Dejo descansar al blog por algún tiempo, alrededor de tres semanas, mientras repongo libros, libritos y panfletos durante las vacaciones, huyendo del calor estepario madrileño.
Pero no quiero cerrar la temporada con el mal sabor de la última entrada, traída a colación de ese zafio libro de verano que se nos ha metido –para quedarse- en las librerías como las malas hierbas, robando poco a poco tiempos y espacios a volúmenes más callados que no se venden por sus contraportadas grandilocuentes, sino por el honesto equilibrio de sus páginas.
No necesito buscar en el contenedor, pues acabo de terminar uno de esos volúmenes que huelen a buena literatura por los cuatro costados. Y no me refiero a escritores santificados como Proust, Kafka o Thomas Mann, ni a los idiomáticamente más cercanos Rulfo, Cortázar u Onetti, ni a los más recientemente ensalzados Coetzee, Roth o Amos Oz. Me refiero a uno de esos autores que se han hecho un hueco escribiendo a contracorriente, huyendo de los caminos transitados, de relatos góticos y de tramas adictivas, habiendo preferido la nimiedad de lo cotidiano, de la mirada sencilla o de las obsesiones más pedestres. Me refiero, claro, a Enrique Vila-Matas, que se ha convertido ya en escritor de culto por eso, porque no se deja encasillar, porque inventa a partir de la autobiografía mínima, la del anodino acontecer diario, la que prefiere a personajes oscuros y alejados de los focos como el magnífico Bartleby, el suyo y el de Melville
¿Y para las vacaciones? Pues me acompañan escritores como el checo Hrabal, unos pocos cuentos de Carver, un clásico de Soseki, otro volumen de Rafael Chirbes y, para desengrasar, una novela policiaca del gallego Domingo Villar.
Autor: E. Vila-Matas
Título: Dublinesca
Impresión: 8,3
Vila-Matas ha sido catalogado en numerosas ocasiones como escritor minoritario, como escritor para escritores más que para lectores. Es posible, pero de lo que no cabe duda es del impecable tratamiento de la intertextualidad y del lenguaje metaliterario, nociones éstas algo grandilocuentes y chirriantes en otros fabuladores y que en la pluma del escritor catalán surgen de forma natural y fluida. Samuel Riba es un editor de éxito retirado que no ha sabido encajar su jubilación. Casi por casualidad decide asistir junto a unos amigos escritores al Bloomsday dublinés (16 de junio), con el propósito de escenificar el funeral de una época, el de la era Gutemberg que ha sido sustituida por el tiempo de Google, con lo que ello supone para lectores, escritores y editores. Con esta trama mínima, casi insignificante, Vila-Matas homenajea a la buena literatura, a los editores que antes de serlo han sido lectores, a los clásicos del siglo XX que, como Joyce o Beckett, los dos irlandeses geniales, nos enseñaron dos formas casi antagónicas de entender la literatura. En fin, se trata de toda una gozada porque no es un homenaje forzado ni grandilocuente, sino un viaje intimista hacia el centro, a lo esencial, al momento irrepetible, a la página genial; viaje realizado por un editor prematuramente anciano, ex alcohólico y desubicado que encierra su cotidianeidad entre la suave amenaza budista de su mujer, el inmovilismo fantasmal de sus padres y los insomnios alucinados frente al ordenador, buscando en Internet esa obra genial que no pudo encontrar como editor. Un volumen que gustará a los que busquen ecos de la gran literatura, de la que se hace con nimiedades y rutinas, frente a la grandilocuencia de las estridentes peripecias y hazañas argumentales a que nos tiene acostumbrada la literatura de consumo. – (Julio 2010)
Pero no quiero cerrar la temporada con el mal sabor de la última entrada, traída a colación de ese zafio libro de verano que se nos ha metido –para quedarse- en las librerías como las malas hierbas, robando poco a poco tiempos y espacios a volúmenes más callados que no se venden por sus contraportadas grandilocuentes, sino por el honesto equilibrio de sus páginas.
No necesito buscar en el contenedor, pues acabo de terminar uno de esos volúmenes que huelen a buena literatura por los cuatro costados. Y no me refiero a escritores santificados como Proust, Kafka o Thomas Mann, ni a los idiomáticamente más cercanos Rulfo, Cortázar u Onetti, ni a los más recientemente ensalzados Coetzee, Roth o Amos Oz. Me refiero a uno de esos autores que se han hecho un hueco escribiendo a contracorriente, huyendo de los caminos transitados, de relatos góticos y de tramas adictivas, habiendo preferido la nimiedad de lo cotidiano, de la mirada sencilla o de las obsesiones más pedestres. Me refiero, claro, a Enrique Vila-Matas, que se ha convertido ya en escritor de culto por eso, porque no se deja encasillar, porque inventa a partir de la autobiografía mínima, la del anodino acontecer diario, la que prefiere a personajes oscuros y alejados de los focos como el magnífico Bartleby, el suyo y el de Melville
¿Y para las vacaciones? Pues me acompañan escritores como el checo Hrabal, unos pocos cuentos de Carver, un clásico de Soseki, otro volumen de Rafael Chirbes y, para desengrasar, una novela policiaca del gallego Domingo Villar.
Autor: E. Vila-Matas
Título: Dublinesca
Impresión: 8,3
Vila-Matas ha sido catalogado en numerosas ocasiones como escritor minoritario, como escritor para escritores más que para lectores. Es posible, pero de lo que no cabe duda es del impecable tratamiento de la intertextualidad y del lenguaje metaliterario, nociones éstas algo grandilocuentes y chirriantes en otros fabuladores y que en la pluma del escritor catalán surgen de forma natural y fluida. Samuel Riba es un editor de éxito retirado que no ha sabido encajar su jubilación. Casi por casualidad decide asistir junto a unos amigos escritores al Bloomsday dublinés (16 de junio), con el propósito de escenificar el funeral de una época, el de la era Gutemberg que ha sido sustituida por el tiempo de Google, con lo que ello supone para lectores, escritores y editores. Con esta trama mínima, casi insignificante, Vila-Matas homenajea a la buena literatura, a los editores que antes de serlo han sido lectores, a los clásicos del siglo XX que, como Joyce o Beckett, los dos irlandeses geniales, nos enseñaron dos formas casi antagónicas de entender la literatura. En fin, se trata de toda una gozada porque no es un homenaje forzado ni grandilocuente, sino un viaje intimista hacia el centro, a lo esencial, al momento irrepetible, a la página genial; viaje realizado por un editor prematuramente anciano, ex alcohólico y desubicado que encierra su cotidianeidad entre la suave amenaza budista de su mujer, el inmovilismo fantasmal de sus padres y los insomnios alucinados frente al ordenador, buscando en Internet esa obra genial que no pudo encontrar como editor. Un volumen que gustará a los que busquen ecos de la gran literatura, de la que se hace con nimiedades y rutinas, frente a la grandilocuencia de las estridentes peripecias y hazañas argumentales a que nos tiene acostumbrada la literatura de consumo. – (Julio 2010)

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