sábado, 4 de diciembre de 2010

Consumidor consumido

¡Uf, qué pereza, otra Navidad! Durante el pasado diciembre ya despotriqué bastante sobre la Navidad y sobre sus escamosas e idólatras adherencias: cariñosos regalos que menos cariño suscitan cualquier cosa, comidas de trabajo para celebrar que todavía no nos encontramos entre los excompañeros despedidos, amigos invisibles que invisibles son, pero ¿amigos? Tal vez sí, del Corte Inglés y aledaños… Y por aquí podría seguir un buen rato, pues aunque descafeinada, la cosa me sigue alterando, incluso sorprendiendo, cada año un poco más. Por eso viene al pelo en estas fechas la expresión “consumidor consumido” que acuñara con lucidez Inre Kertesz y que –como seguramente se aplaudirá en el Tea party- nos amortiza poco a poco, como le ocurre a cualquier otro activo susceptible de contabilización.

En fin, no me voy a repetir, pero sí aludiré otra vez a la novela histórica, látigo de siete colas con el que me fustigué con fruición el pasado año. Por eso, en esta ocasión redimiré al género de la impudicia que prácticamente lo ha reducido a best seller de usar y tirar. Porque, aunque no lo crean, hay buena novela histórica, como hay buena novela (si bien está en peligro de extinción) de ciencia ficción o de aventuras. Tengo varios ejemplos que, como tales ejemplos, no prueban nada, ni falta que hace, pero que sí nos devuelven la esperanza sobre una literatura honesta. Así que meto la mano en el contenedor y encuentro una lectura reciente y un gran escritor francés, bastante desconocido, oculto tras las mediáticas –y mucho menos atractivas- figuras de compatriotas como Daniel Pennac o Michel Houellebecq.



Autor: P. Michon
Título: Señores y sirvientes
Impresión: 8,9



Había leído en varias ocasiones que la literatura francesa llevaba unas décadas de capa caída, sin haber exportado fuera de Francia autores comparables a los escritores anglosajones, ingleses y norteamericanos, que han acaparado buena parte de los laureles literarios durante el último medio siglo. Pues bien, me encuentro por casualidad, animado por una mención bloguera, casi como de pasada, con Piérre Michon, y la sorpresa inicial se torna deslumbramiento y flojera con rapidez. El volumen se compone de cinco escritos, algo parecido a relatos, que tienen como hilo conductor la narración de algún pasaje de la vida de otros tantos pintores. Comienza con Van Gogh, o más bien con Joseph Roulin, un cartero anónimo, amigo del pintor durante sus últimos y degradados años de vida en el sur francés. Es éste, sin duda, el mejor de los relatos, el más cálido y lírico; porque es esta característica, el lirismo, la que define toda la obra, con momentos realmente memorables. El segundo de los escritos recrea los años que Goya pasó en Madrid a la sombra de su cuñado Bayeu, trabajando para la Real Fábrica de Tapices, época ésta volandera y frívola, en la que los motivos costumbristas protagonizaron su pintura. El tercero nos muestra a un pintor rococó, Antoine Watteau, rijoso donde los haya, que hizo fortuna pintando las fiestas campestres de la nobleza. El cuarto se remonta al Quattrocento italiano, a una noche en la vida de un oscuro discípulo poco aventajado de Piero Della Francesca, pudiendo encontrar también en este relato algunos párrafos que hay que leer despacio, línea a línea, como si de versos se tratase. El último está dedicado a uno de los maestros barrocos de la luz y de la naturaleza, Claudio de Lorena, visto también por uno de sus discípulos. En fin, todo un descubrimiento que habrá que corroborar, por ejemplo, con “Vidas minúsculas”, novela con la que se dio a conocer y con la que ganó respeto y reconocimiento. – (Octubre 2010)








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