Pues sí, también Delibes descansa ya. Estos días hemos visto y leído todo tipo de homenajes y obituarios. Por mi parte, nunca estuve muy cerca de su obra. Recuerdo haber leído únicamente “Las ratas” y más recientemente “El hereje”. Y aunque no la leí, casi como si lo hubiera hecho, pues asistí a una de las memorables representaciones en las que Lola Herrera interpretaba a la Carmen de “Cinco horas con Mario”.
Y digo que nunca estuve muy cerca de su obra, obviamente, no por la falta de interés o de calidad, sino porque el realismo de Delibes, castellano y austero, se me antoja absolutamente decimonónico. No se trata en absoluto de un reproche ¡cuántos quisieran emular a Galdós o a Balzac! Pues Delibes lo hacía y lo hacía bien, pero siete u ocho décadas más tarde.
Sin embargo, me gustaría recordar su faceta periodística, porque es ahí donde mejor desplegó ese castellano de Castilla, hermoso, puro, austero, preciso y sin tacha. Durante estos días es fácil encontrar muchos de sus artículos en El Norte de Castilla o en otros diarios de ámbito geográfico más amplio y, efectivamente, puede apreciarse y envidiarse la facilidad y la elegancia con la que nos hablaba de la desaparición del mundo que él tantas veces retratara, de la desigualdad y del secular atraso castellano, del basurero ecológico que íbamos a dejar a nuestros hijos, etc.
Además de haberme acercado poco a la obra del escritor vallisoletano, cuando lo hice, lo hice antes de comenzar a fijar por escrito la impresión que las lecturas de ficción me habían dejado, con lo que, a sabiendas de la muy escasa fiabilidad de mi memoria, no me atrevo a referirme a ellas.
Sin embargo, al hilo de “Las ratas”, una de las dos novelas de Delibes que sí leí, me referiré a otra novela publicada en España el mismo año, 1962. Se trata de “Tiempo de silencio”, del malogrado Martín Santos, desde mi punto de vista, la novela más atractiva escrita durante el franquismo. Digo atractiva y no mejor, porque eso sería muy discutible, en el caso de que esa discusión tuviera algún sentido.
Leí la novela de Martín Santos por primera vez en el bachiller y, la verdad, creo que sólo pude entrever la aridez de la España de la época. Releída hace pocos meses, redescubro asombrado la modernidad de su escritura y la tremenda implicación del autor, hechos ambos que lo diferencian por ejemplo, de las grandes obras que Cela escribió en aquella época. Mientras Martín-Santos buscaba el ángulo opresivo de la denuncia, Cela explotaba el esteticismo de la escasez. En eso –y sólo en eso- podemos encontrar cierto paralelismo con la actitud artística de nabokov.
En fin, que hartos de tanto templario de cartón y de exegetas de bolsillo, no vendrá mal refrescar la mente con un tiempo que, además de otras cosas, también estaba hecho de silencio.
Autor: L. Martín Santos
Título: Tiempo de silencio
Impresión: 9,2
En esta relectura de una de las mejores novelas (si no la mejor) escrita bajo el yugo franquista, el autor nos ofrece un brillante relato del Madrid de la posguerra. Lo primero que el lector agradece es la inculta torpeza del censor, que apenas cercenó veinte páginas del libro que mejor plasmó las miserias sociales del régimen. El argumento es sencillo y podría encajar en el realismo social de la época. Un joven investigador de la transmisión del cáncer en los ratones, conoce a través de su ayudante el obsceno mundo chabolista de la periferia madrileña, puesto que de allí vienen sus cobayas. Este encuentro hará que trate de salvar la vida a una joven que se desangra tras un rudimentario aborto. Es esta escena la que precipita todo el nudo y el desenlace de la obra, desde su breve estancia en la cárcel, hasta el encuentro con un hampón vengativo amante de la difunta. No obstante, lo enjundioso y perdurable de la novela –escrita hace casi medio siglo- es su tratamiento, mucho más moderno y sugestivo que la inmensa mayoría del mundo editorial actual. En sus más de 60 escenas, Martín Santos utiliza indistintamente monólogos interiores, primeras, terceras y, sobre todo, segundas personas, un lenguaje tortuoso y alambicado tras el que esconde sus reflexiones sobre una sociedad vaciada de contenido, etc. El autor retuerce el manido realismo social para transformarlo en realismo dialéctico, con las influencias estilísticas de Valle Inclán o de Joyce, mientras que la sordidez de sus descripciones pueden recordar al Baroja más sombrío. Los cafés literarios, los burdeles, la ostentosa y vacía burguesía, las clases medias venidas a menos, la ajada y artificiosa cultura impuesta por los vencedores, son algunos de los puntales de una oscura realidad sin esperanza con los que el autor se ceba con fruición y gran tino. En fin, una lectura obligatoria, especialmente para las generaciones más jóvenes. – (Julio 2009)
Y digo que nunca estuve muy cerca de su obra, obviamente, no por la falta de interés o de calidad, sino porque el realismo de Delibes, castellano y austero, se me antoja absolutamente decimonónico. No se trata en absoluto de un reproche ¡cuántos quisieran emular a Galdós o a Balzac! Pues Delibes lo hacía y lo hacía bien, pero siete u ocho décadas más tarde.
Sin embargo, me gustaría recordar su faceta periodística, porque es ahí donde mejor desplegó ese castellano de Castilla, hermoso, puro, austero, preciso y sin tacha. Durante estos días es fácil encontrar muchos de sus artículos en El Norte de Castilla o en otros diarios de ámbito geográfico más amplio y, efectivamente, puede apreciarse y envidiarse la facilidad y la elegancia con la que nos hablaba de la desaparición del mundo que él tantas veces retratara, de la desigualdad y del secular atraso castellano, del basurero ecológico que íbamos a dejar a nuestros hijos, etc.
Además de haberme acercado poco a la obra del escritor vallisoletano, cuando lo hice, lo hice antes de comenzar a fijar por escrito la impresión que las lecturas de ficción me habían dejado, con lo que, a sabiendas de la muy escasa fiabilidad de mi memoria, no me atrevo a referirme a ellas.
Sin embargo, al hilo de “Las ratas”, una de las dos novelas de Delibes que sí leí, me referiré a otra novela publicada en España el mismo año, 1962. Se trata de “Tiempo de silencio”, del malogrado Martín Santos, desde mi punto de vista, la novela más atractiva escrita durante el franquismo. Digo atractiva y no mejor, porque eso sería muy discutible, en el caso de que esa discusión tuviera algún sentido.
Leí la novela de Martín Santos por primera vez en el bachiller y, la verdad, creo que sólo pude entrever la aridez de la España de la época. Releída hace pocos meses, redescubro asombrado la modernidad de su escritura y la tremenda implicación del autor, hechos ambos que lo diferencian por ejemplo, de las grandes obras que Cela escribió en aquella época. Mientras Martín-Santos buscaba el ángulo opresivo de la denuncia, Cela explotaba el esteticismo de la escasez. En eso –y sólo en eso- podemos encontrar cierto paralelismo con la actitud artística de nabokov.
En fin, que hartos de tanto templario de cartón y de exegetas de bolsillo, no vendrá mal refrescar la mente con un tiempo que, además de otras cosas, también estaba hecho de silencio.
Autor: L. Martín Santos
Título: Tiempo de silencio
Impresión: 9,2
En esta relectura de una de las mejores novelas (si no la mejor) escrita bajo el yugo franquista, el autor nos ofrece un brillante relato del Madrid de la posguerra. Lo primero que el lector agradece es la inculta torpeza del censor, que apenas cercenó veinte páginas del libro que mejor plasmó las miserias sociales del régimen. El argumento es sencillo y podría encajar en el realismo social de la época. Un joven investigador de la transmisión del cáncer en los ratones, conoce a través de su ayudante el obsceno mundo chabolista de la periferia madrileña, puesto que de allí vienen sus cobayas. Este encuentro hará que trate de salvar la vida a una joven que se desangra tras un rudimentario aborto. Es esta escena la que precipita todo el nudo y el desenlace de la obra, desde su breve estancia en la cárcel, hasta el encuentro con un hampón vengativo amante de la difunta. No obstante, lo enjundioso y perdurable de la novela –escrita hace casi medio siglo- es su tratamiento, mucho más moderno y sugestivo que la inmensa mayoría del mundo editorial actual. En sus más de 60 escenas, Martín Santos utiliza indistintamente monólogos interiores, primeras, terceras y, sobre todo, segundas personas, un lenguaje tortuoso y alambicado tras el que esconde sus reflexiones sobre una sociedad vaciada de contenido, etc. El autor retuerce el manido realismo social para transformarlo en realismo dialéctico, con las influencias estilísticas de Valle Inclán o de Joyce, mientras que la sordidez de sus descripciones pueden recordar al Baroja más sombrío. Los cafés literarios, los burdeles, la ostentosa y vacía burguesía, las clases medias venidas a menos, la ajada y artificiosa cultura impuesta por los vencedores, son algunos de los puntales de una oscura realidad sin esperanza con los que el autor se ceba con fruición y gran tino. En fin, una lectura obligatoria, especialmente para las generaciones más jóvenes. – (Julio 2009)

No hay comentarios:
Publicar un comentario