resultado es honesto, verosímil y cercano, pero se trata de un ejercicio demasiado íntimo y personal, no exportable (si lo fuera sonaría falso), por lo que su alcance es muy limitado para el lector, tanto en términos dramáticos como literarios. – (Noviembre 2010)
















No hay comentarios:

Publicar un comentario