Comenzaba el otro día una miniserie que espero sea corta basada en argumentos desarrollados en la guerra y la posguerra española. Sin duda, el mejor de los volúmenes leídos es “Los girasoles ciegos”, recopilación de cuatro relatos en los que se juzga sin ningún disimulo a los vencedores pero también a los vencidos, a los que de igual forma se llora con rabia no contenida.
La novela no reprime posiciones ideológicas bien delimitadas, ni emociones desbordadas. Sin embargo, lo que tenía todas las papeletas para convertirse en un panfleto lacrimógeno y falto de equilibrio (como así ocurre parcialmente con la adaptación que cuerda llevó al cine), se convierte en la novela de toda una vida, a fuerza de sucesivas destilaciones que han ido limando los relatos con silencio y paciencia, como los buenos vinos, obteniendo un caldo con la acidez justa del dramático entorno y con mucho cuerpo, con el cuerpo y la ecuanimidad que se necesitan para decidir escapar y compartir la suerte macabra del vencido.
Quizá se trate de una visión parcial, pero ¿no era parcial y a la vez hermosa la percepción del hombre pegado literalmente a la tierra inmortalizada por Miguel Hernández? Méndez no busca la objetividad, sino la reivindicación, el respeto y el homenaje. Amén.
Autor: Méndez, A.
Título: Los girasoles ciegos
Impresión: 8,2
Otro libro de relatos de nuestra trillada guerra civil. Pero esta vez, nos llega, probablemente, desde la mejor vena poética con que se ha contado esa página histórica, a golpe de cincel y lágrima. Abundando en la negrura para pintarla si cabe más oscura, los relatos tienen el mérito de embellecer y hacer hermosa la traición, la humillación, la sangre inútil o el vacío ético y estético del vencedor. Sin moralejas, sólo se puede llegar a una conclusión: querer morir únicamente para compartir plato y miseria con los vencidos. La derrota no es una situación objetiva, sino la humillación colectiva de millones de almas a las que no consuela la fuerza de la razón ni la entereza ética. La vena lírica que atraviesa la obra ha sido interpretada en ocasiones como impostura con ribetes sentimentaloides. Allá ellos; la novela no deja de ser magnífica. - (Marzo 2007)
La novela no reprime posiciones ideológicas bien delimitadas, ni emociones desbordadas. Sin embargo, lo que tenía todas las papeletas para convertirse en un panfleto lacrimógeno y falto de equilibrio (como así ocurre parcialmente con la adaptación que cuerda llevó al cine), se convierte en la novela de toda una vida, a fuerza de sucesivas destilaciones que han ido limando los relatos con silencio y paciencia, como los buenos vinos, obteniendo un caldo con la acidez justa del dramático entorno y con mucho cuerpo, con el cuerpo y la ecuanimidad que se necesitan para decidir escapar y compartir la suerte macabra del vencido.
Quizá se trate de una visión parcial, pero ¿no era parcial y a la vez hermosa la percepción del hombre pegado literalmente a la tierra inmortalizada por Miguel Hernández? Méndez no busca la objetividad, sino la reivindicación, el respeto y el homenaje. Amén.
Autor: Méndez, A.
Título: Los girasoles ciegos
Impresión: 8,2
Otro libro de relatos de nuestra trillada guerra civil. Pero esta vez, nos llega, probablemente, desde la mejor vena poética con que se ha contado esa página histórica, a golpe de cincel y lágrima. Abundando en la negrura para pintarla si cabe más oscura, los relatos tienen el mérito de embellecer y hacer hermosa la traición, la humillación, la sangre inútil o el vacío ético y estético del vencedor. Sin moralejas, sólo se puede llegar a una conclusión: querer morir únicamente para compartir plato y miseria con los vencidos. La derrota no es una situación objetiva, sino la humillación colectiva de millones de almas a las que no consuela la fuerza de la razón ni la entereza ética. La vena lírica que atraviesa la obra ha sido interpretada en ocasiones como impostura con ribetes sentimentaloides. Allá ellos; la novela no deja de ser magnífica. - (Marzo 2007)

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