domingo, 10 de enero de 2010

Cronopios domingueros

Regreso a casa en esta tarde de domingo nevada, en la que los reflejos espectrales se confunden con el desasosiego de la certidumbre árida y previsible que proporciona la vuelta a la normalidad. Hace una semana que no abro un libro de ficción por haber necesitado un poco de aire tras engullir una antología de más de sesenta cuentos de Chejov, también nevados, espectrales y con ese olor a soledad descompuesta que destilan las tardes de domingo invernales.



Leer por primera vez un par de cuentos de Chejov debe ser una experiencia en algún punto parecida a la visión que hizo cambiar el rumbo de Pablo de Tarso o de Agustín de Hipona. Pero leer más de sesenta cuentos, uno tras otro, con esa sucesión de personajes bondadosos incapaces de mejorar un ápice su vida o la de los que los rodean, es sencillamente perjudicial para la salud. Por eso no hablaré hoy de Chejov ni de sus cuentos, pero sí de otro cuentista genial. Me refiero a Cortázar, quien concebía el relato corto de manera radicalmente diferente a la de Chejov. Mientras el ruso no levantó su pluma ni siquiera un centímetro de la realidad que lo rodeaba, Cortázar, heredero directo de Poe, era capaz de encontrar lo extraordinario en las acciones más cotidianas. Curiosamente se le conoce ahora más por sus relatos largos, especialmente por Rayuela, cuando su genialidad proviene de la capacidad de esbozar complejas situaciones con unos pocos trazos. De hecho, ¿no es Rayuela un collage? El único parecido con Chejov es la profundidad y el relieve de los personajes, incluso de los más superfluos.





Autor: J. Cortáza
Título: Bestiario
Impresión: 8,8






Este volumen, primera recopilación de cuentos del autor, se publicó en 1951 y recoge ocho relatos en los que se percibe una de las constantes que marcará su obra posterior: la inclusión de lo extraño, de lo maravilloso o de lo paranormal, pero a diferencia de otros géneros como el de terror, Cortázar lo incorpora en la cotidianeidad de la relación de los personajes con su entorno. Esto ocurre de manera explícita en los inquietantes “La casa tomada” o en el relato que da título al volumen. Pero otros cuentos son más abiertos y sugerentes. En Ómnibus, los protagonistas son estigmatizados y violentados al ser percibidos como diferentes, por no llevar un ramo de flores al cementerio; y terminarán renegando de la diferencia, volviendo a la normalidad del redil (a la cuadrícula de la norma) al final del cuento, cuando deciden adquirir sendos ramos. “Cefalea” es un alambicado y maravilloso cuento claustrofóbico en el que el autor da la vuelta a la estructura del relato como si de un calcetín se tratase: lo anormal se localiza aquí en el propio individuo, en los numerosos síndromes que lo van asaltando y acosando. Sin embargo, esa paranormalidad tiene un reflejo en el exterior, en el progresivo caos operado en la granja que les sirve de sustento y de conexión con la realidad. Por último, “Lejana” es el relato más confuso y a la vez más atractivo por la absoluta ruptura con lo cotidiano. La discontinuidad del individuo (fusionado y escindido en irregulares intermitencias) se refleja en frases donde la tercera persona se confunde con la primera y con el propio narrador. En definitiva, se trata de un magnífico libro para acercarse al autor en el que, en función de la imaginación y de la facilidad que el lector tenga para el desvarío surrealista u onírico, podrán descubrirse sucesivas capas semánticas en progresivas y venturosas lecturas. – (Octubre – 2009)

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