Argentina y México, pero también Colombia, Chile, Cuba, Uruguay o Perú han dado al español buena parte de las mejores obras de ficción del último siglo, enriqueciendo su literatura con más fuerza y con mayor frescura que las engoladas plumas de la madre patria. Pero uno de los padres de todos ellos, del color, de la forma y de la exuberancia nació en un pequeño y remoto país (más que remoto, en su época era casi absolutamente desconocido). Me refiero, claro, al centroamericano Rubén Darío, que como Sergio Ramírez, autor que hoy hago asomar al blog, procedía de Nicaragua.
Ramírez también tiene en común con un puñado de escritores latinoamericanos una vena política que en su caso le llevó incluso a la vicepresidencia del país con el gobierno sandinista. Supongo que esa vertiente política que en Europa es casi un deporte –cuando no pura frivolidad- es allí más que virtud necesidad, pues la convivencia cotidiana con generalotes de chiste (pero no por ello menos sanguinarios), señores latifundistas medievales, Estados que basan su precario equilibrio en la corrupción, oscuros neopopulistas que ni saben ni quieren leer, norteamericanos aprendices de brujo y, sobre todo miseria, mucha miseria, es el pan nuestro, el de ellos, de cada día.
Y es ésa la idea que tenía cuando inicié la lectura de “Mil y una muertes”. Pensaba en otro remedo de generales bananeros, al estilo de Valle Inclán, Asturias, Vargas Llosa o García Márquez. Sorprendido, me encontré con un collage diferente, circular y obsesivo, a veces mítico y a veces burlesco, que en todo caso reivindica a Nicaragua como origen, por modesto que éste sea.
Autor: S. Ramírez
Título: Mil y una muertes
Impresión: 7,4
Ramírez también tiene en común con un puñado de escritores latinoamericanos una vena política que en su caso le llevó incluso a la vicepresidencia del país con el gobierno sandinista. Supongo que esa vertiente política que en Europa es casi un deporte –cuando no pura frivolidad- es allí más que virtud necesidad, pues la convivencia cotidiana con generalotes de chiste (pero no por ello menos sanguinarios), señores latifundistas medievales, Estados que basan su precario equilibrio en la corrupción, oscuros neopopulistas que ni saben ni quieren leer, norteamericanos aprendices de brujo y, sobre todo miseria, mucha miseria, es el pan nuestro, el de ellos, de cada día.
Y es ésa la idea que tenía cuando inicié la lectura de “Mil y una muertes”. Pensaba en otro remedo de generales bananeros, al estilo de Valle Inclán, Asturias, Vargas Llosa o García Márquez. Sorprendido, me encontré con un collage diferente, circular y obsesivo, a veces mítico y a veces burlesco, que en todo caso reivindica a Nicaragua como origen, por modesto que éste sea.
Autor: S. Ramírez
Título: Mil y una muertes
Impresión: 7,4
En un viaje oficial a Polonia cuando el autor formaba parte del Gobierno Sandinista, descubre por casualidad una exposición fotográfica de Castellón, un artista nacido en su país a mitad del siglo XIX, que murió en un campo de concentración alemán. Tomando a Castellón como hilo conductor, la obra se convierte en una sucesión de retratos, unos periodísticos y otros casi con formato de cuento, en los que encontramos personajes tan distintos como Chopin y George Sand, Rubén Darío, Napoleón III o Turgueniev, junto a otros elementos surrealistas (al estilo de los enanos de Buñuel), como el cerdo o la propia muerte. Los relatos se van sucediendo de manera discontinua, como si se tratase de viejas fotografías en una exposición de época y, aunque de factura muy desigual, algunos de ellos resultan de una sorprendente plasticidad. - (Septiembre 2007)

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