jueves, 17 de junio de 2010

¿Gatillazos hilarantes?

Cada uno a lo suyo y yo a mis gatillazos (librescos).

Durante las últimas décadas vienen reivindicándose escritores españoles de la primera mitad del siglo XX, si no olvidados, sí sepultados bajo la incesante y vacua tormenta de lo novedoso. Por ejemplificar los extremos, Jardiel Poncela y Max Aub son, por diferentes razones, dos de los autores que antes se olvidaron al morir y que con más fuerza se reivindican ahora.

Apenas conocía nada de Jardiel Poncela, a excepción de una representación de su afamada “Eloísa está debajo de un almendro”, a la que asistí hace unos veinte años, Más o menos por la misma época en la que me deslumbró Beckett con “Esperando a Godot”.

Conservo sólo un turbio recuerdo de Eloísa, pero tal vez por relacionarla de forma inconsciente con Beckett me decidí a acercarme al autor madrileño, eso sí, con algún recelo prejuicioso mal disimulado. Pues bien, asesorado por un bloguero de corta y desenfocada mirilla, me senté con el “Amor se escribe sin ache”, primera novela extensa de Jardiel y que según algunos tuercebotas inicia una enriquecedora senda no explorada antes en España, de humor con mayúsculas, alejada del chiste fácil y emparentada con el mejor cine mudo americano y con el teatro europeo que había roto con el naturalismo de las décadas anteriores. En fin, cosas como éstas –incluso más engoladas y transcendentales- pueden leerse con teclear en Google el título de la obra o del autor.

Una de las sensaciones que a uno le quedan al terminar el volumen –además de cierto regusto a timo-, es la de desperdicio, pues efectivamente, Jardiel Poncela puede ser incisivo, gracioso, ágil, etc. Se mueve bien entre los contrastes y los malentendidos escenográficos (algo simplones en la mayoría de los casos. También sabe hacer volar la pluma con florituras y juegos de palabras más o menos ingeniosos, aunque muy repetitivos, pero el conjunto es vacuo. ¿Qué por qué?

¿Qué queda bajo toda esa hojarasca? Yo no he encontrado nada, y mucho menos algo comparable al gran teatro de Beckett (con el que alguien lo ha comparado en un momento de enajenación mental, transitoria o no). También se le ha señalado como precursor de La codorniz y de publicaciones similares. Esto sí es más cierto y deja claro que los hijos superan a los padres con creces.

Y todo esto por no hablar de un prólogo pretencioso y chulesco, que se vanagloria de la falta de adscripciones ideológicas, pero que no fue obstáculo para que el autor saludara con fervor a los secuestradores de la legalidad republicana.

Ya digo que es la única novela que he leído de este autor precoz y quizás la muestra sea insuficiente para calibrar el tino, pero o mucho vuelven a calentarme la oreja o no daré otra oportunidad al resucitado Jardiel Poncela.


Autor: E. Jardiel Poncela
Título: Amor se escribe sin h
Impresión: 4,8

Inicio con ciertos prejuicios la lectura de esta primera novela larga de Jardiel Poncela escrita a finales de los años veinte. Mi prevención es puramente ideológica, no sólo por ese platonismo sarcástico que practicaba el autor y que le llevó unos años después a situarse del lado golpista, sino porque sus redescubiertas relecturas en revistas y blogs de literatura me parecen más que intrincadas y tortuosas. Tras cerrar el libro –uno es así de cabezón- no puedo más que reiterarme en mis anteriores prevenciones, aunque con una salvedad: el autor es sin duda un buen escritor, digno precursor del humorismo absurdo que rechaza el naturalismo literario y que se difundiría posteriormente en publicaciones como La Codorniz. Sin embargo, aunque posiblemente la novela corta o el teatro se adapten mejor a su estilo, el contenido de este volumen no es más que un pastiche más o menos surrealista, escrito con facilidad y cierto ingenio y que quizás pudo sorprender y molestar en su época, pero que ahora se nos antoja no sólo trillado, sino tendente a la zafiedad. Ahora se buscan segundas y terceras lecturas a sus argumentos y probablemente las haya, pero ¿es posible defender posturas tan abiertamente misóginas o tan burdamente críticas con la intelectualidad? El humorismo vacío no es lo mío, por más que esa vaciedad se pretenda llenar de presuntas vocaciones críticas repletas de chispeantes juegos de palabras y de inverosímiles situaciones que tan descaradamente conducen a la risa fácil. - (Agosto 2009)

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