sábado, 2 de octubre de 2010

Realismo sucio

Este calificativo, el de realismo sucio, describe bien, creo yo, la semana que ahora termina, en la que los insolidarios y los indiferentes vencieron por goleada, acudiendo a los más burdos tópicos pragmáticos para permanecer sentados en el curro liberador. Porque gastamos con gusto sesenta euros en el fútbol, pero nos parece innecesario e inútil que esos mismos euros sirvan para mostrar nuestro desacuerdo con el dictamen del conservadurismo más rancio e injusto. Pues aunque solamente sea el gesto, por inútil que resulte, vale bastante más que esas docenas de euros rapiñados con diligencia.
En todo caso, el realismo sucio nos remite a una generación literaria norteamericana de la que Raymond Carver es tal vez su mejor exponente. Para Carver cuento y poesía iban de la mano, y por eso rechazó la novela y el relato extenso. Su mayor mérito es acercarse a la realidad movediza del día a día de puntillas, casi sin querer, con ese lenguaje escaso, árido y huraño que lo ha hecho reconocible.
Hace no mucho tiempo leí “Principiantes”, el texto original de “De qué hablamos cuando hablamos de amor” antes de pasar por la cuchilla de su editor. Así comparados, el texto cercenado gana mucho con relación al cuento inicial, pues éste se diluye en descripciones y explicaciones innecesarias para crear las asfixiantes atmósferas que con tan pocos trazos supo transmitir al lector. En fin, aunque no soy un ferviente seguidor de tanto minimalismo, hablar de Carver, como de Cheever, es hablar de otra cosa; y volver a leerlo sigue siendo una delicia, especialmente si antes ha pasado por la guillotina del editor, que por una vez sí añade valor.





Autor: R. Carver
Título: Antología
Impresión: 8,9


Encuentro en Internet una magnífica colección de relatos de Carver sin publicar. Son veinte cuentos más un artículo a modo de prólogo del propio autor y un relato autobiográfico final dedicado a su padre. Vila-Matas dice que en los cuentos de Carver “Es la carga psicológica del personaje lo que nos traslada a la realidad y no al revés”, y es ésta su principal nota distintiva, pues para Carver la acción no es más que el sostén objetivable de la vivencia subjetiva; y es ésta, la vivencia, lo que justifica y da relieve a los cuentos. Unos cuantos caballos en la niebla no dejan de ser una estampa más o menos cursi, pero en las manos del escritor norteamericano adquiere fuerza renovada e imaginativa en “Si me necesitas llámame”, uno de sus relatos más conocidos. De hecho, en palabras del propio autor, “Tanto en la poesía como en la narración breve, es posible hablar de lugares comunes y de cosas usadas comúnmente con un lenguaje claro, y dotar a esos objetos —una silla, la cortina de una ventana, un tenedor, una piedra, un pendiente de mujer— con los atributos de lo inmenso, con un poder renovado.” Esos lugares comunes son los que él tan bien conocía: el deterioro del alcohol, parejas al borde de la ruptura, personajes solitarios sin rumbo, etc. Se ha dicho de su obra que le debe tanto a su editor como a su propio genio, y es posible que así sea, aunque los cuentos más tardíos no pierden atractivo a pesar de ser menos austeros y minimalistas en el uso del lenguaje, lo que por otra parte les otorga mayor calidez. Carver se mueve entre la sencillez y la cercanía de Chejov (al que dedica un maravilloso cuento, “Tres rosas amarillas”), la relevancia de la ambientación psicológica de los grandes escritores del sur, la mirada esteta de Nabokov y un mundo propio cogido entre alfileres, con las palabras justas que crean la tensión necesaria para parecer que las escenas siempre están a punto de estallar. Se trata, en definitiva, pura y simplemente de uno de los mejores cuentistas de todos los tiempos. – (Septiembre 2010)

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