Tengo mis dudas sobre la existencia de una literatura erótica con identidad propia. Desde luego, existe el panfleto pornográfico, que seguro cumple una o varias funciones de no poco interés, pero por lo que conozco, éstas no son literarias. También es frecuente encontrar escenas eróticas en novelas y relatos de cualquier subgénero, algunas de ellas memorables. Pero ¿literatura erótica? Supongo que “La sonrisa vertical” defenderá con saña el hueco literario del erotismo y tratará de compararlo en pie de igualdad con el resto de subgéneros. Incluso patrocinan su propio premio literario ¡y no es de los peores!
No me referiré ahora a la sonrisa vertical (ni a la colección ni a la metáfora), sino a un clásico encasillado incorrectamente en lo erótico, aunque creo que en su día estuvo censurado por esa razón.
Hace poco tiempo releí “El amante de Lady Chatterley”, novela que, atraído por su aroma de material prohibido había leído en mi adolescencia. Recuerdo que ya entonces me decepcionó su vertiente erótica, tal vez porque lo que buscaba era un argumento lisa y llanamente pornográfico que removiera todavía más mis desbocadas hormonas.
Ahora, casi tres décadas después, creo que, efectivamente, D. H. Lawrence fue irreverente, pero no por su vena erótica (que no era más que la ejemplificación de su reivindicación de la vuelta a los orígenes en la relación interpersonal, enterrada y olvidada por un desarrollismo industrial mal entendido y deshumanizado), sino por su concepción del hombre y de su relación con el entorno, desnuda de artificios y de supercherías. De hecho, se adelantó al movimiento hippie en casi medio siglo al pretender fundar una comuna alternativa en el sur de Estados Unidos. Por cierto, no he sido capaz de percibir ese pulso casi misógino del que se le ha acusado con frecuencia, ni en esta novela ni en “La virgen y el gitano”, otro relato que leí hace algunos años y que, si la memoria no me engaña, sí tenía algún contenido erótico, en la medida en que desarrollaba una trama en la que la tensión sexual era parte importante.
Autor: D. H. Lawrence
No me referiré ahora a la sonrisa vertical (ni a la colección ni a la metáfora), sino a un clásico encasillado incorrectamente en lo erótico, aunque creo que en su día estuvo censurado por esa razón.
Hace poco tiempo releí “El amante de Lady Chatterley”, novela que, atraído por su aroma de material prohibido había leído en mi adolescencia. Recuerdo que ya entonces me decepcionó su vertiente erótica, tal vez porque lo que buscaba era un argumento lisa y llanamente pornográfico que removiera todavía más mis desbocadas hormonas.
Ahora, casi tres décadas después, creo que, efectivamente, D. H. Lawrence fue irreverente, pero no por su vena erótica (que no era más que la ejemplificación de su reivindicación de la vuelta a los orígenes en la relación interpersonal, enterrada y olvidada por un desarrollismo industrial mal entendido y deshumanizado), sino por su concepción del hombre y de su relación con el entorno, desnuda de artificios y de supercherías. De hecho, se adelantó al movimiento hippie en casi medio siglo al pretender fundar una comuna alternativa en el sur de Estados Unidos. Por cierto, no he sido capaz de percibir ese pulso casi misógino del que se le ha acusado con frecuencia, ni en esta novela ni en “La virgen y el gitano”, otro relato que leí hace algunos años y que, si la memoria no me engaña, sí tenía algún contenido erótico, en la medida en que desarrollaba una trama en la que la tensión sexual era parte importante.
Autor: D. H. Lawrence
Título: El amante de Lady Chatterley
Impresión: 6,4
Los Chatterley, jóvenes aristócratas recién casados, vuelven a la hacienda familiar tras la conclusión de la primera guerra mundial, que ha devuelto paralítico al joven esposo. Comienzan una “cohabitación” pseudointelectual en la que las viejas formas victorianas, demasiado rígidas y acartonadas, han dado paso a un cierto humanismo, igualmente elitista, de tintes neoplatónicos. Aunque ella inicia alguna anodina aventura, será el encuentro con el guardabosques el que marcará un definitivo desplazamiento de sus anteriores anclajes. Última novela del autor, fue censurada y tachada de pornógrafa, no tanto por sus descripciones explícitas (que hoy no sonrojarían al más puritano ni al más pacato), sino por la ruptura social que supone el intercambio de fluidos entre estratos sociales todavía impermeables y excluyentes. Aunque no se trata de su novela más lograda, algunos de los temas recurrentes que caracterizan toda su obra se exponen aquí con asombrosa plasticidad: la primitiva sexualidad frente al casposo y caduco intelectualismo decimonónico, el “modernismo” inspirado en la ambivalente industrialización y, como siempre, un tratamiento polémico de la condición femenina. - (Septiembre 2008)
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