martes, 27 de abril de 2010

Ni tregua ni olvido

Hoy no diré nada. Después de tanto relato bélico me encierro en los aforismos de un diario desestructurado y demoledor, si bien es cierto que su autor también residió durante algún tiempo en Auschwitz. Decir sólo que se trata de extractos de un diario escrito durante dos décadas: desde mitad de los años setenta hasta las primeras bocanadas agónicas del siglo XX. Sin marco ni contexto, porque no lo hay, he aquí parte del texto que subrayé durante su lectura. Creo que basta por sí solo y, en todo caso, es muestra más válida que cualquier reseña.

El moralista no puede ser artista porque no crea el mundo sino que lo juzga, realizando, por tanto, un trabajo totalmente superfluo. Todo con el único fin de justificarse.
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Gide introdujo la «acción gratuita». Yo descubro su opuesto: el «padecimiento gratuito».
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Caín y Abel: el momento culminante es, qué duda cabe, el diálogo entre Caín y el Señor. Primero la advertencia casi provocadora, luego el sordo silencio de Dios hasta que se produce el acto. A continuación pone la mano protectora sobre el asesino. ¡Qué mercadeo psíquico! Como un dictador.
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Dios (…): ¡por el amor de Dios!, lo importante no es si existe o no, sino solamente por qué creemos que existe o no existe.
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Creo que mi protagonista es un personaje sin parangón, en el sentido de que sólo consiste en determinaciones, reflexiones y tropismos: solamente lo hace hablar, siempre y en todas partes, la tortura a la que lo somete el mundo, de lo contrario ni siquiera sabría usar la palabra; él nunca hace hablar al mundo.
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Yo, en cambio, he vuelto a percatarme de que nada me interesa de verdad salvo el mito de Auschwitz. Cuando pienso en una nueva novela, vuelvo a pensar en Auschwitz. Cualquier cosa que piense, pienso en Auschwitz. Cuando en apariencia hablo de otra cosa, hablo de Auschwitz. Soy el médium del espíritu de Auschwitz. Auschwitz habla a través de mí. Comparado con eso, todo lo demás me parece una estupidez. Y estoy seguro, segurísimo, de que no se debe sólo a motivos personales. Auschwitz, y lo que forma parte de ello (¿y qué no forma parte de ello hoy en día?), es el trauma más grande del hombre europeo desde la cruz, aunque quizá se tarde décadas o siglos en reconocerlo. Y si no lo hace, ya todo dará igual. ¿Para qué escribir entonces? ¿Y para quién?
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Los ejecutores no soportan el grito de dolor de la humanidad golpeada. Así como en las cámaras de tortura ponen discos para acallar los gritos de los torturados, así tapan el rumor sordo de la verdad con el griterío barato de la llamada literatura humanista.
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Si Dios ha muerto, ¿quién reirá el último?
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La filosofía de la época es la sociología; lo cual demuestra la miseria de la época.
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Todo eso es natural, muy natural. El resultado de la vida familiar, el infierno de las virtudes burguesas y pequeñoburguesas. Educar: o sea, plantar la mala conciencia, atenderla regándola con celo y cuidar su patológica evolución. Pero el hombre se acostumbra a sus tormentos, llega a quererlos y al final los tiene por virtudes.
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¿La Verdad o mi verdad? Mi verdad. ¿Y si no es la Verdad? Entonces el error, pero el mío.
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¡El ser humano! Vive pero no dispone de su vida; piensa, pero no sabe nada; vive en el rebaño, pero es un individuo; es un individuo, pero no es capaz de vivir solo; pertenece a la naturaleza pero, la destruye con el fin de transformarla para el bien de la sociedad; y con su trabajo devasta tanto la naturaleza como la sociedad. Lo peor, con todo, es que se impone leyes que luego es incapaz de cumplir: así, se ve obligado a vivir en la mentira y el desprecio a sí mismo.
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El gran descubrimiento de la nueva prosa: eliminar al ser humano del centro de las cosas. Un cambio cualitativo que transforma la novela—y también la poesía—en texto, en mero texto, del que han extraído el sujeto como han hecho las estructuras objetivas y de poder del mundo, que han desmontado al individuo y lo han reducido a simples impulsos.
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Una novela atonal. ¿Qué es la tonalidad en la novela? El bajo continuo de una moral determinada, la tónica que allí susurra en todo momento. ¿Existe ese tono fundamental? Si existe, está agotado. Una novela, pues, donde no aparezca ninguna moral estática, sino sólo las formas originarias del vivir, la vivencia en el sentido puro y misterioso de la palabra.
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Escribir para no parecer lo que soy: producto final de determinantes, restos del naufragio de casualidades, siervo de la electrónica biológica, ser desagradablemente sorprendido por mi carácter...
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Desde que Dios abandonó el mundo, no existe la objetividad. ¿La mirada de quién ha de ser la objetiva? ¿La del tecnócrata? Le falta la interioridad, convierte al ser humano en pieza de recambio que ya nada tiene que ver con su propia vida y entra en la estadística, en el cementerio de los datos. La cultura auténtica—lo contrario de la cultura imperante, esto es, de la ideología—se separa (es separada) cada vez más de la vida. Ya es la secta de unos pocos, de guías de ciegos, que son acusados de ceguera por los propios ciegos y que finalmente también se vuelven ciegos por simpatía, disposición al sacrificio, cansancio, por el efecto de la porra o simplemente por avergonzarse de su propia clarividencia.
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Si la realidad es sólo la sombra chinesca de una realidad —de la realidad—, ¿qué es entonces la escritura?
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La belleza es el sueño irrealizable del deseo. Por eso, el estado más puro del hombre ante la belleza es siempre el dolor.
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La enfermedad intelectual de la época es el objetivismo, algo así como una pseudoobjetividad, un equilibrismo que mide con cautela y del que poco a poco se desprende todo lo personal, dejando su sitio a una dudosa esquizofrenia: la esencia de ésta reside en que la totalidad exterior se ha instalado en el lugar de la subjetividad expulsada.
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No la verdad sino la búsqueda de la verdad. No la imagen sino el imaginero. No la victoria sino la lucha. No la obra sino la existencia.
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La obra de arte formalmente impecable no es actual. Ya no lo es ni lo es todavía.
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... ese extraño empeño que lo impulsa a uno a escribir novelas y que, siendo de por sí incomprensible, se denomina, con una palabra aun menos comprensible, talento... (¿Y qué impulsará al artista carente de talento?)
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Es un error creer que el ser humano vive de acuerdo con utopías o ideologías: elige las utopías (o ideologías) que considera necesarias para su vida. Hegel podría haber servido perfectamente como base ideológica para el nazismo; pero como Marx se apoderó de Hegel, los nazis eligieron a Nietzsche, que bien podría haber servido de base ideológica para alguna teoría revolucionaria y haberse convertido en santo de una revolución. Una cosa es el acto y otra, la ideología: ambos se presuponen, pero sólo en tanto que el acto precisa de la ideología y la ideología precisa del acto. El asesinato necesita una doctrina moral igual que la santidad, y el santo puede sacar provecho de una ideología asesina igual que un asesino del catequismo de la santidad. Lo esencial es lo siguiente: la cosa ha de ser convenientemente doctrinaria, no debe dejar ningún resquicio, ninguna libertad... De lo contrario ni el santo ni el asesino se salen con la suya.
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¿Y qué es lo realmente estremecedor? ¿Que los mataron? No: que no entendieron su muerte. El mecanismo de su existencia les sugería que su vida y su actividad se basaban en la necesidad; jamás se les pasó por la cabeza la verdad de que el ser humano sólo es res de matanza en el matadero de la historia.
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Los pueblos han desaparecido para dejar paso a las masas y el individuo sólo se concibe –más allá de la maquinaria estatal alienante- en consumidor consumido.
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Seguro que es malo estar muerto pero con el tiempo uno probablemente se acostumbra (como a todo).
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En el siglo xviii, pero también en el xix, el «pueblo», formado por siervos o campesinos, era más animal que cosa. En ésta se convirtió en el siglo xx.
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¿Por qué «trauma»? No porque asesinaran a seis millones de personas sino porque se pudo asesinar a seis millones de personas.
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Mi vida es terrible en todos los sentidos, excepto en el sentido de la escritura: así pues, escribir, escribir, para soportar mi existencia; es más, para justificarla.
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Dios es el entretenimiento de los espíritus más nobles para no ahogarse en el tedio de la razón.
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Lo que no se puede decir a los seres humanos, puedes decirlo a Dios; y entonces quizá también te entenderán los seres humanos.
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Nietzsche vio de entrada el engaño implícito en el anarquismo; consideraba escandalosamente indigno arriesgar el pellejo a cambio de nada. De una forma muy europea, sus sueños tratan de un dioni-sismo institucional, de un poder elitista detentado por filósofos, artistas y tecnócratas o, si se quiere, de un régimen de terror elitista. En cambio, lo que se produjo —y tuvo que producirse—fue el régimen de terror chato de los soldados, policías, industriales y tenderos; y éste es el ideal, la democracia, que siempre es mejor que el totalitarismo de Estado o un dictador demente.
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Siempre me ha costado creer que el hombre desciende del mono: me parece ver más pruebas de lo contrario.
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Nuestra vida y nuestra muerte: ¡qué banalidad deben de ser para Dios! ¿Llevará la contabilidad, un registro de dimensiones enormes, como nos sugieren los cuentos infantiles de las religiones? ¿Cómo será la sentencia definitiva, la espera antes de escuchar la sentencia, la asignación al cielo o al infierno y a los diversos sectores de éstos? Si creó al hombre a su imagen y semejanza, ¿a imagen y semejanza de qué creó el hombre la selección de Auschwitz?
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Una importante observación en medio del nihilismo: «La nada no es más que algo».
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Las dos grandes metáforas del siglo xx: el campo de concentración y la pornografía—ambas bajo el punto de vista de la servidumbre total, de la esclavitud—. Como si la naturaleza mostrara ahora su lado funesto al hombre, a su nacimiento, desvelando radicalmente la naturaleza humana.
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Dios es Auschwitz, pero también aquel que me sacó de Auschwitz. Y que me obliga y hasta me fuerza a dar cuenta de todo, puesto que quiere oír y saber lo que hizo.
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Quien se enfrenta a un sistema debe creer en otro sistema. Quien se enfrenta a Dios no debe creer en nada, sino limitarse a vivir ante su mirada: esto ya basta como fe.
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Europa del Este: revoluciones burguesas sin burguesía. ¿Qué puede surgir de allí?
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¿Cómo que «resucitamos»? Si nunca he vivido. ¿Cómo que hay una vida en el más allá? Si nunca he vivido en este mundo. ¿Cómo que el alma es inmortal? Si nunca he estado en posesión ni de mí razón ni de mi alma. Yo: estado intermedio, obediencia, nada más. Sí, algo más: servidumbre. Y se acabó.
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Los hombres nacen por azar, viven por azar y mueren por una ley natural.


Por cierto, me refiero a Kertész, escritor húngaro admirador de Marai del que habrá que decir algo más en la próxima entrada.

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