Hace no mucho tiempo, al hilo de la diligente misiva que nos remitía a los trabajadores el presidente de la entidad en la que estoy empleado, exponía en este blog alguna consideración sobre el drama de Haití y de la utilización más o menos rastrera que hacemos de tragedias como esta. Entre otras cosas, me hacía eco entonces de que el país podía haber perdido alrededor de un 1% de su población, habiéndose destruido entre un 15% y un 20% de su escuálido PIB. Pues bien, según lo que ahora podemos leer en prensa, los fallecidos multiplicarían por tres a los referidos entonces, multiplicándose también por una proporción macabramente similar el PIB destruido. Como cualquier comentario al respecto sonaría demagógico, mejor callarse y actuar, aunque no sepamos muy bien cómo hacerlo, más allá de aliviar conciencias a golpe de chequera.
Diez días después, el pasado 27 de enero, bajo el título de “Generaciones hueras”, me refería a un artículo en el que se hacía hincapié en el declive de la literatura inglesa, que no ha sabido encontrar recambio a la generación de escritores nacidos más o menos en los años cuarenta. Entre otras características, definía su escritura como contenida y pulcra. ¿Puede decirse eso de autores como Martin Amis, hijo de esa misma generación? Evidentemente no. Se trató, claro, de un lapsus; pero además, este tipo de aseveraciones genéricas suelen ser injustas e inexactas. Por ejemplo, subrayo un titular algo provocador y hueco que extraigo de Wikiquote, de una entrevista que se le hizo a Martin Amis en el diario El Mundo; y no me refiero sólo a las formas:
Diez días después, el pasado 27 de enero, bajo el título de “Generaciones hueras”, me refería a un artículo en el que se hacía hincapié en el declive de la literatura inglesa, que no ha sabido encontrar recambio a la generación de escritores nacidos más o menos en los años cuarenta. Entre otras características, definía su escritura como contenida y pulcra. ¿Puede decirse eso de autores como Martin Amis, hijo de esa misma generación? Evidentemente no. Se trató, claro, de un lapsus; pero además, este tipo de aseveraciones genéricas suelen ser injustas e inexactas. Por ejemplo, subrayo un titular algo provocador y hueco que extraigo de Wikiquote, de una entrevista que se le hizo a Martin Amis en el diario El Mundo; y no me refiero sólo a las formas:
“Pensar que los buenos tiempos son cosa del pasado sería un fracaso personal. Y un suicidio creativo. Y un error. Piense que, en la época de las cavernas, el arte consistía en manchar las paredes con mierda De modo que, con todo, hemos ido a mejor.”.
Sólo he leído dos de las narraciones de Martin Amis; su encumbrada “Dinero”, de la que hablaré otro día y un volumen más modesto, pero a la vez más cálido y entrañable. Se trata de “Tren nocturno”, novela que, como cualquiera de las de Amis, no tiene término medio, entusiasmando a los incondicionales y ahuyentando a los lectores de autores coetáneos más pulcros y pausados, como el propio McEwan.
Autor: M. Amis
Título: Tren nocturno
Impresión: 5,8
La protagonista es una detective ex alcohólica que ha sustituido su pasada juventud por una madurez anclada en el pragmatismo cínico, alimentada por cientos de muertos y criminales de todo color y condición. Pero en esta ocasión, su dilatada experiencia no encuentra patrones para explicar el suicidio -descerrajándose tres tiros en la boca- de una hermosa e inteligente joven que ha triunfado en todos los órdenes vitales. El padre de la suicida, pide a la detective una explicación que le permita, si no consolarse, al menos sí encasillar la muerte en cualquiera de las lógicas posibles. El autor nos sorprende con una novela dura y descarnada, al estilo de los clásicos mitos de la novela negra norteamericana, pero con la profundidad descriptiva que proporciona la influencia de otros autores ingleses del género. La obra va adquiriendo solidez desde un comienzo duvitativo, duro y sin matices hasta un desenlace en el que patrones, modelos y realidades pierden cualquier vínculo que los haga digeribles. Vamos, como la vida misma. No obstante, se trata de una literatura estridente y premeditadamente chirriante; que o bien gusta a la primera o no gustará nunca. - (Noviembre 2008)

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