sábado, 17 de abril de 2010

Cicatrices bélicas VII

En esta saga bélica que se empieza a hacer eterna ya han aparecido dos novelas protagonizadas y escritas por mujeres. Como no puede haber dos sin tres, introduzco ahora otra obra, la más femenina, publicada en los años noventa como relato central de un proyecto más ambicioso que se plasmó en una trilogía.
En esta ocasión, el argumento más o menos encasillable en el relato de aprendizaje es puramente femenino. En la posguerra española los ojos de hombres y mujeres eran radicalmente diferentes, lo que es igualmente trasladable a la edad adolescente. Es esta diferencia la que subraya Antolín, porque el sello que la rancia cultura imperante de los años cuarenta y cincuenta implantaron en la mujer es absolutamente indeleble. De hecho, setenta años después todavía vemos diariamente restos de sus arquetipos.
Se trata de una de las novelas más originales en cuanto a su planteamiento, que a veces recuerda a los relatos autobiográficos de Rosa Chacel. Sin embargo, el desarrollo es pobre y plano, quizá como una forma de resaltar la monótona languidez de una época que en sí misma tenía poco que decir. No he leído las otras dos entregas de la trilogía, pero ésta, por sí sola es decepcionante; y es una pena, porque el planteamiento inicial y la óptica narrativa merecían mejor suerte.

Autor: E. Antolín
Título: Regiones devastadas
Impresión: 5,0


En esta segunda entrega de la trilogía que narra el paso de la infancia a la edad adulta de una joven en la posguerra toledana, la protagonista alcanza una preadolescencia plagada de oscuridades, silencios o medias verdades susurradas. La añoranza de un padre desaparecido por razones que los adultos ocultan, el ambivalente descubrimiento del propio cuerpo y del sexo “contrario”, el cambio en las relaciones con un profesorado perdedor o, en fin, la dificultad para comprender una cultura impuesta, pacata y opresiva que mutila a la mujer casi antes de serlo, son los elementos básicos con los que la autora rememora una posguerra devastada vista a través de los ojos de una niña que no quiere cantar el cara al sol sin saber muy bien porqué. La lectura es agradable, y con pocos sobresaltos. Antolín acierta en la mirada a la vez femenina y adolescente, también de aprendizaje, con un estilo circular que esboza escenas para volver posteriormente a ellas y darles color. Pero la cruz la encontramos en el contenido de esas escenas, que se va deslizando hacia arquetipos algo anodinos, previsibles y simplistas más propios de la novela juvenil, género al que también ha recurrido la autora. – (Agosto 2009)

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