sábado, 16 de octubre de 2010

Premio para el caballero

Otra vez octubre, con sus matices otoñales, sus caprichosas lluvias en Macondo, su rancio desfile militar y, claro, sus premios literarios, a veces tan rancios como esos desfiles a los que parecen emular. El mediático Nobel, el rígido Booker, el merecidamente inadvertido Nacional de Literatura o, claro, el indecente Planeta.




Me quedaré con el Nobel que, como estaba previsto, miró esta vez hacia la periferia, aunque sorteando todas las quinielas volvió a defraudar las expectativas africanas para contentar al regenerado castellano latinoamericano. Se podía haber acertado con otros muchos escritores, pero no creo que se haya errado con la elección de Vargas Llosa. Me refiero, claro, al Vargas Llosa narrador, pues el ensayista es otra cosa, y el político… En fin, volvamos a la ficción, tierra ésta que ha sabido trabajar como pocos. Porque tal vez García Márquez, Rulfo, Cortázar, Bolaño o Carpentier sean más personales y reconocibles, pero la enorme solidez del escritor peruano impresiona, y no sólo por su maestría y originalidad a la hora de construir tramas sin grietas ni costuras, sino sobre todo, por insuflar vida a personajes tan reales como los millones de lectores que vuelven a recrearlos. Y además lo hace con naturalidad, sin la hojarasca novelesca que tanto atrae al cine. ¿Será por eso por lo que ninguna de sus adaptaciones cinematográficas ha sido llevada a la pantalla con acierto?




Autor: M. Vargas Llosa
Título: La fiesta del chivo
Impresión: 8,4




El autor nos sumerge en los dislates de la dictadura de Trujillo en la República Dominicana narrada a través de la perspectiva múltiple de varios de sus personajes, desde la visión ególatra del imperialismo platanero que personifica el propio general, hasta la obsesión vivencial de una mujer de éxito profesional en Estados Unidos que vuelve a su país para recordar su trágica infancia; pasando por la narración –a veces servil y a veces autoexculpatoria- de algunos de sus ministros e incluso de sus asesinos, a través de los cuales percibimos cómo el terror paralizante se va transformando en rabia contenida que termina desbordándose en un deseo vengativo irrefrenable. Como en sus mejores obras, destacan las pinceladas descriptivas que dibujan y definen a los protagonistas, que son, pese a sus enormes diferencias, coherentes e identificables en sí mismos, alejados de los fáciles estereotipos que solemos encontrar en este tipo de narraciones históricas. Además, el hecho de ceñirse a hechos reales no desmerece la novela con relación a otros relatos de referencia centrados en la figura del dictador: Asturias, Valle Inclán Ayala o García Márquez. La novela vuelve al realismo de la primera época del autor, sin perder por ello cierta trama simbólica en la que el dictador, a pesar de sus evidentes muestras de deterioro físico, es el único referente erigido en el centro de una ciénaga movediza y hambrienta, alimentada del ancestral terror mítico de las divinidades más toscas y maniqueas. Como siempre, el autor cuida especialmente a sus personajes, alejándolos de cualquier cliché simplificador. - (Enero 2005)

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