Hace no mucho tiempo me refería a un voluminoso libro enmarcado en la no ficción que leía por entonces: “El ruido eterno, escuchar al siglo XX a través de su música”, escrito por la musicóloga y crítica norteamericana Alex Ross, publicado en España por Seix Barral y, lo que no es dato menor, traducido magistralmente por Luis Gago.Vuelvo a él porque es un volumen denso, de esos que vas intercalando con otras obras de ficción, por lo que hace pocos días que cerré sus últimas páginas. Creo que ya lo recomendaba encarecidamente en otra entrada. Repito ahora la recomendación con mayor fervor si cabe. Y para ello copiaré aquí, a modo de cebo, alguno de sus párrafos.
Los primeros capítulos son probablemente los más interesantes, pero también los más conocidos: los bordes de la tonalidad y el precipicio avistado en Alemania y Francia a finales del siglo XIX y principios del XX (Mahler, Strauss o Debussy), su definitiva ruptura con los dodecafonistas vieneses, la revolución rítmica de “La consagración de la primavera” o la inclusión de elementos populares folklóricos o jazzísticos son algunos de los argumentos esenciales.
Unos años después, los felices años veinte fueron sustituidos por el terror dictatorial en media Europa y el terremoto bélico consiguiente. Con el título Confusión en vez de música” un artículo de Pravda “aconsejaba” en los años treinta a Shostakovich que volviera a la música para el pueblo, olvidando tentaciones modernistas y atonales, pues de no ser así, debería atenerse a las consecuencias. Y ya se sabe, en la URSS de Stalin un consejo como éste hacía temblar al más templado. En efecto, esta anécdota sirve al autor para adentrarse en el terror totalitario:
“El período que arranca a mediados de los años treinta marcó el comienzo de la fase más depravada y trágica de la música del siglo XX: la absoluta politización del arte por medios totalitarios.”
Y en cuanto a la integridad de los artistas:
“Para cualquiera que acaricie la idea de que existe alguna bondad espiritual inherente en los artistas de gran talento, la época de Stalin y Hitler supone toda una desilusión. No sólo fracasaron los compositores a la hora de alzarse en masa contra el totalitarismo, sino que muchos le dieron activamente la bienvenida.”
Refiriéndose a compositores que apoyaron estos regímenes, como Strauss, Shostakovich o Prokofiev:
“Las categorías en blanco y negro no tienen sentido en el reino de las sombras de una dictadura. Estos compositores no fueron ni santos ni demonios; fueron actores defectuosos en un escenario inclinado.”
A finales de los años 40, el radicalismo serialista y experimental de Kage en Estados Unidos se definía en términos que en Europa Voulez habría comprendido de inmediato:
“Me encamino hacia la violencia más que hacia la delicadeza, hacia el infierno más que hacia el cielo, hacia lo feo más que hacia lo bello, hacia lo impuro más que hacia lo puro, porque al hacer estas cosas resultan transformadas, y nosotros resultamos transformados”.
Según iba avanzando el siglo, las formas musicales se fueron sucediendo y contraponiendo de manera cada vez más rápida, desordenada y finalmente caótica. Poco a poco, la música minimalista fue redescubriendo la tonalidad y algunos de sus compositores han llegado a ser muy populares fuera de los círculos más intelectuales. Sin embargo, unos pocos años antes, William Mayer, compositor de la época decía:
“Ser un compositor tonal en los años sesenta y setenta era una experiencia profundamente descorazonadora. Te sentías rechazado como la última virgen adolescente.”
También se recogen en el volumen tendencias interpretativas básicamente pesimistas en términos evolutivos, según las cuales el arte se ha ido degenerando y fragmentando, hasta confundir laurel y lodo:
“Este libro se ha ocupado de la suerte que ha corrido la composición a lo largo del siglo XX. Es muy fuerte la tentación de compendiar la trayectoria global como si hubiese dibujado un descenso en picado. Desde 1900 a 2000, el arte experimentó lo que puede describirse únicamente como una caída desde gran altura.”
Y A modo de conclusión:
“La historia de la música se concibe con demasiada frecuencia como una especie de proyección de Mercator del globo, una imagen plana que representa un paisaje que en realidad es continuo y carece de fronteras. (…) En los comienzos del siglo XXI, el afán de enfrentar la música clásica con la frontera pop ha dejado ya de tener sentido intelectual o emocional. Los compositores jóvenes (…) están buscando el terreno intermedio entre la vida de la mente y el ruido de la calle”.
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