martes, 4 de mayo de 2010

Apotegmas

¿Cuántos escritores han visto marcada su obra por el campo de concentración? Algo de esto se preguntaba Muñoz Molina hace años, cuando publicó Sefarat. Y en efecto, sin indagar sobre el tema, rápidamente se nos vienen a la memoria autores como Primo Levi, Jean Améry, Max Aub, el difícilmente clasificable Imre Kertesz o el más doméstico Jorge Semprún.

“Diario de la galera” es un conjunto deslavazado, poco coherente y en ocasiones contradictorio volumen recopilatorio de apotegmas que más tienen que ver con deslumbrantes fogonazos de origen filosófico que con la ficción. De hecho, quien busque un diario de acontecimientos, con su dosis de truculencia y minuciosa privacidad, que dedique su tiempo a otras lecturas. Aquí apenas sabemos nada del autor ni de su transcurso por las décadas que vieron caer el muro de Berlín y que impusieron en su pueblo, como en tantos otros, un capitalismo plagado de imposturas, mal parido y con la esperanza truncada desde su origen.

¿Y qué transmite Kertesz? Ya digo que son fogonazos poco coherentes. Pero si algo nos queda es un trasunto de Camus, quizá más envejecido, huraño y apático, individualista y decepcionado, al que ni siquiera el suicidio consigue despertar, a no ser como metáfora de acceso al lenguaje del arte. Pero sigue siendo un regalo para el lector, pues ese desorden caótico contribuye a sugerentes y poco ortodoxas mezcolanzas: desde Adorno hasta Kafka, pasando por su paisano –el de Kertesz- Marai o buscando tortuosos asideros kantianos mirando con recelo los credos judíos para volver al existencialismo más ajado y desértico. Todo un descubrimiento, mientras que no se considere o confunda con un libro de verano.

Por cierto, voy dilatando poco a poco el tiempo transcurrido entre entrada y entrada, menudeando las visitas al blog. No se trata de desgana, desánimo o dejadez, sino que son otras las razones. En primer lugar mi ordenador renquea como si llevara un siglo a la espalda, sin fuerzas siquiera para sostener los acentos. Además, algunos acontecimientos de tipo doméstico que en nada atañen al blog pero sí al cotidiano transcurrir, dificultan ésta y cualquier otra escritura. En fin, trataré de asomarme por aquí sin cita previa, pero con periodicidad al menos semanal.


Autor: I. Kertesz
Título: Diario de la galera
Impresión: 8,3

Es éste un ejemplo de escritor desconocido y alzado al olimpo repentinamente con el Nobel concedido en 2002. El volumen no es novela, ni ensayo, ni poesía, ni libro de relatos; ni siquiera un diario tal como lo entendemos habitualmente. Se trata sí de un diario, pero con toda la fragmentación, la vaciedad y la incoherencia de la realidad que le ha tocado vivir. En él plasma algunas de las impresiones que, a modo de fogonazos, ha ido recopilando durante más de dos décadas, treinta años después de la experiencia de Auschwitz. No se puede entender a Kertész sin la vivencia del campo de exterminio nazi, porque es esta experiencia límite la que configura todo: el tiempo, la historia, las formas de poder y, por supuesto, también a Dios.
“Yo, en cambio, he vuelto a percatarme de que nada me interesa de verdad salvo el mito de Auschwitz. Cuando pienso en una nueva novela, vuelvo a pensar en Auschwitz. Cualquier cosa que piense, pienso en Auschwitz. Cuando en apariencia hablo de otra cosa, hablo de Auschwitz. Soy el médium del espíritu de Auschwitz. Auschwitz habla a través de mí. Comparado con eso, todo lo demás me parece una estupidez. Y estoy seguro, segurísimo, de que no se debe sólo a motivos personales. Auschwitz, y lo que forma parte de ello (¿y qué no forma parte de ello hoy en día?), es el trauma más grande del hombre europeo desde la cruz, aunque quizá se tarde décadas o siglos en reconocerlo. Y si no lo hace, ya todo dará igual. ¿Para qué escribir entonces? ¿Y para quién?”

 En los textos se pregunta de forma incoherente por la condición de ser judío (paradójicamente no practicante), de la sustancia del arte en una sociedad que permite y deglute campos de concentración, de la necesidad de escribir, de Hungría como ejemplo truncado de nación, de Dios como capricho… La perspectiva es siempre pesimista:
“Los pueblos han desaparecido para dejar paso a las masas y el individuo sólo se concibe -más allá de la maquinaria estatal alienante- en consumidor consumido”.
 La construcción filosófica es rica pero poco clara, porque ser coherente en esta sociedad sería en sí mismo incoherente. Básicamente es existencialismo del individualista, del de Camus frente al de Sartre, destilado en filtros estructuralistas que a su vez han sido bañados en pócimas que mezclan el materialismo de Hegel con la idea de un Dios innecesario de Nietzsche. En fin, todo un galimatías rompedor, a veces delirante y a veces crepuscular, pero siempre sugerente. – (abril 2010)

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