domingo, 15 de agosto de 2010

Relecturas estivales

Al volver a casa tras unas sencillas pero reconfortantes vacaciones, la perspectiva de la vuelta al trabajo se percibe desde la difusa irrealidad de la pesadilla: Se trata de la recuperación de las inútiles tareas que sólo se mantienen en pie por la necesidad de justificar el movimiento con más movimiento, informes que informan sobre otros informes que nadie leyó y actas, muchas actas que reflejan la necesidad de nuevos informes… Pero como no dudan en recordarnos los sacerdotes de la crisis, da gracias al dios que más cerca tengas por no formar parte de esos cuatro millones de personas dispuestas a redactar en la mitad de tiempo y por la mitad de tu salario el doble de informes que yo rechazo.

Y si no te gusta toma dos tazas, pues con el inicio del curso nos prometen una reforma de la seguridad social que alargará la vida laboral hasta no se sabe cuando. Bonita medida ésta, diseñada por gestores que nos aseguran más años de curro cuando es justamente eso, el curro, lo que más falta y, por tanto, lo que más habría que repartir.

Afortunadamente nos quedan las cuatro aficiones de siempre, los libros y alguna más, que como el agua clara ayudan a pasar la medicina ¡y vaya medicina!

Pues eso, que con pataleta o sin ella vuelvo también al blog y a la ficción recreada que en algo mejora la realidad diaria. Se me ocurre que un buen tema ligado a las vacaciones son los viajes y rebuscando en el contenedor algo encuentro, aunque no demasiado. Por cierto, que uno de los libros que tengo en cartera para este otoño es “El Danubio”, de Magris, que sin ser exactamente un libro de viajes algo tiene que ver con ellos.

Hace pocas semanas he leído “El viajero del siglo” (creo que algo dije en una entrada anterior), logrado viaje histórico que Andrés Neuman realiza al romanticismo europeo y con el que consiguió el último premio de la crítica, uno de los galardones más fiables del panorama literario español. Pero como un fogonazo, me viene a la memoria una excelente novela corta, hipnótica y seductora, que el grato recuerdo me hizo releer hace poco más de un año.


Autor: A. Tabucchi
Título: Nocturno hindú
Impresión: 8,5


En esta novela corta, con la que comenzó a ser reconocido internacionalmente, Tabucchi ensaya el género de viajes a través de pequeños relatos impresionistas que tienen en común la noche india, con su corolario de misterio, belleza antigua, exótica melancolía y la acidez que se desprende del absurdo surrealista de los contrastes entre el lujo amurallado de los hoteles para occidentales y la grotesca cultura de la pobreza mantenida por la paciente y sumisa estructura de castas. El argumento es difuso y vacilante, contribuyendo a esa vaga sensación de exótica melancolía que va impregnando al lector. Un viajero occidental se desplaza a La India en busca del rastro de un antiguo amigo. Las razones de la búsqueda, de la relación entre ambos, o de la permanente huída del amigo son desconocidas y están más allá del foco del relato. Sólo al final, en un juego de espejos animado por la metaficción, tabucchi vuelve al argumento original para apuntalar la historia, aludiendo a un contexto sólo sugerido, semioculto en el imaginario de la enigmática y mórbida noche india. Mucho más relevantes son los microrelatos que van surgiendo de las visitas que el protagonista realiza a Madrás, Bombay o Goa, en las que, con pocas pinceladas, nos introducimos en el hipnótico, reiterado y delirante nocturno hindú. – (Junio 2009)

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