Vuelvo del puente y advierto mi poca destreza bloguera, pues la semana pasada dejé un post en espera para que fuera publicado el sábado. Por algún motivo que desconozco esto no ha sido así, con lo que vuelvo a publicarlo sin modificaciones.
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Hoy escribo con retardo, pues la fecha de la cabecera es, como casi todo lo aparente, irreal, ya que este post lo introduje el pasado jueves y ahora, espero estar destripando algún langostino de los que se dejan caer por la desembocadura del Guadalquivir y alrededores. Por eso, por el tiempo diferido en el que vivimos, no hablaré hoy del flamante Nobel peruano, pues de tanto esperarlo apenas me parece creíble.
Hablando de irrealidades vuelvo hoy a la no ficción, porque tengo entre manos dos libros muy distintos, pero que desde diferentes perspectivas se plantean la quiebra de lo aparente, de la engañosa digestión de la percepción, tanto en la esfera artística como en la científica.
El primero de ellos es “El enigma cuántico” (Bruce Rosenblum y Fred Kuttner) y, como predice su nombre, indaga en las paradojas de la física cuántica, la cual, desde una óptica pragmática, se ha mostrado irreductible en su infalibilidad después de casi un siglo de vigencia, mientras que sus desarrollos teóricos son movedizos e incluso engañosos. Se trata, por supuesto, de un volumen accesible y pensado para los no iniciados, es decir, para quienes como yo, patinarían en desarrollos matemáticos mínimamente complejos.
El segundo de los volúmenes que me llevo este puente es la última publicación de Félix de Azúa, “Autobiografía sin vida”, que se centra en la representación artística, como posibilidad histórica, herida de muerte tras la segunda guerra mundial y rematada ahora. El autor dice de la obra que se trata de una novela y así puede leerse, aunque no creo que sea el caso.
Pues bien, creo que son –o así me lo están pareciendo- dos propuestas interesantes, de las que alteran y hacen desperezarse a la neurona. De momento dejo aquí la reseña de otro libro de Félix de Azúa, en el que, por cierto, abundaba la ironía y el humor, en una proporción muy superior a la de su “Autobiografía sin vida”; será la edad, los desengaños políticos o vete tú a saber.
Autor; F. de Azúa
Título: Historia de un idiota contada por él mismo
Título: Historia de un idiota contada por él mismo
Impresión: 8,1
En la frontera de la ficción y de la no ficción, de la comedia y de la tragedia, del discurso científico y del religioso, Félix de Azúa nos regala una obra corta que a nadie dejará indiferente. A modo autobiográfico y como si de una investigación se tratara, busca desentrañar los entresijos de la felicidad, desde su versión infantil hasta su definitivo trueque en inevitable muerte (no como hecho fisiológico, sino como superación de los espejismos vitales):
“Así, como síntesis de infancia, religión, sexo, amor y muerte, se me presentaba el arte occidental, último tramo de la investigación sobre el contenido de la felicidad.”
Y al introducir el arte o la literatura surge la vena más irónica y desopilante del autor:
Sin llegar a conclusiones categóricas, sí podemos alcanzar algunos hallazgos, como la reclusión cultural del goce, del presente, de lo perecedero, frente al miedo que construye recintos vacíos y carentes de significado. Este es el caso de la felicidad:
Miedo a la insignificancia, a la idiotez, a la pobreza, a la invalidez, a la humillación, a todas las espantosas imposiciones de la vida organizada en tanto que infierno, que es la que realmente vivimos. En fin, después de tanta linealidad novelesca, no viene mal un librito ágil de esos que entre paródicas y divertidas anécdotas muestran al lector algunas de las falsedades cotidianas sin las que la vida sería otra cosa, o simplemente no sería. – (Noviembre 2009)
En la frontera de la ficción y de la no ficción, de la comedia y de la tragedia, del discurso científico y del religioso, Félix de Azúa nos regala una obra corta que a nadie dejará indiferente. A modo autobiográfico y como si de una investigación se tratara, busca desentrañar los entresijos de la felicidad, desde su versión infantil hasta su definitivo trueque en inevitable muerte (no como hecho fisiológico, sino como superación de los espejismos vitales): “Así, como síntesis de infancia, religión, sexo, amor y muerte, se me presentaba el arte occidental, último tramo de la investigación sobre el contenido de la felicidad.”
Y al introducir el arte o la literatura surge la vena más irónica y desopilante del autor:
“Que ésa era la diferencia entre Kafka y una encíclica vaticana, que el primero desea hacerse entender y la segunda OBLIGA TIRANICAMENTE a creer. Que ambos, Kafka y la encíclica, pueden estar igual de desequilibrados y por lo tanto de lúcidos ante el desequilibrio del mundo, pero que el primero trata de hacernos ver la NECESIDAD de su locura, en tanto que el otro se limita a IMPONERLA cómodamente.”
Sin llegar a conclusiones categóricas, sí podemos alcanzar algunos hallazgos, como la reclusión cultural del goce, del presente, de lo perecedero, frente al miedo que construye recintos vacíos y carentes de significado. Este es el caso de la felicidad:
"El miedo es el padre de la “infancia feliz”, de la “felicidad amorosa”, de la “beatitud filosófica” o de la “creación felicísima”.
Miedo a la insignificancia, a la idiotez, a la pobreza, a la invalidez, a la humillación, a todas las espantosas imposiciones de la vida organizada en tanto que infierno, que es la que realmente vivimos. En fin, después de tanta linealidad novelesca, no viene mal un librito ágil de esos que entre paródicas y divertidas anécdotas muestran al lector algunas de las falsedades cotidianas sin las que la vida sería otra cosa, o simplemente no sería. – (Noviembre 2009)
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