Vuelvo al blog después de un pequeño puente postizo en el que uno trata de tomar aire para seguir aguantando ciudades y costumbres insalubres. Dubitativo, comienzo a extraer del contenedor recuerdos librescos, sin que ninguno de ellos se ajuste a este día frío, oscuro y desangelado, en el que la nieve y la lluvia pugnan por machacarnos el aliento.
¡Pues claro! Del frío sólo puede surgir el espía de Le Carré, porque no se trata de una figura misteriosa, atrayente o con el buen gusto de 007, sino que nos encontramos a un personaje adusto, perdedor y sombrío, como si hubiésemos trasladado al subgénero alguno de los protagonistas de la generación perdida de Hemingway, luchadores sin objetivos ni esperanzas.
En algún sitio he leído que es ésta la mejor novela de espionaje de todos los tiempos. Tanto maximalismo me abruma, pero sí creo que se trata de la novela que limpió el subgénero de idioteces y de adornos de culebrón. Con ella desaparecen los buenos y todos pasan a ser grises. La amenaza no proviene del bloque oriental, sino de la existencia de los bloques, alimentada diariamente con macabras maquinaciones desde ambos bandos. Es esa visión política global del hombre (con más sombras que luces) y del mundo la que hace que este volumen se eleve por encima del subgénero para pasar a ser referencia ensalzada e imitada durante las tres décadas posteriores. En fin, a pesar de su estilo austero, casi desértico, se trata de toda una gozada que puede leerse ahora con la misma vigencia que cuando se escribió, hace ya casi medio siglo.
Autor: J. Le Carré
Título: El espía que surgió del frío
Impresión: 8,1
En esta obra de espionaje, el subgénero se redime de tanta novela barata y ramplona para pasar a ser uno de los argumentos mejor trenzados que surgieron a la sombra de la guerra fría. Después de coordinar durante diez años a un grupo de contraespionaje en Berlín, el agente Leamas es reclamado desde Londres, tras ser asesinados paulatinamente los agentes que tenía a su cargo. Antes de jubilarlo de mala manera, le encargan una última misión: asesinar en la RDA al responsable de las muertes. Para despistar a los servicios secretos orientales tendrá que simular una degradación personal a base de alcohol, broncas, soledad e indigencia. Es justamente esta sección argumental la que otorga relieve y matices al protagonista, lo que no era en absoluto habitual en los relatos del género. Por lo demás, los giros de la acción son magníficos, haciendo que el lector pierda poco a poco todas las coordenadas en las que sustentar la comprensión de la historia. La objetiva acidez con la que el autor contempla a los bloques y a sus tenebrosos instrumentos de poder contribuye a realzar el empaque de la obra. Así, refiriéndose a la necesidad de lo que eufemísticamente llamamos servicio de información, se dice:
“(…) da la casualidad de que le necesitan. Le necesitan para que la gran masa de imbéciles que admiras pueda dormir tranquilamente en sus camas por la noche.”
Y aludiendo a la integridad de los espías:
“¿Qué te imaginas que son los espías, sacerdotes, santos y mártires? Son una lamentable procesión de memos vanidosos y traidores (…)”
Sin embargo, dejando a un lado la deplorable traducción de la edición (Bruguera, 1980), la historia se narra con un lenguaje pragmático, casi burocrático, a tono con la realidad narrada, lo que indudablemente le añade verosimilitud, pero le resta calidez literaria. – (Noviembre – 2009)

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