domingo, 4 de abril de 2010

Cicatrices bélicas (IV)

Tras una breve escapada hacia donde apuntan las brújulas vuelvo a la monotonía y al tedio del despertador diario. Abro el blog y recuerdo que estoy inmerso en una miniserie dedicada a la guerra, tal vez inducido por las imágenes de una Semana Santa que en mi cabeza confunde calvarios, cruces y vergonzosas declaraciones de quienes auxiliaron a compadres pederastas.

Cuando uno escribe sobre la guerra, acerca de sus atrocidades o de sus consecuencias es fácil caer en manidas estampas que acuden a palancas emotivas mil veces accionadas como recurso que engancha la sensibilidad y la sensiblería del lector. Este es en parte el caso de “El corazón helado”, de Almudena Grandes. En principio, hay que decir que se trata de una novela ambiciosa y bien estructurada, pero que va cayendo en buena parte de las trampas más habituales cuando la literatura asume el objetivo de reivindicar causas claramente identificables ideológicamente. La historia pone a todos en su sitio y rara vez distingue entre puros e impuros, buenos y malos o hundidos y salvados. En este caso, el límite que separa la buena novela (como Los “girasoles ciegos”) del precipicio panfletario es muy delgado y Almudena Grandes se asoma a él sin vértigo y con el pudor justo.

Aunque se trata de una de las escritoras que más ha vendido durante los últimos años, siempre he tenido la sensación de que en otras circunstancias podría haber sido una buena autora. De hecho, algunos esbozos de sus novelas me han parecido interesantes, especialmente los de menor éxito editorial, como ocurre con “Te llamaré viernes”. Sin embargo, no sé si es la cercanía mediática, el favor de los focos y del famoseo progre o cualquier otra razón que se me escapa, pero es difícil evitar la sensación de cierto simplismo, de superficialidad y de falta de profundidad en sus novelas. En fin, una pena, porque tampoco andamos sobrados de talento, aunque no tengo claro que éste sea el caso.


Autor: A. Grandes
Título: El corazón helado
Impresión: 5,7

Un profesor universitario de mediana edad encuentra al morir su padre, un acomodado constructor que cimentó su fortuna en los años más negros del franquismo, a una mujer que compartió historia y miseria con sus antepasados. Poco apoco irán cayendo todos los pilares que habían hecho de su vida una existencia previsible y sin aristas, socialmente deseable y casi feliz. El encuentro con sus antepasados modificará las referencias vitales con las que hasta ahora ha percibido y se ha relacionado con su familia, con su trabajo y con su entorno, relativizando los valores que han moldeado y dado sentido a su vida. Se trata de otro homenaje a las víctimas de la guerra y la posguerra, a su sufrimiento y especialmente a su miedo y su silencio. Quizás por eso, por tratarse de un homenaje la autora no teme decantarse ética y visceralmente por los vencidos, ganando así calidez emocional pero perdiendo por momentos parte de la objetividad exigible al marco histórico que pretende redimir. Si bien la trama se trenza de manera sólida y coherente, muchos de los desarrollos argumentales resultan excesivamente transitados. - (Junio 2007)

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