Termino por fin esta larguísima saga bélica y lo hago como empecé, pues creo recordar que los ecos sepias del racionamiento y el estraperlo salieron a colación por un comentario de “La larga marcha”, novela más que recomendable del valenciano Rafael Chirbes, inicio de la trilogía que se continúa con “La caída de Madrid” y “Los viejos amigos”.
No he leído ninguna otra obra de ficción de Chirbes, aunque tengo en cartera “Crematorio”, que mereció en 2007 el premio de la crítica, uno de los pocos galardones del que uno puede seguir fiándose en España. Hablando de premios, me comentaba un amigo que había leído últimamente un librito de Fernando Iwasaki cuyo único objetivo era desmontar la entelequia de seriedad y fiabilidad que todavía puedan conservar. Su título, “España aparta de mí estos premios” ya es suficientemente plástico.
Para terminar, decir sólo que el periplo bélico no ha sido ni mucho menos baldío. De los ocho volúmenes aquí mostrados, al menos cuatro pueden recomendarse sin temor a errar. Me refiero a las novelas de Alberto Méndez, Dulce Chacón, Vicente Molina Foix y ésta del polifacético Chirbes. Y es que además de novelista y crítico literario, también le da a la reseña gastronómica y a la literatura de viajes. En cuanto a su faceta de crítico, fuera del foco de la ficción, no carece de interés su ensayo “El novelista perplejo”.
Autor: R. Chirbes
Título: La larga marcha
Impresión: 7,5
Es éste mi primer acercamiento al autor valenciano y se trata –según los que han leído otras de sus obras- de una novela clásica. Y así es; Chirbes parece estar fuera de corrientes o de tendencias editoriales. La novela es un conjunto de relatos fragmentarios que nos descubren diferentes estampas de la vida en España durante la década de los cuarenta. Poco a poco, los relatos van convergiendo en una única narración final que ha desplazado hacia adelante su foco temporal veinticinco años. Desde esta perspectiva la construcción de la novela es ejemplar, pues aunque podría enmarcarse en el clasicismo realista casi decimonónico, la estructura es mucho más original y moderna, como también lo son unas formas expresivas de gran fuerza plástica. El argumento es sencillo: ¿Quiénes eran y de donde procedían esos jóvenes universitarios que a finales de los sesenta organizaban revoluciones de salón casi cada noche? Pues eran de extracciones sociales y de orientaciones políticas diversas: sus padres podían haber sido agricultores lucenses que emigraron a Madrid tras sumergir su pequeña hacienda bajo las aguas de un pantano, o el hijo de un “limpia”, o descendientes de la aristocracia anterior al franquismo, o desvalidos hijos de peones extremeños, o camisas viejas venidos a menos, o prometedores cirujanos republicanos que ahogaron sus miserias en oscuras consultas, o, en fin, nuevos ricos que supieron coger la ola buena del primer franquismo, pero todos compartieron una España empobrecida, que hincaba la rodilla ante cualquier muestra de autoridad y que reivindicaba a Celia Gámez como exponente cultural. La obra es sólida y muy consistente, especialmente en su primera parte, con guiños autobiográficos que contribuyen a otorgarle credibilidad. Su enorme fuerza expresiva se va diluyendo en estampas que pierden nitidez y relieve con el transcurso del relevo generacional. – (Marzo 2010)
No he leído ninguna otra obra de ficción de Chirbes, aunque tengo en cartera “Crematorio”, que mereció en 2007 el premio de la crítica, uno de los pocos galardones del que uno puede seguir fiándose en España. Hablando de premios, me comentaba un amigo que había leído últimamente un librito de Fernando Iwasaki cuyo único objetivo era desmontar la entelequia de seriedad y fiabilidad que todavía puedan conservar. Su título, “España aparta de mí estos premios” ya es suficientemente plástico.
Para terminar, decir sólo que el periplo bélico no ha sido ni mucho menos baldío. De los ocho volúmenes aquí mostrados, al menos cuatro pueden recomendarse sin temor a errar. Me refiero a las novelas de Alberto Méndez, Dulce Chacón, Vicente Molina Foix y ésta del polifacético Chirbes. Y es que además de novelista y crítico literario, también le da a la reseña gastronómica y a la literatura de viajes. En cuanto a su faceta de crítico, fuera del foco de la ficción, no carece de interés su ensayo “El novelista perplejo”.
Autor: R. Chirbes
Título: La larga marcha
Impresión: 7,5
Es éste mi primer acercamiento al autor valenciano y se trata –según los que han leído otras de sus obras- de una novela clásica. Y así es; Chirbes parece estar fuera de corrientes o de tendencias editoriales. La novela es un conjunto de relatos fragmentarios que nos descubren diferentes estampas de la vida en España durante la década de los cuarenta. Poco a poco, los relatos van convergiendo en una única narración final que ha desplazado hacia adelante su foco temporal veinticinco años. Desde esta perspectiva la construcción de la novela es ejemplar, pues aunque podría enmarcarse en el clasicismo realista casi decimonónico, la estructura es mucho más original y moderna, como también lo son unas formas expresivas de gran fuerza plástica. El argumento es sencillo: ¿Quiénes eran y de donde procedían esos jóvenes universitarios que a finales de los sesenta organizaban revoluciones de salón casi cada noche? Pues eran de extracciones sociales y de orientaciones políticas diversas: sus padres podían haber sido agricultores lucenses que emigraron a Madrid tras sumergir su pequeña hacienda bajo las aguas de un pantano, o el hijo de un “limpia”, o descendientes de la aristocracia anterior al franquismo, o desvalidos hijos de peones extremeños, o camisas viejas venidos a menos, o prometedores cirujanos republicanos que ahogaron sus miserias en oscuras consultas, o, en fin, nuevos ricos que supieron coger la ola buena del primer franquismo, pero todos compartieron una España empobrecida, que hincaba la rodilla ante cualquier muestra de autoridad y que reivindicaba a Celia Gámez como exponente cultural. La obra es sólida y muy consistente, especialmente en su primera parte, con guiños autobiográficos que contribuyen a otorgarle credibilidad. Su enorme fuerza expresiva se va diluyendo en estampas que pierden nitidez y relieve con el transcurso del relevo generacional. – (Marzo 2010)

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