miércoles, 27 de enero de 2010

Generaciones hueras

Hace poco leía en algún rincón literario que la ficción inglesa se había agotado y que no era capaz de encontrar recambios a la brillante generación de escritores de posguerra. Martin Amis, Ian McEwan, John Banville o Julian Barnes son sus más ensalzados representantes o, al menos, los que con más boato nos han llegado a estos lares. No sé si encasillar a escritores y escritos en etiquetas generacionales tiene algún sentido más allá de su indudable y simplificadora utilidad didáctica. En todo caso, ya nos gustaría a nosotros que en España hubiera surgido algún racimo (generacional o no) de escritores salvables después del 27. Excepciones, claro, las hay, pero no creo que éstas sean grupales o generacionales, a pesar de que, como si de soldaditos se tratase, casi cada década ha nombrado una nueva quinta.

Sin embargo, lo que conocemos de este grupo inglés nacido en la posguerra sí tiene algunos elementos comunes. En primer lugar, su narrativa sigue siendo contenida y pulcra, tal vez como reminiscencia del yugo victoriano. Pero además –y sobre todo-, tienen una capacidad poco común para crear atmósferas y escenarios redondos, sin fisuras ni discordantes estridencias, aunque, como ocurre en la primera parte y en el epílogo del volumen que hoy hago asomar al blog, esas atmósferas estén excesivamente terminadas, enmoquetadas y amuebladas hasta el último detalle, dejando escasos espacios a la iniciativa del lector.

En el caso concreto de McEwan, a esas características puede añadírsele su enorme capacidad narradora, equidistante entre los corsés victorianos y las incontinencias del realismo sucio. Sin embargo, lo que más aprecio de su obra (únicamente he leído dos novelas), es la ausencia de explicaciones del narrador. Para que las cosas ocurran no hacen falta razones, sino que simplemente suceden porque sí, porque han ocurrido y punto. La interpretación causal es posterior y explica –a la vez que empobrece y simplifica- el diario transcurrir.

Su obra más conocida en España es Expiación, entre otras cosas por su adaptación cinematográfica. Es la que justifica esta entrada de hoy y, antes de que se me olvide, traslado al blog la sugerencia de un amigo que me recomienda alguna de sus novelas anteriores, las publicadas por el autor británico antes del cambio de siglo, menos redondas pero más evocadoras. No lo sé, pero habrá que corroborarlo. Por cierto, que ni siquiera la laureada Expiación se libró de rumores de plagio.


Autor: I. McEwan
Título: Expiación
Impresión: 8,0



Magnífico relato desarrollado a modo de tríptico que se inicia en la campiña inglesa inmediatamente anterior a la segunda guerra mundial, formal, previsible y anodina, en la que una niña se desprende de su infancia para arrastrar de por vida las consecuencias de sus actos pretendidamente pueriles. Una segunda parte, enmarcada en la negrura de la guerra nos introduce a otra tercera, también oscura, pero sin la materialidad ni la crudeza del negro, en la que sentimientos, emociones y culpas sustituyen a las aberraciones bélicas. Para el autor, la narración no es más que la osamenta necesaria para sostener la obra; porque no le interesa tanto la realidad como su percepción y las huellas que esa realidad impone a los personajes, para ir deformándolos a la vez que los va definiendo. La novela, bien narrada y construida, sólo patina al final, al incluir un epílogo innecesario que busca limar asperezas y cerrar el círculo, recurso éste más propio de literaturas infantiles o juveniles. - (Junio 2006)

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