Cuando el pasado viernes encendí el ordenador al llegar al trabajo, uno de los correos electrónicos sin abrir procedía del presidente de la entidad en la que estoy empleado. Más o menos, el correo recalcaba el drama humano que está viviendo el pueblo haitiano tras el terremoto del pasado día 12, poniendo a nuestra disposición, a la de los trabajadores (de la empresa no se dice nada), varias cuentas bancarias para realizar donaciones voluntarias. No estoy seguro de comprender el traslado de la responsabilidad hacia los trabajadores, aunque ya se había hecho con la crisis económica, de la que son los mayores culpables. Pues eso, que no sé si termino de entender esto de que los pájaros disparen a las escopetas.
No voy a referirme a este caso concreto, pues podría ser injusto al realizar apresuradas interpretaciones con relación a motivos y finalidades. Sin embargo, la utilización de dramas tan extremos para limpiar fachadas empresariales, como si se tratase de comprar flores para el hall, pues en fin, quizá sea un fiel reflejo de la sociedad en la que vivimos, en la que bebemos y en la que a veces también curramos.
Es posible que tras este terremoto Haití pierda más del 1% de su población, así como el 15 o 20% de su escuálido PIB. Pero la situación en la que se encontraba antes, cuando era un pequeño país invisible para nuestras acomodadas conciencias, tampoco podía calificarse de idílica. Su renta percápita es la más reducida del continente (lo cual, por cierto, ya tiene mérito en términos comparativos). El 70% de su población malvive en condiciones de pobreza; el analfabetismo supera el 50% y la esperanza de vida es casi treinta años inferior a la nuestra. El trío de países colonizadores que arruinaron Haití, España primero, Francia después hasta su independencia a principios del siglo XIX y Estados Unidos ya en el siglo XX, fueron buena escuela para gente como los Duvalier, que se apropiaron del país e hicieron de él su cortijo privado. Con periódica saña, los huracanes y las tormentas tropicales se encargan de hacer volar las pocas esperanzas de esa gente. Y, por si algo faltaba, también la tierra ha querido remover miserias, en un macabro temblor que no distingue a los niños de los deseos, de los sueños o de las esperanzas a la hora de enterrarlos bajo toneladas de escombro.
Seguramente, la próxima vez que abra el correo encontraré alguna carta de “mi banco amigo” que me recuerde su total disponibilidad para encauzar de manera eficiente los cuatro cuartos que mi educada conciencia quiera soltar. A él se unirá la compañía telefónica o la del gas, que trocarán así sus garras por acogedores brazos solidarios. Pero eso no es todo, porque también un obispo en trance baja a la arena, se arremanga, coge un micro y se permite insultarnos con afirmaciones que deberían estar tipificadas en el código penal, ya que el ético ni le suena.
Como esto pretendía ser un espacio libresco, pienso en cuál de mis lecturas puedo relacionar con Haití o con su sino y, claro está, ninguna mejor que “El reino de este mundo”. Fue escrita por Carpentier hace sesenta años y con ella inauguró ese espacio que él mismo denominó de lo “real maravilloso”. No puedo reseñarla porque la leí hace dos décadas más o menos y mi memoria renquea de forma alarmante. Sí recuerdo que se desarrolla en un intervalo de tiempo dilatado, entre los siglos XVIII y XIX, cuando las revueltas de los esclavos culminaron con la independencia del país, lo que cambió sólo a los dueños del terruño, puesto que las arbitrariedades y las vejaciones se siguieron sucediendo con parecida persistencia. A diferencia de narraciones posteriores, ésta se amolda a la linealidad temporal, sin grandes saltos ni inverosímiles convergencias. Ya digo que no la reseñaré, pero sí me atrevo a recomendarla con fruición, como haría con cualquiera de los textos nacidos de la pluma del genial escritor cubano.
No voy a referirme a este caso concreto, pues podría ser injusto al realizar apresuradas interpretaciones con relación a motivos y finalidades. Sin embargo, la utilización de dramas tan extremos para limpiar fachadas empresariales, como si se tratase de comprar flores para el hall, pues en fin, quizá sea un fiel reflejo de la sociedad en la que vivimos, en la que bebemos y en la que a veces también curramos.
Es posible que tras este terremoto Haití pierda más del 1% de su población, así como el 15 o 20% de su escuálido PIB. Pero la situación en la que se encontraba antes, cuando era un pequeño país invisible para nuestras acomodadas conciencias, tampoco podía calificarse de idílica. Su renta percápita es la más reducida del continente (lo cual, por cierto, ya tiene mérito en términos comparativos). El 70% de su población malvive en condiciones de pobreza; el analfabetismo supera el 50% y la esperanza de vida es casi treinta años inferior a la nuestra. El trío de países colonizadores que arruinaron Haití, España primero, Francia después hasta su independencia a principios del siglo XIX y Estados Unidos ya en el siglo XX, fueron buena escuela para gente como los Duvalier, que se apropiaron del país e hicieron de él su cortijo privado. Con periódica saña, los huracanes y las tormentas tropicales se encargan de hacer volar las pocas esperanzas de esa gente. Y, por si algo faltaba, también la tierra ha querido remover miserias, en un macabro temblor que no distingue a los niños de los deseos, de los sueños o de las esperanzas a la hora de enterrarlos bajo toneladas de escombro.
Seguramente, la próxima vez que abra el correo encontraré alguna carta de “mi banco amigo” que me recuerde su total disponibilidad para encauzar de manera eficiente los cuatro cuartos que mi educada conciencia quiera soltar. A él se unirá la compañía telefónica o la del gas, que trocarán así sus garras por acogedores brazos solidarios. Pero eso no es todo, porque también un obispo en trance baja a la arena, se arremanga, coge un micro y se permite insultarnos con afirmaciones que deberían estar tipificadas en el código penal, ya que el ético ni le suena.
Como esto pretendía ser un espacio libresco, pienso en cuál de mis lecturas puedo relacionar con Haití o con su sino y, claro está, ninguna mejor que “El reino de este mundo”. Fue escrita por Carpentier hace sesenta años y con ella inauguró ese espacio que él mismo denominó de lo “real maravilloso”. No puedo reseñarla porque la leí hace dos décadas más o menos y mi memoria renquea de forma alarmante. Sí recuerdo que se desarrolla en un intervalo de tiempo dilatado, entre los siglos XVIII y XIX, cuando las revueltas de los esclavos culminaron con la independencia del país, lo que cambió sólo a los dueños del terruño, puesto que las arbitrariedades y las vejaciones se siguieron sucediendo con parecida persistencia. A diferencia de narraciones posteriores, ésta se amolda a la linealidad temporal, sin grandes saltos ni inverosímiles convergencias. Ya digo que no la reseñaré, pero sí me atrevo a recomendarla con fruición, como haría con cualquiera de los textos nacidos de la pluma del genial escritor cubano.

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